Como hay amores que matan soy de los que creo que entidades como la Obra Cultural Balear y lo que representa se ha cargado, además del mallorquín, el catalán; que el GOB y lo que representa se ha cargado buena parte del paisaje y del medio ambiente; y que Arca y lo que representa lleva camino de cargarse definitivamente Palma si mantiene sus posturas sordas y ciegas. Lo que representan todas estas entidades comprende el papanatismo político y el buenismo maximalista: ambas cosas suelen ir juntas. Por esto, Palma y Mallorca, viven un momento especialmente peligroso porque los que gobiernan y los que aman de forma exclusiva y excluyente la lengua, el medio ambiente y la Ciudad viven un momento sinérgico que potencia papanatismo y buenismo.
El reciente estudio patrocinado por la Generalitat catalana sobre los usos lingüísticos en Baleares es, para los catalanistas, tremendo: dos de cada tres jóvenes isleños no hablan en catalán, a pesar de que todos lo conocen. Es el fracaso de toda una política que no ha escatimado medios: dinero, poder en las instituciones, poder en la educación, satanización e imposibilidad convivencial de la lengua que estiman rival y coerción, política, social y cultural. El resultado es esta progresiva latinización del catalán: como el latín de la Alta Edad Media –oficial, lengua administrativa y de gloriosa tradición– que todo el mundo lo conocía y que ya casi nadie lo hablaba. Lo más grave del estudio en cuestión es que el uso del catalán es inversamente proporcional al nivel de cultura y educación de los jóvenes. Se ha lucido la Obra Cultural Balear y demás. No rectificarán. Como decía Tayllerand de la nobleza francesa posrevolucionaria «no han olvidado nada y no han aprendido nada».
El GOB –al margen de su sectarismo discriminatorio en función de quién gobierna– es otro caso típico de amores que matan. Su maximalismo radical, su maniqueísmo simplón, su desprecio por la seguridad jurídica y los derechos adquiridos, su deliberada ignorancia de los problemas de la sociedad –que no se reducen a lo ecológico– y su incomprensión de que los valores medioambientales sólo se preservarán si se consolida un valor de uso de la propiedad, de la pública y de la privada, han situado el ecologismo en un callejón sin salida y, lo que es peor, sin futuro en el que sólo queda el grito y el negativismo puro y duro. Y hay, todavía, algo peor imputable al GOB y a sus adláteres políticos: sus posicionamientos de máximos –avalados por el papanatismo de los adláteres– ha causado un daño irreparable al medio ambiente, al paisaje y a la ecología.
Cada vez que obtiene una victoria en forma de moratorias –y no me refiero sólo a las groseras moratorias de UM que siempre son moratorias pro domo sua– aclamadas por políticos, periodistas y sectores de opinión incapaces de un juicio matizado, cuando obtiene una victoria, repito, lo que obtiene es una auténtica catástrofe urbanística y medioambiental en forma de un aluvión de licencias y de sus consecuencias, una construcción desaforada. Volverá a ocurrir ahora. Y, por esto, durante el Pacto de Progreso, la construcción alcanzó el máximo desarrollo de los últimos 25 años y por esto –fariseísmos aparte, que se dan, y de que manera, en la izquierda– los municipios más destrozados han sido los gobernados por socialistas, pesemeros o uemitas o todos en coalición como suele ser lo habitual. Tampoco rectificarán y seguirán provocando el infernal proceso de acción-reacción indefinidamente de nefastas consecuencias medioambientales.
Arca es otro caso, tal vez algo más matizado, de amores que matan. No entiende la ciudad que dice defender y cuya defensa se limita a una foto fija estetizante tout court que prescinde por completo de las realidades sociales y económicas y, sobre todo, del análisis de las auténticas causas que están en el origen de no pocos desastres. Defienden la peatonalización global e indiscriminada del casco histórico y lo museifica y esclerotiza, cargándose más de dos mil años de un centro vital que era casi un caso único en la ciudad europea. Se pone furioso con la reforma de Sa Gerreria y propone cosas peregrinas como que hay que mantener las tipologías arquitectónicas de un barrio invivible y ruinoso, sin entrar a analizar quiénes son los culpables y por qué todo un barrio palmesano sólo podía admitir la cirugía como única alternativa a la ruina.
Les da lo mismo y, por esto, con su pretensión de petrificar el casco histórico con medidas teóricamente defensoras del patrimonio, lo que hace es condenar, allí donde pone sus manos pecadoras, a que se repita la triste historia de Sa Gerreria. Este barrio es paradigmático de la estulticia nefasta, especialmente de las instituciones. A Sa Gerreria se la han cargado, no la especulación, sino la Ley de Arrendamientos Urbanos –peor que un bombardeo dicen los urbanistas lúcidos– y la moratoria municipal que duró treinta o cuarenta años sin que pudiera invertirse en reformas y modernizaciones porque estaba prevista otra reforma que nunca se llevó a cabo. Las consecuencias están a la vista.
Todas estas entidades, que tienen sus fans y, desde luego, todos los parabienes mediáticos, matan lo que dicen amar por una única y exclusiva razón: viven de espaldas a la realidad, prescinden de esta realidad, se encierran en maximalismos inviables, son incapaces de las soluciones matizadas, no entienden y detestan el mercado, les trae al fresco este bien social que es la seguridad jurídica, satanizan al discrepante y, como ocurre con todos los maximalismos, acaban en un autoritarismo y en un intervencionismo que acaba de rematar la faena.
Su penitencia es ver el resultado desastroso de sus acciones –en el ámbito lingüístico, en el ámbito ecológico, en el ámbito monumental– y, en el mejor de los casos, la esquizofrenia que les lleva a violar sus propias normas y principios.
Es lo que le ocurre al Govern del Pacto de Izquierdas cuando canta la palinodia en Son Espases o cuando invade espacios rústicos para construir viviendas protegidas. Y lo que te rondaré morena, que esto no ha hecho más que empezar.
Creo que empieza a ser hora de que nos gobierne la inteligencia y no el ruido y la furia.