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  Miércoles, 26 de diciembre de 2007. Actualizado a las 09:50
 

LA DANZA DE BES
La jaima

JORGE MONTOJO

Encuentro comodísimo eso que hace Gadafi de viajar con la jaima, montarla en los jardines de un hotel de lujo y pretender vivir de acuerdo a las más nobles tradiciones del desierto.

Es además una espléndida solución a los problemas de la vivienda y un corte de mangas a los famosos pisos de 30 m2 recomendados por los socialistas (entre los pisos, el euro de propina por un café y el económico conejo para la cena de Navidad, va quedando claro que estos políticos socialistas son unos cachondos).

Como iba diciendo, eso de la jaima es una gozada. Tienes la posibilidad de viajar y dormir siempre en tu cama, que era una de las obsesiones de Gianni Agnelli. El avvocato podía cenar en Madrid, pero en vez de hacer sobremesa se largaba en su avión a Turín a dormir en su catre, que eso de dormir en casas ajenas es un arriesgado rol de cornudos.

Mi padre trajo una jaima después de un viaje explorador a lo Livingstone por Mauritania. Tenía unos colores maravillosos que invitaban a las sagradas odaliscas a contarte cuentos, a servirte tres tazas de té, a desnudarse y bailar sensualmente. Nunca supimos bien cómo montarla.

Incluso pedimos ayuda a unos moros que trabajaban en el jardín de casa, unos amables rifeños marroquíes que nunca debieron pisar el desierto porque aún tenían menos idea que nosotros a la hora de erguir la tienda. Puede decirse que logramos un efecto picasiano cuando al fin pudimos entrar en ella, pero el resultado era encantador.

Viví gozosamente en ella al lado de nuestra torre de cala Conta. Desde la jaima pude despedir con cajas destempladas a numerosos visitantes sin respeto alguno por la propiedad privada. Recuerdo que asomaba por la entrada con cara tragicómica enfundado en un pareo, blandía el sable de un antepasado almirante y despotricaba contra los domingueros que se atrevían a despertarme pretendiendo hacer paellas de roedores a mi vera. Corrían hasta el muro de piedra como demonios.

También recibí la visita de unos piadosos musulmanes que quedaron asustados de mi hospitalidad cuando llené sus tazas de té con el dorado whisky de los desiertos escoceses.

Quedaron sorprendidos de las costumbres de un tuareg pitiuso que sólo emplea el agua para bañarse. (Si cría ranas y pudre maderas, qué no hará con nosotros.)

La jaima duró lo que dura el verano. En cuanto se puso a soplar el Poniente, la tienda beduina salió volando por los aires hasta caer al mar. No sé cómo pude rescatarla, pero ya no tenía fuerzas ni jardineros para montarla, y la jaima quedó tendida al sol como un colorido cuadro tirado en la tierra.

Ante mi desidia, la jaima pronto fue birlada por mi tío Amaro. La colgó del techo de su dormitorio de trescientos metros cuadrados de Cala Carbó y acunó sus noches amorosas como un suave moacín.

 
   
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