SANDRA SOTELO
PALMA.-
Recorrer sesenta y cuatro años de la obra de Pere Pavia como escultor supone,
no sólo acercarse a los límites mismos del arte en su expresión
más auténtica, sino también al momento de la vida de un artista
que evalúa y examina, en el mismo instante que el espectador, su propia
experiencia creadora.
Sensualidad lúdica
La espacialidad
deviene de lo inmediato; casi con obstinación recorre cada línea
del cuerpo femenino buscando resaltar en sus formas una intimidad ancestral. Pere
Pavia convierte la desnudez en un interrogante sin respuestas, en un gesto imperativo
de exponer la belleza sin otra abstracción que ella misma. Este concepto
estético se percibe en varias de las esculturas como Dona ajaguda (1970),
La parella (1982), Maniquí (1985), Ofrena (1992), Venus (1992), Homenatge
a Modigliani (1991), Tors femení (2002)...
Cuerpos fragmentados, de
orden clásico, cuyas ausencias se materializan en el desprendimiento de
un erotismo lúdico que obedece a una regla particular: establecer la armonía
a partir de la naturaleza que define el sexo; logrando, así, una perfecta
fusión entre forma y contenido.
Simplicidad y equilibrio
Sortear
el encuentro "literal" con el objeto obedece a una necesidad del artista
por encontrar en la síntesis un lenguaje estético, ajeno a lo superficial
y lo aparente. De esta manera, sitúa al espectador ante una realidad simbólica
donde poder descubrir el secreto que encierra la forma de lo informe.
En este
contexto se encuentran obras como Equilibri dinàmic (1980), Cigne (1988),
Colom de la pau (1990), Papadorus (1990), L'estrella (1998), Equilibri blanc (1999),
Peix (2002)...
Pere Pavia presenta, a partir de 1995 con Homenatge a Miró,
un número importante de esculturas abstractas bajo el nombre de: Retall
abstracte I, II, III, IV, V, VI (2004), y Retall (2004). Cada una de estas piezas
componen en sí mismas una visión polisémica del espacio.
A modo de un puzzle, la parte y el todo se compenetran, formando, así,
una trama de contrastes en cuanto a colores y a líneas. Líneas curvas
y rectas; tonalidades oscuras: verde, fucsia, naranja... crean distintos planos
de percepción, al mismo tiempo que provocan un efecto de armonía
y equilibrio sostenido por el volumen que dan los intersticios vacíos,
un eje simétrico que la mirada abstracta devela.
Metal sobre
metal
El zinc y el cobre son los elementos que el artista elige para
realizar, en 1968, una serie de máscaras. Cada figura expresa la ambivalencia
de lo aparentemente fuerte y árido, ante la ductilidad, traducida como
capacidad del artista, de fracturar la frialdad del metal impulsado por la inconformidad
de la destrucción alegórica. Pere Pavia formula una diálogo
sordo con un rostro ausente y se queda con lo único visible, lo que no
es: la máscara. Significantes retorcidos que connotan un mirar ideológico
definido por la intolerancia y la hipocresía de la sociedad postmoderna,
El polític (1968) o El bisbe (1968), son claro ejemplo de ello.
Es durante
el presente año que se deja seducir por otra percepción del metal,
en homenaje a Gaudi las máscaras se transforman en joyas. Un desdoblamiento
que responde a la necesidad de manifestar, esta vez, un reflejo poético
y estético. Se trata de una serie de doce creaciones diferentes en oro
y plata.
Pere Martínez "Pavia" se define así mismo
como una mezcla de racionalismo y sensualidad. "Mi fuerza vital es la pasión,
cuando no la tengo parece que me he quedado vacío hasta que la vuelvo a
encontrar y me entrego completamente a ella. Eso ha pasado en todos los ordenes
de mi vida."
Anarquista por elección, artista por definición,
Pavia es un ejemplo vivo de lucidez y coherencia; un hombre que ha hecho de su
obra una continuidad de si mismo, una vinculación simbiótica que,
incluso, en muchas oportunidades es difícil distinguir la frontera de uno
y otra.