Las camisetas interiores abultan los disfraces infantiles como antídoto para la criptonita de las bajas temperaturas. Los vaqueros, spidermans y tigres más activos se calientan saltando en el reguero de castillos hinchables que acampan desde la plaza de la Reina a Jaime III. Las tortugas, patos y leones que contestan al «¡Hola Don Pepito!» de los payasos en el Borne cubren las pieles animales con cálidos abrigos y dejan asomar sólo orejas de felpa y narices maquilladas.
Sentada en un banco, una mamá monja da el biberón a una ternera de pocos meses. Fiona –también madre y sin Shrek– saca la merienda para sus pequeños ogros: una geisha y un mexicano de poncho y sombrero amplio.
La conselleria de Agricultura reparte vasos de zumo de naranjas solleriques que la bruja de nueve años vacía en su garganta como un brebaje vitamínico. El cambio municipal se deja sentir en la mallorquinidad del recorrido. Al atemporal Antes muerta que sencilla le ruge –en directo– En Joan Petit quan balla y otros temas populares de la tierra. En otro tenderete, un grupo de jóvenes invitan a Buzz Lightyear y sus amigos a conocer los instrumentos musicales propios de las Baleares. Los niños se entregan a soplar o aporrear xeremies, fabiols, tambores o castañuelas.
La princesa de gafas apunta con la pistola robada al hermano sheriff, mientras los cañones del Lejano Oeste en la plaza Juan Carlos I lanzan al aire cientos de pompas de jabón. Para borrar el gusto a detergente, un chiringuito reparte vasos de refrescos.
Un Batman imposible –entrado en años y kilos– no pasea con hijos que justifiquen sus carreras y poses en plena calle. La mamá con edad de abuela inmortaliza sus gestas tirando de megapíxeles. Bocinazo en los altavoces y susto del Peter Pan de cuarenta y tantos que personifica el síndrome del personaje sin ganas de crecer.
El reparto de confeti y serpentina arremolina cientos de niños. Los más mayores lanzan y los más pequeños se apañan como pueden para escupir los papeles de colores que se cuelan en su boca. A sus tres años, Paula decide que el culo postizo de esclava sureña le sobra y su madre sigue el ejemplo.
Un oso, un hada madrina y el cocinero de Rataouille se entregan al taller de recortables en Las Rambas. El Zorro se limita a observar masticando el bocata de sobrasada bajo el antifaz. Cort se da por satisfecho: según sus cuentas 25.000 personas han tomado las calles imponiéndose al frío y al Batman talludito que se siente superhéroe.