| |
|
EN VENA
Caracoles urbanos
ROMÁN PIÑA VALLS
El 80 % de los encuestados no cree que los políticos delincuentes acaben purgando sus chanchullos en la cárcel. Ese dato nos habla de la desesperanza, de la resignación, de la imagen putrefacta que nos hemos hecho de la justicia en este país y en esta comunidad en especial. Casi nadie cree que un delincuente que pertenece a un partido político, sea igual a otro ciudadano cualquiera ante la ley.
Casi nadie cree que un delincuente, si tiene un Mercedes y una fortuna en bienes inmuebles (lo mismo da viviendas que naves industriales) pueda dar con sus huesos en la cárcel. Nadie cree que un político que ha recibido comisiones que le han hecho millonario por recalificar terrenos o sacar provecho de información privilegiada, vaya a pagar por hacer algo mal hecho, ni aunque sea un delito. ¿No deberíamos escandalizarnos?
No creer en ese desenlace, en que todo comportamiento ilegal va a provocar tarde o temprano la actuación de la justicia y la corrección de lo que fue torcido, la evidencia de que no es cuestionable el imperio de la ley, significa que tenemos a los jueces por una casta corrupta y prescindible.
Casi nadie cree en la justicia. Nada nuevo. De modo que no hablemos de justicia, sino de azar. O de utopías. ¿Ha preguntado esta encuesta de la que hablamos, si un señor como Vidal, que se llevaba un 20% de los sueldos de sus empleados, debería acabar en la cárcel? Ignorantes de lo que dicen los códigos, las leyes sobre las condenas, no se nos ha de preguntar lo que creemos, sino lo que queremos. Lo que esperamos. Joan Pericàs, en uno de sus artículos del sábado, opinaba que Hidalgo no debería ir a la cárcel por haber ampliado su caseta de aperos. Que podía cumplir otra condena más razonable y útil. Todo se puede hablar. Es verdad que si metemos en la cárcel a todos los listos que se han ampliado la caseta de aperos y ahora tienen un chaletazo de aperos, el centro penitenciario iba a quedarse pequeño.
Otra consecuencia sería que la gente dejaría de saltarse la ley tan alegremente. A lo mejor eso es lo que queremos.
Ayer iba por una calle céntrica de Palma y pisé algo diminuto y crujiente. Era un caracol. Fue en un callejón perpendicular a Olmos y me dije: «algo está pasando en nuestro ecosistema». Luego he visto las fotos de las fideuás con caracoles que se cocinaron en algún pueblo que este domingo ha estado de feria. He intentado averiguar de dónde han salido los caracoles que están invadiendo la capital. Ha llovido mucho, sí, pero esto nunca se había visto. Caracoles urbanos con babas negras de hollín y los ojos ciegos, describiendo círculos o suicidándose por los boquetes del alcantarillado. Me temo que esos caracoles somos nosotros, pobres bichos que nos debatimos entre caer en alguna paella o dejar que nos pisoteen en las aceras esos jetas que nos gobiernan, saliendo impunes de los juzgados.
|
|
|
| |
 |
|
|
|