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Los defensores de ‘lo nostro’ se quedaron en casa
MARTA ZOREDA
En Palma las tardes de domingo transcurren sin demasiados alicientes, aburridas, así que cualquier cosa vale para distraer a la gente, especialmente a los niños, incluso el Carnaval.
A las cinco empezó el desfile y fue como acostumbra a ser todos los años: colorista, voluntarioso, festivo, bien intencionado y menos combativo que nunca. La gran novedad es que faltaron los defensores de lo nostro, o sea, los Salvem la Real, Salvem Mallorca, Salvem sa llengo, salvem cualquier cosa… Se conoce que les asustó el frío, que no era poco, y prefirieron quedarse en casa, salvándose de un resfriado. También se echó en falta a Catalina Cirer y ses nines, que le daban mucho color al jurado, aunque sólo fuera por su afición a disfrazarse en equipo, a modo de comparsa familiar. A Aina Calvo no le van los trajes de pirata o de princesa, al modo de su antecesora, y presidió el jurado vestida de calle, disfrazada de nada, o de sosa, o de chica sencilla o de alcaldesa anodina, aburrida o vergonzosa. La alcaldesa sigue en sus trece, empeñada en no sobresalir, cediendo todo el protagonismo de la fiesta a Grosske, que naturalmente sí se disfrazó. ¿De qué?, pues según sus propias palabras, y con esa modestia que le caracteriza, de concejal de Participación Ciudadana de Damasco, porque se conoce que Palma se le está quedando pequeña. El disfraz dice mucho del que lo lleva y todo indica que a Grosske lo oriental se le antoja más fastuoso, más en consonancia con la grandiosidad de su pensamiento político.
Otra novedad de la tarde es que al jurado se le obsequió con una merienda a base de bizcochos, que es lo mejor para entretener el estómago en una tarde desangelada de domingo. ¿Qué mejor que unos bizcochos?, son sanos, nutritivos y baratos. Nada que objetar a los bizcochos. Ahora bien, si te paras a pensar en la imagen de un jurado tragando bizcochos en plena tarea de juzgar la creatividad, la gracia y el talento ajeno, pues a lo mejor no es la imagen más profesional que se pueda dar de un jurado. En cualquier caso, ¿no hubiera sido más propio recurrir a la típica ensaimada de carnaval? Salvem la ensaimada.
Salvo honrosas excepciones, el carnaval, con el ritmo, la energía, el entusiasmo y la fuerza que le es propio, no termina de enraizar en la idiosincrasia isleña. El mallorquín desfila despacio, poc a poc, que no es cosa de estresarnos. Si hay que bailar se baila, pero bailar por bailar, agitando el cuerpo más allá de lo imprescindible es tontería, así que la mayoría de las comparsas dan un par de saltos sobre el asfalto, cada cual como Dios le da a entender, con más voluntad que acierto, y ahí acaba más o menos la cosa. Hay excepciones, como la carroza y comparsa El Forn de Fantasia S’Olivera, que desfila con imaginación, gracia, soltura y desenfado. Pero el ritmo del carnaval lo ponen los de fuera, esos nuevos mallorquines llegados de la inmigración con el sentido del baile metido en las entrañas y una inmensas ganas de mostrar toda la fuerza expresiva de su folklore y su danza. Destacan los bolivianos, maravillosamente vestidos con trajes típicos de su país y perfectamente organizados en torno a una coreografía que ejecutan con notable dinamismo y acierto. Y también se hacen notar los uruguayos, o más bien las uruguayas, que no dudan en desafiar el frío de la tarde con el mínimo de ropa posible, el típico tanga propio del carnaval brasileño, con el que mueven incesantemente sus cuerpos al ritmo trepidante de la samba, que es la única forma que tienen de evitar la pulmonía.
Los bolivianos, los uruguayos, los brasileños…, ellos son los llamados a impulsar el carnaval de Palma y a convertirlo en un espectáculo de auténtico interés popular. Para conseguirlo solo necesitan un poco de apoyo institucional. Lo demás, el ritmo, la fuerza, la imaginación, la música y el baile lo ponen ellos.
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