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  Lunes, 28 de enero de 2008. Actualizado a las 12:55
 

NAUFRAGIOS Y COMENTARIOS
Cocktail de jazz y el sonido dorado de la trompeta de luisito brazofuerte

JORGE MONTOJO


Recuerdo gratamente un día, en el luminoso puerto de San Antonio y mientras devoraba un suculento atún a la plancha, en que se acercó hasta mi mesa un antiguo marino, oficial y caballero devenido en pirata existencial, y me confesó con la estentórea voz del que está acostumbrado a que sus órdenes se escuchen desde el puente de mando, incluso en medio del fragor del temporal: «Yo me he bebido más botellas que todos los piratas del Caribe en sus buenas épocas».

Reconozco que tal boutade me encantó. Después pasamos a hablar de música, siempre tan ligada a las musas alcohólicas, y llegamos a la conclusión de que la coctelería, el arte de mezclar buenas copas, siempre ha ido de la mano del sagrado jazz, como una pareja de baile perfecta que nunca pierde el paso, pero que, cuando se queda sola, parece estar coja ante los vaivenes vitales. Un potente whisky sour capaz de arrullar las palmeras salvajes de Nueva Orleáns sabe mejor si escuchamos la trompeta de doradas notas sonrientes de Louis Armstrong. Ese negro gordo, bajito y genial por el que suspiraban las cocottes de los refinados tugurios parisinos era un claro exponente de la fuerza del pensamiento positivo y, cuando entonaba I´m just a gigoló, Luisito Brazofuerte se transformaba en el poeta maldito de su tiempo.

¡Qué música amadora de la vida! Ese jazz de entreguerras era mágico y embriagador como los cócteles. Y te obligaba, aún en medio de la ruina, cuando todo, alma, jardín, casa, dineros, amante se iban a pique, a sonreír insolentemente a las fuerzas del destino de Dixieland. Si te vas a pique, que sea con una sonrisa.

Sin embargo después el jazz cambia su humor. Miles Davis muestra su mueca amargada de hombre que ha visto demasiado y demasiado hondo y nos muestra otra cara musical también absolutamente genial, aunque triste y desolada. El, ciertamente envidioso, criticaba a Armstrong porque juzgaba su alegre sonrisa como un tributo al amo blanco. Pero esa sonrisa, y Davis debía intuirlo dolorosamente, descubre más infiernos que cualquier velada mirada. Pertenece a quien ha conquistado el paraíso de sí mismo. Son dos formas de encarar la vida.

Hoy los libros de autoayuda copan las modernas librerías prometiendo cambiar el chip de la estima personal. No sé si sirven para algo, aunque me parece bien que cada uno se ayude como pueda porque sin duda Dios ayuda al que se ayuda. Personalmente prefiero escuchar las notas de jazz y la voz profunda de ese negro tierno que sabía sonreir hasta cuando se encontraba con el diablo.

Pero hoy el arte de la coctelería está en decadencia. Es muy difícil encontrar un barman que sepa mezclar las bebidas. El auténtico bar man es el mejor psicólogo y prepara las copas de acuerdo a tu estado de ánimo. El negroni ayudó a la raquítica Audrey Hepburn a ver las mañanas romanas en technicolor y otorgó a su mirada un luz capaz de dar vida a las estatuas; el bloody mary, llamado así por las cantidad de sangre que derramó Mary Tudor cuando la cortaron la cabeza, permite enfrentarse a la dureza del día con cierta serenidad y si encima se añade un ramita de cilantro y un chorrito de jerez a la explosiva mezcla, os aseguro que se os pasarán las ganas de trabajar y haréis novillos a la Tom Sawyer como cuando estabais a las ordenes de insoportables profesores que pretendían aniquilar el sentido rescatador de la aventura; el dry martini debe permanecer siempre seco incluso cuando una bañista con el cuerpo de Barbara Carrera se agarra a vosotros empapada por los sudores salados del mar; el sea breeze permite rememorar los abrazos calientes dados en una playa nocturna mientras la profundidad de la noche ayuda a que todas las gatas sean pardas; el daiquiri pinta con limas el deseo y perfuma de ron unos besos que jamás han sido tan embriagadores… Así que sal a la noche en busca de calor y refúgiate del tedio vital de algunos filósofos coñazos que jamás amaron la vida en el fuego verde de una caipirinha preparada por una hermosa bahiana cuya sonrisa cura toda soledad.

 
   
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