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Palma- Exposición
Un viaje por la línea curva que se desnuda
 

PERE PAVIA. ANTOLOGICA

Casal Solleric. Planta noble. Hasta el 29 de mayo

ASUN CLAR/ CARLOS JOVER

PALMA.- Aunque esté a punto de finalizar, es importante reseñar la importante exposición antológica que desde el 31 de marzo ha estado ocupando la planta noble del Casal Solleric, un fundamental y exhaustivo recorrido por la obra, ya larga y prolífica, de Pere Pavia, alias artístico de Pere Martínez Martínez (Melilla, 1927), entrañable escultor, pintor y dibujante que reside en Mallorca desde los catorce años, y que, por tanto, es considerado artista mallorquín de adopción. De hecho, su formación académica se inicia en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficio Artísticos de Palma, bajo la batuta del profesor Pascual Isla, donde realiza un bodegón en 1948 que le vale su primer premio en las galerías Danús.

Su iniciación a la escultura, no obstante, había tenido lugar con anterioridad, hacia 1942, en diversos talleres de la ciudad, entre los que se pueden citar el de ámese Antoni «es Manacorí», y el taller de Antoni Mora. A partir de ahí, la biografía de Pere Pavia es extensa, con innumerables vínculos de permeabilidad con el mundo de la literatura, concretamente con la poesía, y de la escultura que se hace en Europa tras la etapa de los conflictos bélicos, descubierta con entusiasmo en 1953 en su visita a París. Allí se produce el encuentro con la obra de Alberto Giacometti, Henry Moore, Jean Arp, Constantin Brancusi, Amedeo Modigliani y la del colosal Pablo Picasso, influencias que nunca abandonarán ya al artista.

La obra de Pere Pavia, pues, se inicia, como puede deducirse de los apuntes biográficos reseñados, con tintes clásicos, académicos, en esculturas en bronce como los retratos de 1945 de la exposición, o Dona amb gerres, de 1957, y también obras de pequeño formato en yeso pintado como el Adam i Eva, de 1941. Al final de esta etapa pertenece una obra emblemática para los ciudadanos de Palma, la Dama cosint, de 1957, que constituye un elemento integrado en la memoria subyacente de los palmesanos tras los años que lleva cultivando la atención en su espacio público (por cierto, esta obra obtuvo la Medalla de Honor del XVI Salón de Otoño, que conllevaba una importante gratificación económica que permitió al artista intensificar su dedicación artística sin ataduras ni dependencias espúreas).

Su paso por París, y por la obra de los grandes creadores allí encontrados, supuso la transformación de su obra hacia el refinamiento y la sintetización de las líneas, camino de la abstracción que le alcanzaría de manera definitiva en la década de los ochenta. El bisbe o El polític, ambos en cobre y de 1968, así como la realización de la fachada «lecorbusierina» de la iglesia de la Porciúncula, suponen el arranque de este nuevo sendero, que desembocará finalmente en la constitución de un estilo propio, afín a la línea curva que «contiene» por una parte y «deviene» por la otra.

La abstracción, el conceptualismo de su Venus de 1992, o L'estrella, de 1998, o la célebre La parella, de 1982, de la plaza del Tubo de Palma, son sólo algunos de los múltiples ejemplos de este lenguaje alcanzado, eficaz y personalísimo, que ha convertido a Pere Pavia en uno de los máximos exponentes del arte balear del siglo XX.