Está bien rellenar el vacío, luchar contra su horror, aplacar su ansiedad –que no es suya, sino nuestra– y convertir el espacio en un espejo donde mirarse de refilón y con prisas. Está bien, pero no. La globalización no nos permite afrontar lo que nos es próximo como si fuera lejano. Ya no existen las distancias o lo que es igual, no existen los territorios. La miseria en Tierra Guajira, la guerra en Chechenia, la hambruna en Chiapas o la muerte en Afganistán suceden igual aquí que allá. La intemperie es ahora el lugar de todos. Por eso tengo el disco duro repleto de instantáneas mejores o peores, pero más feroces.
Otras fotos, sin embargo, sí consiguen atravesar la realidad. La soledad de Zapatero en plena Cumbre de la OTAN es un magnífico y radioactivo ejemplar. En esas alturas borrascosas se suele tender al corrillo, que es una modalidad civilizada de la puñalada trapera.
Zapatero se sabe diferente y, por eso, se aleja de todo y todos. Se reconcentra en su diferencia, en todas las diferencias, y en su faz se dibuja el preludio místico y alucinado, la cábala orgiástica de alguna otra, nueva, novísima, ley de igualdad con la que asombrarnos en cuanto se tercie. Estaremos atentos.
Mientras tanto, un émulo de Warhol ha resucitado la maloliente pócima de Campbell para convocar el anual Acampallengua de Joves per la Llengua. En otros tiempos también hacíamos cosas raras que no merecen, ahora, ser comentadas. Peor es organizar el Seminario Nacional sobre Abandono Escolar Precoz y ver –en otra foto– que la mesa principal estuvo ocupada por Galmés y Calvo con la rectora Casas y sus investigadores psicosociales pontificando. Qué peligro tienen.