Hemeroteca Agenda cultural Cartelera Titulares

Tienda Restaurantes De copas Loterías
 BALEARES
 24HORAS
 Opinión
 Illes Balears
 Palma
 Menorca
 Part Forana
 Deporte
 Cultura
 Ibiza y
 Formentera
 SUPLEMENTOS
 La Economía
 Balear
 Fora Vila Verd
 EDICIÓN
 NACIONAL
 España
 Internacional
 Economía
 Deportes
 Cultura
 Ciencia
 Tecnología
 60 segundos
 Edición
 impresa
 Catalunya
 Madrid24horas
 OTROS
 Fotos del día
 Álbum
 Vídeos
 
  Lunes, 7 de abril de 2008. Actualizado a las 21:19
 

EL TELESCOPIO
Carlos Delgado entra en combate

ROMÁN PIÑA HOMS

Me ha sorprendido la intervención periodística de Carlos Delgado. Y me ha sorprendido, no porque la haya hecho con su corajudo estilo –el que le llevó a desvelar la trama urbanística de Son Massot, dejando a la intemperie a Pedro Serra, desmaquillada a Maria Antònia Munar y bajo sospecha a Jaume Matas– sino por haber utilizado como hacha de guerra nada menos que el visceral tema de nuestra llamada lengua propia.

También me ha sorprendido Jaume Font, afirmando con despectiva ironía que no le encontrarán discutiendo con Delgado sobre si catalán o mallorquín. Y pienso que se equivoca, porque el Partido Popular no puede permitirse, después de treinta años de rodaje autonómico, mirar hacia otra parte cuando se entra en el debate sobre la lengua de las Baleares, temeroso de no molestar a nadie, y menos a los todopoderosos intereses que bajo la máscara de cientifismo no ocultan otra cosa que una invariable y constante operación política.

El asunto viene de lejos. José Amengual, sin presiones catalanistas, pudo escribir en 1835 una gramática mallorquina. Cien años después Francesc de Borja Moll escribiría otra con el mismo nombre, pero llegados los años setenta este mismo autor se limitaría a escribir La Llengua de Balears, sin mencionar con sus denominaciones el mallorquín, menorquín e ibicenco. Y es que ya por entonces, a principios de los 70, este sabio varón si pretendía sobrevivir, mal lo tenía oponiéndose al catalanismo emergente.

No nos engañemos, dar su nombre a nuestra llamada lengua propia no es asunto banal. Las denominaciones son importantes, definitorias. Hace dos años, la comisión de expertos para la revisión del Estatuto de Autonomía quiso entrar de lleno en la cuestión. Sin pretender discutir que el idioma de nuestros antepasados hoy se llame catalán –castellano se llama el riojano invento de San Millán de la Cogolla, y santa paz– quisieron algunos de sus miembros que nuestras modalidades se asumiesen con sus propios nombres, y pese a conseguirlo en el primer borrador de reforma estatutaria –con Rosa Estaràs presidiendo la comisión– vieron cómo pronto terminaban orilladas tales denominaciones, de modo que nuestras parlas siguieron siendo calificadas estatutariamente como «modalidades insulares del catalán de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera» (art. 35 del Estatuto). Un triunfo a medias del catalanismo, puesto que los representantes de Esquerra Republicana lo suyo se lamentaron en el Senado de la transaccional redacción del artículo, por ellos entendido como auténtico atentado a la unidad de la lengua catalana.

¿Y por qué no es banal denominar mallorquín al catalán de Mallorca? Pues por lo mismo que no fue banal, a finales de los 70, en plena efervescencia catalanista, obviar el mismísimo nombre de Baleares o Balears, sistemáticamente sustituido por el de les Illes, extremo que tanto indignó a intelectuales como Gabriel Alomar, que incluso salió a la palestra en memorables artículos publicados en Diario de Mallorca, demostrando que el topónimo Baleares era, como mínimo, mil años anterior al de Cataluña, cuyo origen medieval aún sigue siendo incierto. Hoy el historiador y filólogo jesuita Juan Nadal ya nos ha aclarado cómo, más allá de los romanos, en la cultura fenicia, hemos de encontrar el topónimo de las Islas, a través de la conjunción semítica de Baal (señor) y eare (lanzar), o sea el hábil en lanzar, que esto era nuestro antepasado lejano, mientras el de Jaume Carot aún no sabemos lo que era ni a qué se dedicaba.

Y es que llamar a la parla de nuestras islas, y a ellas mismas, por su propio nombre, es recordar que tenemos nuestra propia identidad. De ahí que debamos ser sinceros y reconocer que en este debate, tanto tirios como troyanos movemos una especial baza política.

Reconozcámoslo. Una baza política absolutamente legítima, y ante la cual el PP además debe posicionarse sin complejos. Los demás partidos no lo harán. El socialismo balear, que se muestra subordinado al PSC, se mantendrá en sus trece. El partido regionalista que pudo ser Unió Mallorquina, dudo que suelte el lastre del catalanismo y ellos verán lo que hacen. Pero el Partido Popular tiene que saber que es en este asunto, y en un par más, donde se juega su supervivencia. Si quiere nutrirse de un regionalismo compatible con el españolismo de miles de sus votantes, que a día de hoy están más que hartos de la escalada demoledora del nacionalismo –en nuestro caso sucursalismo catalán– no tiene que ser comparsa de quienes utilizan el amor a la lengua propia para su batalla política. La lengua, antes, entre nosotros, era seña de identidad terral y vehículo de comunicación. Hoy no. Hace treinta años, en un congreso de AP balear, presidido por Manuel Fraga, pedí que se reconociese una realidad cultural: la catalanidad de las Islas. Fui rechazado por los suspicaces del lugar. Pero si mi propuesta entonces pudo resultar extemporánea, hoy resultaría de risa, puesto que con la perspectiva de los años, bien a la vista está como bajo la respetable capa de la catalanidad se oculta simple catalanismo político.

Lo de echar mano a la lengua balear es inconsistente. Jamás tuvo arraigo entre nosotros. Antoni Mut ha detectado en algunos documentos notariales del XVII, la expresión lingua baleárica. Pero el hecho insular marca límites incuestionables. Los ha marcado en el Derecho, en la arquitectura, en la gastronomía, y demás. Antaño ni siquiera pudimos hacer hondear una bandera balear histórica, aunque hoy sabemos que la diseñada por Jean y Lucas Doetecum, que aparece en la comitiva de los funerales de Carlos V, celebrados en Amberes en 1558, no fue un invento del XVI, sino el resultado de llevar a un estandarte los elementos heráldicos del hoy escudo de nuestra comunidad autónoma, y que naturalmente, siguiendo las mismas estrategias que con el idioma, la Obra Cultural Balear, en 16 de mayo de 1981, se apresuró a descalificar, por entender que l’única bandera històrica que avui pot representar la comunitat de les illes és la de les quatre barres, o sea la catalana. Por lo visto, ya por entonces estos señores habían comenzado su carrera hacia las subvenciones millonarias de la Generalitat. Y así las cosas, hoy dinero tienen, pero con sus disfraces ya solo confunden a los tontos.

 
   
BUSQUEDAS

Otros buscadores
 LA VIDA MÁS FÁCIL
Hemeroteca
Agenda cultural
Cartelera
Restaurantes
De copas
Busca piso
Rutas de viajes
Callejero
Farmacias
Horóscopo
Televisión
Aeropuertos
Estado de la mar
Líneas Marítimas
Teléfonos útiles
Tráfico
Gasolineras
© EL MUNDO / EL DIA DE BALEARES
Política de privacidad