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Un casino clandestino con apuestas de 300.000 E al mes
Una puerta oculta tras una moqueta, camuflada tras una máquina tragaperras, permitía el acceso a un suntuoso local ilegal para un selecto grupo de jugadores / Cada jugada de póker, ruleta y black jack tenía un límite de 7.000 E
LORENZO MARINA
PALMA.— «Dominó, asociación de juegos y entretenimiento. Entrada sólo para socios». Bajo esta tapadera se escondía en Palma uno de los casinos ilegales de lujo más activos detectados nunca en Mallorca. Unos 300.000 euros al mes se movían entre sus tapetes de black jack, la ruleta y sus continuas partidas de póker. Una puerta enmoquetada, tapada por una máquina tragaperras, daba acceso al casino élite. Un reservado sólo apto para los clientes más exquisitos, al casino de élite.
La decoración, «como un casino virtual», daba una idea del descomunal volumen de negocio opaco al fisco que generaba. Sofás de cuero, pulcra moqueta por doquier y mesas de juego de alta gama. Hasta 22 barajas de póker, una mesa de black jack, otra de dados y una ruleta se encontraban en el interior.
Durante la operación policial contra el juego ilegal, los agentes constataron que el encargado del casino se encargaba de vigilar que no hubiera moros en la costa. Vigilaba el exterior del establecimiento. El local estaba situado en la esquina entre las calles Lisboa y Trasimeno, en la Playa de Palma.
La entrada siempre se hacía por la calle Lisboa. Una pequeña barra y una nevera trataban de dar las apariencias de pequeño bar. La puerta estaba cerrada sin llave. Tiempo atrás sólo se permitía la entrada después de llamar al timbre. Con el paso de los meses, cualquier persona se podía adentrar. Aunque los pasajes ocultos sólo los conocían unos pocos.
Tras cruzar una primera puerta opaca, el visitante se adentra en una estancia donde se encontraban repartidas distintas máquinas tragaperras. Un total de cuatro máquinas de apuestas estaban conectadas a Internet y otras tantas máquinas sin conectar.
Ninguna de estas máquinas contaba con permiso alguno para poder funcionar. No contaban con boletín de situación ni guía de circulación. Asimismo, en este punto se encontraba situada una ruleta de madera y 18 barajas de póker. También existía la posibilidad de hacer apuestas a distancia. Contaban en esta dependencia con un teléfono con fax, un monitor, fichas de casino de numerosos colores y 1.345 euros en efectivo.
La sorpresa de los agentes del Grupo de Control de Juegos de Azar del Cuerpo Nacional de Policía fue mayúscula cuando trataban de abrir una máquina. Tapaba una puerta cubierta con la moqueta. Al desplazar la máquina, los agentes repararon en dicho acceso.
En ese preciso instante, los policías de la Brigada del Juego creyeron estar viviendo en persona una recreación de la película de James Bond, Casino Royale. Ante sus ojos apareció una suntuosa estancia con muebles de lujo y mesas de juego de gran calidad.
Todo apuntaba a que en esta dependencia operaban varios crupiers que se encargaban de repartir las cartas a sus acaudalados jugadores. Contaban con un altísimo poder adquisitivo para hacer frente a las elevadas sumas que se depositaban sobre los tapetes.
Buena prueba del nivel de desembolso que se movía en las apuestas era la elevada suma que se imponía como tope. No se permitía que cada una superara los 7.000 euros.
Los policías de la Brigada del Juego pusieron en marcha el operativo en un momento en el que el trasiego de jugadores prometía ser muy elevado: el sábado. Sobre las 18.30 horas entraron en el inmueble. No obstante, las apuestas se solían iniciar a partir de las doce de la noche. Las veladas protagonizadas por las apuestas clandestinas se podían prolongar hasta bien entrada la madrugada.
Jugadores extranjeros
Los principales jugadores ávidos por poner su fortuna encima del tapete eran extranjeros: alemanes y británicos en su mayor medida. Los libros confiscados con el listado de socios, durante la denominada Operación Dominó, así lo acreditaban.
Algunos jugadores se adentraron en el casino clandestino sin percatarse del operativo policial que se había puesto en marcha. Nada más toparse frente a frente con los policías, optaron por abandonar disimuladamente el local.
El propietario del suntuoso casino clandestino, Paul G., alemán de 54 años, más conocido entre los apostantes con el sobrenombre de Ronald, intentó un último ardid para evitar que los policías le clausuraran el local. Ronald aseguró a los policías que «estaba preparando la documentación para conseguir el alta en los próximos días».
La treta del propietario no surtió efecto. Los policías de la Brigada del Juego le confiscaron todo el material. Todo este volumen se remitirá al Servicio del Juego de la Conselleria de Interior. De confirmarse la infracción, el propietario se enfrenta a una multa de hasta 600.000 euros, el dinero que mueve en sólo dos meses.
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