| Joan Pla En mi noble y macanudo oficio de escribir en los periódicos
no gano para sustos. Cuando aún tiemblan las entretelas de mi alma, porque
el presidente Matas acaba de nombrar ministra de Inmigración y Cooperación
a una amiga íntima, va el Papa de Roma y me eleva a la categoría
de santo universal al amigo más entrañable de mi juventud emigrante:
Alberto Hurtado Cruchaga, desde hace unas horas San Alberto Hurtado para millones
de creyentes. ¿Qué tendrá que ver un jesuita chileno que
murió el 18 de agosto de 1952 se preguntará el avisado lector
con un mallorquín de Felanitx que escribe dibujando y dibuja escribiendo?
Quien haya leído mi biografía, escrita por Jaume Santandreu y editada
por Lleonard Muntaner, sabe que, siendo joven, emigré con mi padre a Chile.
Lorenzo Fluxà, sacerdote y de la saga de los Fluxà de Inca, sacramentó
a mi padre y me relacionó con lo más vivo de la obra social de Alberto
Hurtado. Desde entonces, su ejemplo y su presencia espiritual presiden mis actos
y mi corazón. Como digo, en este noble y macanudo oficio, uno no gana para
sustos. Amics, pregau per nosaltres
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