El Parc Bit, junto al Campus de la UIB, es un amplio espacio en donde han comenzado a ubicarse empresas punteras en la investigación tecnológica. A los que no han estado nunca, les diré que vayan. Es un pequeño valle entre montecillos de escasa altura, hasta hace poco reducto silencioso de almendros y algarrobos. Hoy este silencio sigue conservándose, salvo a determinas horas, las de llegada y salida de los usuarios de su amplio recinto. Ni tan siquiera el complejo docente integrado por los colegios de la Fundación Educación y Familia ha conseguido perturbar el ambiente.
En estos colegios nos citábamos el pasado domingo, algo más de un centenar de familias, dispuestas a vivir una jornada de convivencia, que comenzaría con una misa y concluiría alrededor de unas improvisadas barbacoas, con las que compartir yantar a lo mallorquín, digamos que a tono con los pasados foguerons de San Sebastián, pero sin asfalto y a la luz de un radiante sol de mediodía. Padres, profesores y alumnos estaban muy contentos y motivos tenían. Hace un año, por estas fechas, comenzaban a asomar las construcciones, y hoy ya funcionan los colegios a pleno rendimiento. Se les negó a última hora el concierto económico concedido, llamado a garantizarles su función social como centros educativos abiertos a todos, pero la inmensa mayoría de familias aguantaron el contratiempo, y allí estaban el pasado domingo, como decíamos, festejando ser pioneros de una encomiable y singular iniciativa social, en amable convivencia y compartiendo bebida y viandas. No constituye secreto alguno, que en las Islas la educación está más que tocada del ala. Faltan centros, pero sobre todo falta ilusión entre muchos docentes, y sobra desmotivación entre el alumnado, una desmotivación en gran medida derivada de la crisis de la familia. Lo dicen todos los medidores establecidos y lo reconoce el propio Gobierno balear, que se ha puesto a buscar soluciones. Esperemos que lleguen. Mientras tanto, con esta iniciativa en el Parc Bit, centenares de padres, desde su más libérrimo querer hacer y estar, han dicho algo así como «ahí está nuestro esfuerzo conjunto y ya veremos sus resultados».
Guste o no, las claves del deterioro que sufre la educación –y hablo con los datos ofrecidos por las encuestas y los analistas del tema– radican en la crisis de la institución familiar, en Mallorca superior al resto de España; también en los múltiples retos que en los colegios ha generado la realidad pluricultural con la constante llegada de emigrantes; y por último, no lo ignoremos, en la obsesiva utilización que hemos hecho del catalán como vehículo educativo, desechando la capacidad del castellano como lengua puente; una lengua que es la propia de muchos de los emigrantes y de numerosos españoles que desean algo elemental: educar a sus hijos en el idioma del Estado al que pertenecen.
Así las cosas, pronto comprendí, el pasado domingo, la razón por la que cualquier familia se encontraba departiendo amablemente con las demás. No era sólo porque todas coincidiesen en su objetivo primordial –una educación exigente e integral para sus hijos– sino también porque las diferencias idiomáticas parecían superadas, pese al encuentro entre familias que en buena parte procedían de hasta diecisiete países distintos. Hay que celebrar que estos colegios del Parc Bit no sean los únicos en haber superado estos problemas, pero reconozcamos que desgraciadamente constituyen una minoría entre los centenares de centros existentes en las islas. Me encantó saludar a unos chilenos, nada más llegar, que sabían que se les contestaría en su mismo idioma, tanto por los profesores como por los padres. Allí estaba también una pareja de escoceses –Alan con su esposa– residentes en Sóller, satisfechos de saber que sus hijos, además de utilizar su inglés nativo, andaban aprendiendo castellano y catalán sin problemas, y nada menos que compartiendo fogones amigablemente con el grupo de argentinos liderado por Gustavo, ataviado con gorro de cocinero y delantal al uso, que mostraba que en el arte de asar era el primero, mientras Paola obsequiaba con un dulce exquisito de pasta frola a cuantos nos acercábamos. Era un gustazo constatar aquel clima de convivencia, pese a que muchos padres apenas se conociesen, y pensé –¿qué quieren que les diga? manías de un historiador– que en este año, conmemorativo del VIII centenario del nacimiento de Jaime I, durante el cual algunos mallorquines, con empobrecedor reduccionismo, sólo acertarán a celebrar la entrada de las islas en la cultura catalana, nuestro rey-conquistador sonreiría contemplando a estas familias del Parc Bit, abiertas al modelo de sociedad sin fronteras que él mismo supo concebir y alentar.
Recordemos que lo más importante que Jaime I dejó entre nosotros, fue la llamada Carta de Población o de Franquezas. Esta carta, tras la depredación de la conquista, venía a establecer el clima de convivencia soñado por el monarca, habiendo sido redactada originariamente en latín, extremo importante, puesto que éste era el idioma común de los conquistadores, viniesen de Marsella, de Tortosa o Montpellier. El erudito Benet Pons, uno de los primeros estudiosos de este texto jurídico, ya nos descubrió en su momento que constituía un gran canto a la libertad. El regne dins la mar que gracias a su capitulado se instauraba, pretendía superar los arcaicos límites de la Cataluña feudal, eliminando los malos usos, como la exorquia, la cogutia, etc. garantizaba el respeto hacia las minorías raciales, como la hebrea, sin imposiciones culturales, religiosas ni idiomáticas, y se abría a la llegada de extranjeros, creando consulados gobernados por magistrados propios para las minorías de los diversos países que se instalaban, e incluso permitiendo a las mismas el uso de sus ordenamientos jurídicos de origen –ius sanguini– y la jurisdicción del Batle reial, a modo de protector de su particular estatus.
Está claro que Jaime I iba mucho más allá que gran parte de los conquistadores. Aunque joven de apenas veinte años, había sufrido en su propia carne las ambiciones y estrechez de miras de los poderosos de turno. El pasado domingo, en el Parc Bit, quise guiñarle un ojo. No era porque el sol del mediodía me deslumbrase. Era porque me encontraba entre gente que ejercía feliz, tanto la libertad como la diversidad.