Es genial, lo último en novedades arquitectónicas. Sales a la terraza y chupas humo directamente de un tubo de escape. Abres la ventana y te salpica el olor a goma quemada de los neumáticos. Un vecino con una balconada amplia puede sentarse en el sofá con una copa y un bol de palomitas para disfrutar de la visión panorámica del tráfico dividido en varios carriles. Es como una pantalla en 3D emitiendo día y noche una de esas películas de coches que tanto le chiflan a Tarantino. Con un poco de suerte y de paciencia, hasta pueden asistir a un accidente en vivo y en directo. Lo malo es que la carrocería averiada puede llegar hasta la cocina.
Parece increíble que lo más novedoso en construcción sea una actualización de la Torre de Babel o de las Terrazas de Babilonia, pero es que no hay nada nuevo bajo el sol. Quienes se empeñan en innovar a cualquier precio no hacen más que repetir clichés gastados, sacar a pasear el abrigo apolillado del abuelo. El futuro no es más que el pasado, sólo que con una capa de abrillantador. Como dijo una vez Borges, los griegos eran muy jóvenes: los antiguos somos nosotros.
En Brazil, de Terry Gilliam, la gente vivía en pequeños apartamentos, amontonada unos sobre otros: una mezcla entre Tokyo y las peores favelas de Rio. En Blade Runner la sensación de proximidad de los edificios colindantes era tan agobiante que la policía, más que coches-patrulla, usaba ascensores a presión. En esas películas, uno podía mantener un idilio con una vecina, cada uno desde su terraza, sin tocar apenas la casa del otro. Imagínense las ventajas a la hora de partir las peras: ni siquiera hace falta mudanza. Pero el Ayuntamiento de Manacor ha ido más allá a la hora de aprovechar el terreno urbanizable. El puente pasa sobre el puerto deportivo y el carril hace la competencia a las macetas de la terraza. El arquitecto que lo diseñó debe de ser campeón mundial de tetris.
El cine ya nos había advertido que, en el futuro, las casas se edificarían encima de las autopistas. Lo que no estaba previsto es que las autopistas se edificarían encima de las casas. La realidad siempre va un paso más allá del arte y los políticos mallorquines dos pasos más allá del sentido común. No dejan de cavilar nuevas formas de aprovechar el espacio. Los vecinos afectados, por ejemplo, en vez de protestar podrían pedir permiso para montar una gasolinera en la terraza. Viven en una película y encima se quejan.