Un maestro de redacción alertaba a sus bisoños alumnos, entre los que me encontraba, que a la hora de escribir el periodista tiene que huir de los refranes, de los títulos de películas y de las frases hechas. Para el viejo profesor el uso de estos recursos estilísticos denotaban la escasa imaginación, la pobreza del lenguaje y la tendencia a deambular por atajos y recovecos lingüísticos que empobrecían prosa y mensaje.
Algo similar ocurre cuando un político pronuncia en voz alta las tres palabras mágicas: «Cuestión de Estado». Es la frase hecha preferida del gobernante, acude a ella con asiduidad y normalmente la acompaña de una grandilocuencia gestual que trata de remarcar la importancia del asunto, darle un aire solemne y, sobre todo, parecer sincero.
Antich, como sus antecesores, también gusta de la muletilla y hace unos días le sirvió para contentar a sus socios del ala izquierda –porque el president tiene aliados a ambos lados de la cuerda, empeñados en practicar la sogatira con el PSOE– y asegurarles en presencia de los periodistas que el catalán es una cuestión de Estado.
Aunque no seguí la comparecencia del muy honorable supongo que después de pronunciar la frasecita dobló el papel que siempre le acompaña, sonrió a los presentes, buscó la mirada cómplice de sus compañeros de mesa, respiró profundamente y dijo para sí: «Ya está, ya lo he dicho, prueba superada».
Pero el problema que tiene dar categoría de Estado a un asunto es que automáticamente se minusvaloran otros. Así, se puede pensar, y ahora que estamos solos les confieso que yo lo creo, que hay otros muchos temas que deberían ser cuestión de Estado. A saber, desde que habito estas tierras insulares cada día asisto con horror (frase hecha pero cierta y sincera) a la sangría de las carreteras. Rotondas, autovías, comarcales son una gigantesca trampa que a diario se cobran su tributo en vidas. Acabar con los cementerios de asfalto me parece una cuestión de Estado.
Me pregunto si el aumento del paro, con unos datos nada tranquilizadores, no es también un asunto de Estado. O, por ejemplo, dotar a nuestros médicos y personal de enfermería de los recursos necesarios para realizar correctamente su trabajo. ¿Y, acaso no debe ser un tema de Estado que la Universidad logre aumentar el número de alumnos y cuente con el respaldo suficiente para ser puntera en determinadas disciplinas a nivel nacional?
Quizá para los hoteleros, industriales y comerciantes es un tema de Estado romper la estacionalidad que atenaza y adormece la economía balear llegado el otoño. Sospecho que las ayudas al campo es un tema que quita el sueño a los agricultores y ganaderos, que estarían encantados si el Govern no actuara sólo a golpe de tractorada. Qué decir de los pescadores, una especie tan en peligro de extinción como el atún rojo.
Fíjense si habrá temas importantes que en este periódico practicamos la denuncia constante de los casos de corrupción con la esperanza de que algún día el Govern de turno se decida a poner coto a los indeseables de la política. Vamos, que se atrevan a pronunciar la frase de marras: «El Govern considera una cuestión de Estado limpiar Baleares de corruptelas y se compromete a no pactar con aquellos que tengan abiertas causas judiciales».
De vuelta al mundo real, y en lo que al catalán se refiere, el president no se equivocó sólo por omisión sino que también pecó de minimalista. Porque si el catalán es cuestión de Estado, con mayor razón debe serlo la Educación, a secas. Afortunadamente el último informe PISA no recogía datos de Baleares. Habrá que esperar a 2009 para comprobar cuál es el estado intelectual de nuestro alumnado. Pero ya les adelanto que de seguir por los derroteros que defiende Bárbara Galmés y asociados, mucho me temo que nuestros estudiantes coleccionarán calabazas. Porque más que una cuestión de Estado, la lengua es una cuestión de familia. Si desde mi tierna infancia (frase hecha pero necesaria) mi madre nos hubiera hablado en gironí yo hoy no perpetraría el catalán y no lo hablaría sólo en la intimidad.
En cambio, si a mis hijos se les obliga a estudiar sólo en catalán, sus notas, por ahora muy buenas, caerían en picado, se sentirían bichos raros, estarían desmotivados y todo el hábito de estudio adquirido estos años no habría servido para nada. Así, hoy veo con ilusión cómo el mayor de mis vástagos –el pequeño es un pelín más perezoso– me enseña sus redacciones en catalán y hasta me lee en voz alta con mucho más convencimiento que pronunciación. Estoy seguro que en un par de años lo hablará sin complejo... aunque diga si us plau y no per favor.
Ya en mi primera carta pedí un poco de sentido común y hoy reitero mi solicitud. Lo que necesita Baleares es invertir en Educación, en formación, en preparar a buenos profesionales para el futuro y si pueden ser trilingües, mejor. Oír a un iluminado de la OCB asegurar que el catalán es un vehículo de integración para los inmigrantes es una sandez estratosférica. Toda vez que por lo que se ve en Cataluña, el monolingüismo de la barretina es excluyente, nunca integrador.
Pero los grandes partidos nacionales, uno por complejo y otro para recolectar votos, no dejan de tontear con el lado más oscuro. Precisamente con aquellos que se sirven de los medios que les da la Constitución que estos días festejamos para tratar de barrenarla desde dentro, con la anuencia cómplice de quienes hoy se sientan en La Moncloa y en el Consolat de Mar. ¿Qué pensarán los presidentes de tres de las autonomías más pobres de España, gobernadas por el PSOE, cuando oyen hablar a su colega balear de federalismo? ¿Qué le dirán a sus votantes en Extramadura, Andalucía o Castilla-La Mancha cuando se enteren que un socio del Govern balear reclama el concierto económico como el de vascos y navarros?
¿Les responderá Antich a sus homónimos de la Península que lo importante es, como defendió en su discurso del día de la Constitución, potenciar el poder lisérgico del pactismo? Fue un discurso electoralista en un marco y momento inapropiados, mucho menos brillante que el pronunciado por el delegado del Gobierno Ramon Socías.
Sonaba en La Almudaina el Imagine de Lennon. Y soñaba Socías con un mundo mejor, con que se cumpliera la letra utópica del beatle más comprometido. Ocurre, Ramon, que si se hicieran realidad los deseos de Lennon –ya sabes un mundo sin países, sin religión, sin posesiones.... sin gobiernos– más de uno se quedaría sin trabajo.
Y no somos pocos los que pensamos que este país y la defensa de su Constitución por la que dos guardias civiles acaban de dar su vida sí que merece ser considerada una cuestión de Estado.
Sin utopías.
agustin.pery@elmundo.es