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  Martes, 15 de enero de 2008. Actualizado a las 23:15
 

CARTAS A LOS POPULARES
La refundación del PP: los principios olvidados

ANTONIO ALEMANY


El PP balear es, de entrada, un gran partido: tiene una voluminosa masa de militantes y un electorado fiel. Pero, lo fundamental, no es esto. Lo fundamental es que es el único partido liberal (teóricamente) que tenemos, una vez que UM se ha embarcado en alianzas nada «liberales» ni democráticas, entre las que se incluyen partidos -es el caso de ERC- en cuya cúpula dirigente figuran antiguos miembros de una organización terrorista como era Terra Lliure. Sobre el PP balear recae la grave responsabilidad de canalizar, defender y materializar, cuando gobierna, los principios y valores que justifican su existencia. Si no lo hace, deja huérfanos a votantes y militantes y, de paso, a esta tierra.

Ocurre, sin embargo, que el PP balear muestra serios síntomas de padecer lo que podríamos llamar «fatiga de materiales»: fatiga de los principios, fatiga de las personas y fatiga de las estrategias. En buena teoría debería proceder, de entrada, a esto que los médicos llaman «anamnesis» -historia clínica, para entendernos- como paso previo al diagnóstico y a la terapia tras analizar lo que les ha pasado, lo que les pasa y por qué les pasa. Tras las generales es lo primero que deberían hacer: poner patas arriba todo el partido en un triple ámbito: el de los principios, el de las personas y el de las estrategias.

El PP no es UM, ni el PSOE, ni el PSM, ni EU. Sin embargo, en cuestiones esenciales, se comporta como UM, el PSOE, el PSM o EU. Dicho con otras palabras y en directo: de cara a sus votantes debe aclararse de una vez en materia de principios. Concretamente en el tema de la lengua, en el de la educación, en el de la seguridad jurídica, en el de la Memoria histórica y en el de la vertebración del Estado y de la autonomía.

En materias lingüísticas y de educación, la coartada justificadora-no ya de la tibieza, sino de la perpetración de intolerables decisiones como el Decreto de Mínimos, la supervivencia de un sistema educativo fascista en el pleno significado del término fascista o la inaplicación del bilingüismo en las comunicaciones de la Administración- es la muletilla habitual de que en el PP confluyen «distintas sensibilidades» como si las «sensibilidades» deban condicionar los principios fundantes y esenciales de un partido político. Pero hay algo peor en esta coartada y que revela su falsedad: trasladan y confunden la «sensibilidad» de algunos -pocos, encima- de los instalados en la tecnoestructura del partido con la sensibilidad de sus militantes y votantes. Cuando esto ocurre, la famosa Ley de Bronce de Michels sobre los partidos políticos alcanza su máxima perfección: la oligarquización del partido no afecta ya sólo a su estructura y funcionamiento, sino que se impone al electorado. El voto del mal menor o el voto con la nariz tapada son, en definitiva, algunos de los síntomas de esta oligarquización que pervierte el sistema democrático en tres de sus puntos esenciales como son la democracia interna obligada de los partidos, la representación y las elecciones. Ni que decir tiene que los que subordinan los «principios» a las «sensibilidades» y, en consecuencia, son incapaces de comprender que hay «líneas rojas» que, por acción u omisión, no deben traspasarse, deben irse del partido y cuanto antes, mejor. Con los principios no se juega y el PP balear lleva ya demasiado tiempo jugando con algunos de sus principios fundamentales. Así le ha ido, en dos ocasiones ya.

Hay algo tremendo en estos comportamientos en la medida que son trasunto de inquietante falta de inteligencia política. El PP balear -al revés que todos los partidos liberales del mundo occidental- incurre en el craso error de metabolizar los referentes de sus adversarios políticos. Y no comprende que la defensa de la libertad de elección de la lengua de la enseñanza no tiene que ver con la lengua catalana, mallorquina o castellana, sino con la libertad. Resulta tan irritante como estúpido que quienes defienden una libertad tan importante como ésta se mantengan a la defensiva, se crean que, defender la libertad, es ser «extremista», alejarse del centro político con el temor de ser acusados de «fascistas» cuando los únicos fascistas que tenemos en el país son los que, por activa y por pasiva, conculcan derechos y libertades básicos de los ciudadanos. Es el colmo: los defensores de la libertad convertidos en gallináceas acorraladas.

Lo mismo cabe decir en materia de seguridad jurídica, esta cuestión que les importa un bledo a nuestros políticos, incluidos los del PP y que afecta injustamente a tantas personas y a todo el sistema económico de estas islas. Se puede ser más ecologista que los ecolós del GOB y, al mismo tiempo, compatibilizar ecología y seguridad jurídica, ecología y economía, ecología y derechos adquiridos. Más aun: ecología sin seguridad jurídica no es ecología, sino una infamia. Aquí, todo el mundo político y mediático defiende desclasificaciones -menos las que les afectan a ellos- pero nadie defiende al ciudadano sin atributos y sus legítimos derechos derivados de la ingenua creencia en lo que le dice la ley. Aquí se confisca de hecho, no se expropia, entre otras razones porque, para expropiar, hay que motivar la expropiación, dar audiencia al afectado y fijar el oportuno justiprecio. Algunos comportamientos recientes del PP en materia de moratorias y desclasificaciones resultan incomprensibles en un partido que dice defender con convicción el Estado de Derecho. Toda desclasificación que no lleve aparejada su financiación y el sistema de compensaciones a los afectados es, sencillamente, una indecencia.

Hay, en resumen, una «fatiga» de los principios evidente en un partido que parece haber olvidado su razón de ser y su función de representar a quienes le votan. Esto sólo tiene un remedio: practicar una gran catarsis purificadora que le permita reencontrarse con su identidad liberal y con la fe en una serie de principios que parecen haberse olvidado.

 
   
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