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  Martes, 15 de enero de 2008. Actualizado a las 23:19
 

LA DANZA DE BES
Contagiosa pereza

JORGE MONTOJO


Ayer me reconocía un amigo alemán que se estaba civilizando. El teutón admite haber desertado de los horarios de sus latitudes, e incluso es capaz de llamar cagaprisas, que en alemán suena mucho peor, a sus compatriotas cuando pretenden tener en las Pitiusas la misma filosofía que en Munich.

La soledad invernal en que ha sido abandonado por la ejecutiva valquiria que era su novia y el atisbo de un sagrado dolce far niente han hecho mella en él. Ha descubierto que la poesía de Goethe se descubre mejor cuando se está con toda una tarde para sí mismo. Ya no exige puntualidad a nadie, la corbata la luce en plan Jerónimo, ha empezado a ir a clases de yoga impartidas por una mujer voluptuosa a cuyo lado ningún hombre de naturaleza sanguínea podría relajarse y ya no habla de regresar a la Selva Negra. Ibiza le ha capturado.

En el Mediterráneo en general y las Pitiusas en particular el tiempo tiene otra dimensión. Que no hay nada que hacer, protestan los forasters carentes de imaginación con escalofríos a invernar como osos. ¡Chorradas! Es el momento más feliz para la mayoría de ibicencos porque es cuando son capaces de disfrutar de la Isla. De pronto descubres lo atractiva que es esa vecina a quien no hacías caso en verano, te sumerges en la aventura de la lectura, se puede conversar frente a una hipnótica chimenea o hacer el amor sobre una piel de oso mientras la lluvia golpea en los cristales; se redescubre otra música diferente al monotema primitivo de los Djs discotequeros, escapas a Santa Inés para devorar la tortilla del Cosme mientras adivinas qué almendro va a florecer primero, sales a los bares en busca de un placer inesperado y encuentras en la barra a alguien tan deseoso de conversación como tú mismo…

Es fundamental la escapada al monte (la artificial ciudad tira al sedentarismo y la verdadera naturaleza al nomadismo) y dar paseos llueva o haga sol mientras el aire frío te despierta, compartir un cigarrillo con el payés que se apoya en su carro, largarse a San Mateo a brindar con un vino dionisiaco y cantar como el poeta: «Donde hay vino beben vino/ Si no lo hay agua fresca/ Y no conocen la prisa/ ni en los días de fiesta».

Asomarse al morro de Aubarca y perder la mirada por la mar caprichosa y eternamente ondulante, que estalla voluptuosa bajo los pies suspendidos del vacío, beber de las lágrimas de las sirenas que destilan dulce veneno entre olas tornasoladas, pintando una estela que invita a la zambullida cósmica… y al emerger, descubriendo el velo de Tanit, respiras la baraka que rezuma la Isla, propiedad de una diosa.

Ah, sí, la pereza es el capricho de los dioses.

 
   
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