Lo he vivido en carne propia. Me encontraba en la Provenza, una de las regiones más civilizadas del planeta, y, de la noche a la mañana, entró la dichosa ley en vigor y ya no pude fumarme mis habanos en los bistros del idílico pueblo de Saint Remy. (Con qué gusto miman sus pueblos los galos. Debiéramos aprender de ellos a la hora de conservar los nuestros, tan a menudo violados por esas furcias que son los modernos arquitectos, quienes firman proyectos horripilantes y enemigos de toda armonía solo por dinero.)
Tan solo unas horas antes entraba, pedía un pastis, abría los periódicos y gozaba de uno de esos momentos gozosos de la vida. A partir de la ley, tenía que exiliarme en la terraza y rogar para que el sol invernal acariciase mi piel.
Después marché a París. Pensaba que en la gran capital del mundo latino las cosas serían diferentes que en provincias. Naturalmente me equivoqué. En los bares y discotecas, la gente salía como chavales que hacen novillos hasta la puerta para poder dar unas caladas al cigarrillo de rigor. Ahí casi me vuelvo histérico y prendo fuego al garito le Baron, pero una hermosa mujer me rescató de la ira proponiéndome una copa de su invención. Mezclaba absenta y vodka a partes iguales, y agregaba un chorrito de un licor perfumado de violetas. ¡Semejante copa te abre los ojos con la fuerza de cincuenta hojas de coca! Salimos a bailar y ella, una mezcla de gala coqueta y argentina prometedora, era cimbreante como una gata persa subida en la copa de una palmera tropical. Pero de ahí no pasé.
Ella tenía al marido enfermo en la cama y solo salía a bailar para distraerse un poco. Pero de ahí no pasaba. Estaba claro que podía en ella la sangre gaucha…
También quedé con unos amigos elegantes, locos y geniales para ir a almorzar a ese templo gastronómico que es el Voltaire. Me avisaron que fuese bien abrigado, porque la única forma de poder fumar era comer directamente fuera. Así que nos montaron una mesa en la calle y nos sentamos en ella con abrigos de piel de oso y castor. Éramos un espectáculo para los transeúntes, que se paraban a aplaudirnos antes nuestra negativa a obedecer como el resto de borregos los designios de unos políticos talibanes. Los camareros nos servían encantados, olvidándose de la concurrencia de dentro. Y encendí la doble corona de un Lusitania de Partagás que terminó por hacer salir al sol parisino sin necesidad de inventarlo con absenta.