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Joan Pla Enamorado de mis clásicos, paso mi vida en una nube de arcángeles de la esperanza y poetas del amor. Del amor a la tierra y a los terrícolas, esto es, mis padres, mis amigos, mis hermanos. Digo «mis clásicos» y no me refiero a los líderes del partido que se llevó siempre mis votos. Hablo de nación, de viajes, de los doce países en que he vivido peligrosa y enamoradamente. Hoy, por ejemplo, mientras arde la hoguera sobre el hielo y la mitad de mis colegas arremete contra la otra mitad esgrimiendo ese ytúmás, tan pueril, vuelvo a la lectura y a la profunda convivencia con los maestros que me enseñaron a dialogar y a respetar las opiniones contrarias. Así, mientras analizo la bondad y la grandeza de ese encuentro de los diversos pueblos del mundo que acaba de clausurarse en Mallorca, releo el diálogo inmortal de Lorca y de Neruda, presentando a Rubén Darío en Buenos Aires en 1934. Emocionante la frase de Federico cuando dice que Rubén nos trajo «la melancolía de Quevedo y el culto color manzana de las payesas mallorquinas», pero ¿qué arriesgo aquí: el alma o las sopas? |