LORENZO MARINA
PALMA.— La creciente permeabilidad de los radares móviles de Mallorca ante la llegada de pateras tiene una explicación bien prosaica: la falta de guardias civiles con la formación suficiente para manejarlos. De hecho, sólo dos agentes del Instituto Armado han superado con éxito el curso y manejan el dispositivo.
Esta falta de personal cualificado ha frustrado las expectativas iniciales a la hora de adquirir los dos radares móviles SIVE y ésta era que estuvieran 24 horas al día vigilando la costa mallorquina. Lo cierto es que a los seis meses de su entrada en funcionamiento sólo se encuentran operativos una media de cinco horas al día para cumplir esta misión.
Inicialmente, el curso de formación para manejar este sofisticado radar se impartió a cuatro guardias civiles de la Patrulla Fiscal Territorial, el antiguo Grupo de Puertos y Costas. Sin embargo, esta plantilla duró poco tiempo. Dos de los agentes que habían superado con éxito el cursillo cambiaron rápidamente su destino. Uno ejerce de chófer y otro labores burocráticas en el Cuerpo.
La asistencia de tres días a clase se considera una instrucción suficiente para que un agente maneje el Sistema Integral de Vigilancia Exterior (SIVE). La realidad es bien distinta. «Hay que estar permanentemente mirando el manual de instrucciones», señalaron a este periódico fuentes del Instituto Armado.
Actualmente, Mallorca cuenta con dos camiones con dos radares móviles del Sistema Integral de Vigilancia Exterior (SIVE). Cada uno de ellos está valorado en 1,1 millones de euros. En un principio, todo hacía presagiar que la entrada de embarcaciones con inmigrantes en aguas de Mallorca se antojaría más complicada. A Baleares han llegado hasta la fecha 10 pateras y siete de ellas desde la implantación del sistema SIVE. Ninguna de ellas fue detectada por los radares.
El primer radar que llegó a la isla se ubicó en las inmediaciones de Cabo Blanco. En cambio, las zonas rocosas de Santanyí, tradicional ruta usada por los contrabandistas, tardó algún tiempo más en contar con este dispositivo.
No obstante, a Santanyí también se le dotó de este carísimo dispositivo de detección de pateras. Se pensaba que de esta forma la costa mallorquina quedaba blindada ante el trasiego de embarcaciones de inmigrantes procedentes, en su inmensa mayoría, del puerto argelino de Dellys o al menos que se podrían detectar con más antelación.
Los buenos augurios fueron muy efímeros y no tardó en llegar una nueva patera. Los inmigrantes sin papeles aprovecharon el monumental hueco existente que habían dejado los radares móviles para alcanzar la costa. Eso sí, su periplo por tierra fue extremadamente breve. No tardaron en ser interceptados y devueltos a su país de origen.
Al ir completando su calibración, las complicaciones en los radares móviles se fueron amontonando. La principal fue la escasa cobertura con la que contaban estos dispositivos. La única posibilidad de ampliar el radio de acción del radar móvil se logra buscando un lugar elevado con el que rastrear el litoral mallorquín.
Este lugar elevado no siempre es el más idóneo para detectar la llegada a la costa de las embarcaciones. Si a este factor se une el desconocimiento generalizado entre los agentes de la Guardia Civil de los intrincados dispositivos del radar, las probabilidades para detectar la llegada de pateras a Mallorca se reducen sustancialmente.