Dice Román Piña que dice Francina Armengol que le gusta hablar de políticas al servicio de una identidad integral. A mí, esto me suena a chino, a cálculo integral, a revista Namasté, a literatura fantástica, a acopio de mismidad, a macrobiótica.
Francina, ya mujer integral, era militante de ERC. Le parecería poco nacionalista, como a Antich el PSM, pues al poco se pasó al PSOE, donde pensaría que tendría más futuro. La identidad integral ni se compra ni se vende, permanece, es un yo afortunado. Acertó. Ahora el PSIB-PSOE es ya un partido nacionalista, dirigido por nacionalistas y gobierna con un Mefisto nacionalista. En su dirección estatal depende del momento. Cuando las elecciones catalanas, aceptando el estatuto que surja del parlamento catalán, es partidario de la autodeterminación de las nacionalidades -o de las naciones que más da-. Cuando las generales, nos dice que nos devuelve los 400 euros que nos cobró de más y que su nombre es «Gobierno de España». Compra votos y se traviste de nacionalismo español. Un partido integral. Lo notable es que lo siga votando la gente de izquierdas, internacionalista, que cree que la conciencia viene determinada por las condiciones materiales y económicas. Los electores nacionalistas siguen votando a los suyos, es la pertenencia la que determina la conciencia.
Desde hace ya bastante tiempo se ha sabido que todo lo integral es mejor para la salud. Tiene más vitaminas y fibra que facilita el tracto digestivo, alivia el estreñimiento y previene el cáncer. Traspasado el término de la gastronomía a la sociología parece que se produce en la presidenta del Consell una tendencia al exceso, resultado de adjetivar el sustantivo identidad con la palabra integral. Si la identidad puede aludir al conjunto de rasgos propios de una colectividad que la caracterizan frente a las demás, lo integral supondría la globalidad de estos rasgos, un pleonasmo inútil. Aunque a mí me parece más saludable otra acepción de identidad integral, la que no se atiene a los rasgos de una colectividad, sino a la globalidad de los rasgos comunes de la especie, que confiere a los individuos que la forman idéntica identidad: humanos. La igualdad que se desprende de la pertenencia común al género humano: ser diferentes como individuos, ser iguales como humanos.
Cuando la presidenta reivindica nuestra manera de vivir diciendo que no es ni mejor ni peor que otras, simplemente la nuestra, convendría que nos la describiera para saber de qué está hablando. Y podríamos cotejar su descripción con la nuestra. Aparte de lengua y literatura, que no nos caracteriza frente a los catalanes o valencianos, -como el español que no lo hace frente a americanos de habla española-, del territorio que tampoco lo hace frente a los pobladores talayóticos, fenicios, judíos, romanos, árabes que aquí han existido, ¿hemos vivido y entendido igual los mallorquines la vida? ¿Es identitario comer sobrasada, sopes, cocarrois, ensaïmades, arròs brut, quartos embetumats? ¿Ir a Lluc a pié?¿las batallas de ciutadans y forans?¿Los botifarres? ¿Quemar judíos en la plaza Gomila? ¿Lo es el racismo y la segregación social durante siglos de los descendientes de los judíos conversos? ¿Leer La fe triunfante? ¿Dedicarse al contrabando? ¿Juan March? ¿Maura? ¿Madò Buades? ¿Hacer paellas los fines de semana? ¿Veranear en Sa Ràpita o en el Mal Pas? ¿La corrupción? ¿Haberse identificado la mayoría con el glorioso Alzamiento Nacional del 18 de Julio de 1936? Mitos identitarios aparte, lo pertinente son los servicios sociales, herencia vergonzante de muchos lustros de Consell.
Vemos la manera de vivir -de organizarse-, americana, donde en cada elección -a pesar de todos sus defectos, corrupción incluida-, reinventan apasionadamente la democracia, donde la batalla épica entre Barack Obama y Hillary Clinton para ser candidatos por el partido demócrata va a ser dilucidada por los ciudadanos. ¡Ya me gustaría poder decidir como lo hacen los americanos! ¡Y vaya si se equivocan! ¡Pero se equivocan ellos, no por ellos! La reivindico, aunque no sea nuestra. Aquí, donde tampoco es que vayamos faltos de corrupción, Armengol nos impone candidatos a quienes no votan ni en su pueblo, sin que podamos ni rechistar. A la mallorquina. ¿O es a la española? ¡Ay, Francina! Como Juan Ramón decía, con lilas llenas de agua, golpearía tus espaldas.