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  Martes, 26 de febrero de 2008. Actualizado a las 09:33
 

EL APUNTE
No merecen que demos la cara por ellos

JOAN FONT ROSSELLÓ

El debate televisivo a cuatro del pasado viernes reforzó la tesis que propugno en solitario desde hace tiempo: tenemos posiblemente la peor clase política autonómica de España. Enhorabuena.

Recordemos sucintamente lo que han dicho del mal llamado debate analistas del más amplio espectro ideológico. Antonio Alemany lo titulaba en estas páginas como «penoso espectáculo». Mucho más duro aunque muy acertado también, Ferran Aguiló, desde el Balears, despotricaba indignado contra los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, por haberse atrevido a pactar unas condiciones que habían degradado el debate a una sucesión de monólogos electorales evitando en todo momento el cuerpo a cuerpo, las réplicas y contrarréplicas, sin la viveza ni el dinamismo propios de un debate que merezca este nombre. El Diario de Mallorca no ha dudado en definirlo como un «antidebate», incluso el propio moderador, del mismo diario, en un arranque tal vez de vergüenza por haberse prestado a dirigir la farsa, ha concluido que esta «fórmula no puede repetirse».

El PP y PSOE de Baleares han vuelto a demostrar no tener la más mínima consideración hacia unos ciudadanos que les siguen votando masivamente. De hecho sólo un 2,4% del total de la audiencia se dignó a seguir el debate, lo que da idea del interés y credibilidad que suscitan nuestros políticos. Lo más escandaloso no es tanto el escaso nivel conceptual o dialéctico de los cuatro participantes, sino la cobardía de PP y PSOE para enfrentarse en un cara a cara normal y corriente de los que estamos cansados de ver en televisión. El coraje era en la polis griega la virtud por excelencia del político-ciudadano.

Quienes sean incapaces de enfrentarse en público, pensaban aquellos primerizos demócratas, mejor que se vayan refugiando en torno a una mesa camilla.

Pero lo del viernes es sobre todo un insulto a todos aquellos que, desde el ámbito del periodismo o de la política, nos hemos partido la cara defendiendo con valor a un determinado partido. Ver cómo las primeras espadas en las que deberíamos mirarnos como espejos nos toman el pelo, seguramente para no poner en evidencia su incapacidad retórica, dialéctica y argumentativa, mientras los mismos aparatos de partido envían a las tertulias radiofónicas y debates televisivos a periodistas a sueldo y a políticos de segunda fila para que se despellejen entre ellos, me produce una enorme desazón. ¿Qué se nos puede exigir a nosotros cuando los líderes se acongojan de discutir en público siendo como son políticos profesionales? Después de tanto fraude, que menoscaba la ya capitidisminuida imagen de nuestros politicastros, los hay que encima nos piden que vayamos a votar el mal menor. No tienen vergüenza. Y lloriquean después de los altos niveles de abstención cuando con su cobardía y cinismo sobresalientes no siembran otra cosa que el desencanto y la frustración.

Una de las principales razones por las que me marché corriendo de la política parlamentaria en cuanto pude –de común acuerdo con Matas– fue la mediocridad de unos profesionales de la política que nunca habían tenido ninguna vocación para ello. No entendía que no fueran expertos espadachines de la esgrima parlamentaria.

A la hora de debatir todo eran excusas para no hacerlo: se apelaba a cualquier subterfugio de corte legal –el Govern «no tiene competencias en esta materia», se excusaban, entre otras muletillas por el estilo– para evitar pronunciarse en primera persona y debatir sobre principios. En cuatro años percibí perplejo que casi nunca en el Parlament –o en el Consell o en Petra– el ejecutivo respondía a las preguntas de la oposición. Evasivas, marrullerías, circunloquios y meandros para evitar contestar, reconocer los hechos y debatir en serio. Cuando no quedaba más remedio, se echaba mano del último recurso: el tú más o la burda denigración presentándote ante la opinión pública como un enemigo del pueblo.

La mediocridad discursiva era asfixiante, salvando alguna excepción como Antonio Alorda (PSM) que, supongo que por ello, era odiado por tirios y troyanos. Vi cómo Munar, con el beneplácito canino del PP, aprobaba un reglamento que ordenaba los debates plenarios con el único propósito de silenciar a Alorda con quien me identificaba porque en Petra el alcalde del partido de Alorda había aprobado otro reglamento ad hoc contra mí. Por supuesto, los únicos parlanchines que nos lo tomábamos en serio éramos señalados como «raros». No sólo por la clase política acomodada, sino incluso por periodistas que, como algunos infames corresponsales de Pedro Serra y de Diario de Mallorca en Petra, incluso demandaban a mi tocayo alcalde «mano dura» contra mí. Nunca, ni unos ni otros, desmintieron ninguna de mis informaciones. Nunca. Sin embargo, todos estaban de acuerdo en silenciarme. No entendía que se sumaran corifeicamente a respaldar a un déspota elegido democráticamente, mi alcalde, tratando de dejar en fuera de juego al único pobrecito hablador que en muchos años se atrevía a cantarle las cuarenta denunciando un escándalo tras otro. El mundo al revés.

Los frutos de la cultura democrática de esta isla saltan a la vista. Nadie, con dos dedos de frente, se quiere tirar a la arena pública. Y los pocos que lo hacen huyen despavoridos en cuanto huelen lo que se cuece. A veces pienso que sólo se quedan aquellos que no les gusta la política, interesados en medrar. Porque aquí la política no se entiende como debate, valor, dignidad, verdad, servicio, estudio. Es otra cosa. Como forma parte de la cosa nostra, la definiré mejor en mallorquín. Molta comandera, molta figurera, pintar-la, fer favors, fer molt de cas, no quedar malament amb ningú i fugir com de sa pesta de barallar-se amb sos altres. Para este viaje ya bastaban las alforjas del caciquismo.

No sé si se habrán dado cuenta pero también en las tertulias y debates que nos ofrecen IB3 o la Telegoñi nuestros analistas políticos –con rarísimas excepciones como A. Alemany o J. Mato– nunca debaten sobre principios o valores. Lo hacen en torno a tacticismos, marrullerías y estrategias de partido. Por eso son tan infumables. Es lo mismo que ocurre a nivel de nuestras instituciones: todos piensan lo mismo en el fondo –mismos principios, intereses contrapuestos– y lo único que hacen es ganarse el sueldo tratando de hacerse el menor daño posible entre ellos. Somos molt poc baralladissos.

 
   
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