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  Lunes, 4 de febrero de 2008. Actualizado a las 15:51
 

Enterrando ancianos

DAVID TORRES


Hace sólo unos meses que Quim Monzó dijo en la feria de salchichas de Frankfurt que Mallorca era el «bundesland geriátrico-turístico alemán». Ahora Miquel Barceló ha aprovechado su investidura como doctor honoris causa para repetir la misma gracia. Antes de la ceremonia bromeó: «¿Aprovechamos para enterrar a alguien?». Sí, venga, a los ancianos alemanes, que son viejos y no se quejan. Si Monzó o Barceló hubiesen dirigido su ingenio (escaso) hacia los inmigrantes marroquíes o las mujeres maltratadas, por ejemplo, ya les habrían saltado al cuello la televisión, la radio, la prensa y varias asociaciones benéficas. Pero los ancianos alemanes son carne de chiste fácil. Nadie mueve un dedo por ellos porque son todos medio sordos y ricachones y además les cuelgan los pellejos.

Sin embargo, Orson Welles se preguntaba en Impulso criminal si un rico no tenía derecho también a una defensa justa. La vejez es el primer motivo de risa. Monzó y Barceló ven a esas parejas de ancianos moribundos que van a la playa a tomar las últimas rebanadas de sol y es que se tronchan, los tíos. Y si encima les escuchan hablar alemán, se revuelcan a carcajadas por la arena. Ninguno de los dos artistas está ya para muchos trotes, pero eso es lo de menos. A lo mejor tampoco tienen padres: Barceló habla de las encinas y de las algarrobas con una empatía y una ternura que ya las quisieran para sí tan repulsivo colectivo humano. Es curioso que, en poco más de un siglo, el artista y el burgués hayan intercambiado tanto sus disfraces. Antes la burguesía escupía en la cara del artista que, pobre y muerto de frío, tenía que mendigar por las esquinas. Ahora los artistas viajan en limusina y escupen a la cara de los mismos tontos que les compran los cuadros, insultan a las instituciones que les permiten vivir de gorra y se dan el gran lujo de seguir manteniendo la ficción de su pobreza, su rebeldía y su aislamiento. Barceló recuerda con nostalgia aquellos días del Níger en que vivía en cuatro metros cuadrados, con una cama, unos libros y (atención al detalle) un autorretrato. Ésa era su medida del mundo, dice. Ahora latitud y longitud caben en un birrete. La toga académica, que funciona como el collar antiparasitario. El chucho callejero que vuelve a casa amaestrado, domesticado. Anda, bonito, toma una galleta. Según todas las evidencias, Ibiza y Mallorca forman algo así como la cara y cruz de La fuga de Logan, aquella película de ciencia-ficción donde todo el mundo vivía feliz y despreocupado hasta que cumplía treinta años, edad en que lo desaparecían del mapa. Aquí a Mallorca, vienen a morir los viejos alemanes como elefantes olvidados. Tal vez Ibiza, ese edén de sordera, alcohol y drogas de diseño, ese matadero de cuerpos perfectos y mentes vacuas, sea un mural mucho más adecuado para que Barceló fuese a chafarrinar su enésima versión de disneylandia.

 
   
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