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Teatro - Obra
Palabras silenciadas
 

CARLES MULET

PALMA.- Han pasado ya cinco años desde que Icars se estrenara por primera vez y, como era altamente previsible, esta obra ha terminado por convertirse en un pequeño clásico tan necesario como imprescindible. El Teatre del Mar, escenario amigo que la vio nacer, recibe de nuevo con los brazos abiertos a Marta Barceló y Biel Jordà, los creadores y culpables indiscutibles de una original y difícil propuesta que el tiempo y la experiencia no han hecho sino ayudar a perfeccionar.

Las palabras, siempre incompletas, a veces traicioneras, sobran sobre el escenario y se convierten en las protagonistas ausentes de un montaje donde movimientos y miradas encierran todo un universo comunicativo tan rico, bello y poderoso como fácilmente descifrable por parte del espectador.

Ícars es un maravilloso y completo viaje por el mundo de una pareja de enamorados. Un paseo donde la concreción exacta de una historia concreta se convierte en la excusa perfecta para hacer extensible las emociones que genera a todo aquel que alguna vez haya estado enamorado. La pasión cegadora inicial, el amor de apariencia eterna, la rutina obligatoria que impone el tiempo, el discreto desencanto que regala el día a día, la peligrosa incertidumbre generada por las dudas… Ciclos, en definitiva. Situaciones que se repiten cada día y que convierten al amor en un lugar común y punto de encuentro universal de los sentimientos más humanos y primitivos.

La palabra, ausente por innecesaria, da paso a todo un conjunto de técnicas circenses que, sin la necesidad de un protagonismo complejo y descarado, se convierten en el vehículo ideal para comunicar y transmitir a través del conjunto de gestos, maravillosamente plásticos y extremadamente bellos, que proponen.

Ícars es en definitiva una bonita historia de amor por episodios, de situaciones que se suceden sin más orden lógico que el que en cada momento impone el corazón de sus protagonistas. Dos amantes que se quieren y desean con la misma facilidad que se hacen daño y se piden perdón. Dos enamorados que sueñan con la eternidad conjunta casi al mismo tiempo que se redimen suplicantes de las heridas inflingidas.

Las escenas se suceden sobre el escenario repitiendo una y otra vez una estructura y unas formas sabia y dulcemente estudiadas. Un hecho de apariencia cotidiana, un capítulo habitual en la vida de pareja, abandona poco a poco el suelo que les ve nacer y termina, con la ayuda de cuerdas y trapecios, alcanzando la altura necesaria para convertirse en una experiencia sublime de movimientos elegantes, discretos y poderosamente evocadores.

Si la palabra es la protagonista por defecto y la coreografía silenciosa del cuerpo lo es por exceso, la música se convierte en el complemento ideal para acompañar un conjunto ya de por sí casi perfecto. El saxofón, en manos y boca de Roger Machon y Jordi Montserrat, aparece con la misma dulzura y sinuosidad que envuelve todo el espectáculo y termina por atrapar definitivamente los sentidos de todo aquel que contempla el espectáculo.

Todas estas virtudes, que no son pocas, hacen que Ícars abandone por momentos el calificativo de obra al uso y se convierta en experiencia. En experiencia colectiva para un público que, probablemente con la boca abierta, se mire a si mismo de reojo y se diga, sin necesidad de articular palabra, que bueno que vinimos.