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EN VENA
Más catalán
ROMÁN PIÑA VALLS
Llámenlo como quieran: catalán, español de Barcelona, valenciano- mallorquín-catalán, latín hispánico 1, Equis, panlingua mediterránea, o por ejemplo, así a bote pronto, pimpitrona. Esa lengua o sistema lingüístico dentro del cual hemos de convenir que se halla el mallorquín, y que yo llamaré catalán en este artículo por razones de espacio, deberíamos fomentarlo. Hace falta más catalán. Pero no en Baleares o en Cataluña, no. Necesitamos más catalán en Madrid, en Murcia, en Andalucía y en todo el resto de España. Y hablo en serio.
Lo he visto claro hace años y ha llegado el momento de empezar a pedir algo que es completamente lógico. ¿Por qué? ¿Acaso para que Carod no pueda volver a decir en una televisión que no quiere pertenecer a un país que muestra tan poco interés por un pedazo de sí mismo? En absoluto. Hace falta más catalán, más gallego, más euskera en toda España porque como dice el PP mucho últimamente, o como dice Ciutadans, o UpyD, el melón de las reformas estatutarias ha puesto en peligro la igualdad de todos los españoles. No digo que no tengan razón, pero si queremos que en Baleares sea una realidad la libertad de elección de lengua de la enseñanza, es decir, si aseguramos que nuestro bilingüismo es un derecho y que somos iguales ante la ley que un leonés o un soriano, hemos de exigir que el bilingüismo esté al alcance de todo leonés, todo soriano y todo español.
No entiendo que los que dicen defender tanto el catalán, amarlo tanto y embalsamarlo tanto de euros, en lugar de luchar por una entidad política independiente, aislada, vanidosa, antipática e insolidaria, no hayan promovido un movimiento en este sentido, que se concretaría en la siguiente propuesta: la oferta educativa, en un ciclo que podría ser la ESO o el Bachillerato, de una segunda lengua española optativa: catalán, gallego o euskera. No es justo que los niños de Madrid estén en inferioridad de condiciones, que tengan una educación menos completa que los de Galicia, Euskadi o Baleares. ¿Qué es mejor para la tan enferma lengua catalana, como lloran desde hace décadas algunos, y para los que sueñan con hacer de ella un vehículo de cultura más amplio? ¿Identificarla con un pedazo del planeta que presume de ser diferente del resto, o catapultarla a un nivel de respeto y academicismo en toda España, con los beneficios culturales y económicos que eso conllevaría?
Claro que alcanzar ese nivel de libertad, solidaridad y sensibilidad sólo tendría sentido garantizando a la vez en Cataluña y Baleares la enseñanza en castellano a quien la pida. Dicho de otro modo: no tendría sentido este enriquecimiento alcanzados los objetivos de los independentistas. ¿Consentirían los defensores de la normalización lingüística la enseñanza optativa en castellano en nuestros colegios, a cambio de la enseñanza en catalán a millones de personas? Si la respuesta fuese no, ya sabríamos la razón. Nunca habrían defendido una cultura, sino unos sentimientos mezquinos de mirada chata, vanidad y xenofobia.
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