Los fines de semana el uso de Internet desciende considerablemente y la gente tiene más tiempo libre. Le gente busca pareja por Internet.
De estas premisas se deduce que ligar o no ligar no es un problema de tiempo. Y también que sólo pensamos en ligar cuando estamos en el trabajo.
Contra lo que podía parecer, los fines de semana con sus innumerables escenarios de la noche, bares, pubs, discotecas, etc., no nos proporcionan lo que buscamos. Sólo soñamos de lunes a viernes, y entonces rellenamos formularios en alguna página web solicitando «mujer asiática de no menos de 100 centímetros catalanoparlante y aficionada al puenting». Ellas piden a hombres misteriosos y sofisticados. La oficina insufla muchas fantasías. Luego llega el sábado y se nos pasan las ganas de buscar pareja. Sólo unos pocos se van a bailar a algún club de moda en un exceso de optimismo, por si algún ejemplar del sexo opuesto, sofisticado o aficionado al puenting, nos guiña un ojo en la pista de baile.
Estamos dispuestos a iniciar una nueva relación sólo en medio del tedio que nos impone una jornada laboral de doce horas. Justo cuando ante una eventual cita podemos recurrir al «esta tarde es imposible, tengo visita de Hacienda». Cuando nos sentimos atrapados, esclavizados. Ya libres, el viernes por la tarde, no nos acercamos al ordenador y preferimos seguir tan solos como el resto de la semana.
Nada de líos, ni siquiera por webcam.
La gran ventaja de Internet es que puedes buscar tu pareja ideal entre una multitud infinita de desconocidos. Y sin gastar saliva. Te sientes un don Juan, una mujer Bond, flirteando con más candidatos de los que tu memoria es capaz de almacenar. Tú lanzas tu perfil al ciberespacio , esperas que alguien lo lea en algún punto del planeta y te envíe un e-mail. Cuando nadie te escribe, te conviertes en un insecto microscópico. Luego te comparas con el currante somnoliento que eres, que deambula por la oficina y te consuelas. Pero si alguien te escribe, entonces te echas a temblar y piensas que puede ocurrirte lo mismo que a aquel amigo que se fue a Ucrania a ver a una mujer.
Volvió sin novia y sin ahorros. A eso llegas cuando has empezado a rebajar tu nivel de exigencia, y no te importa ya que la asiática no hable catalán ni que mida 98 centímetros ni que su afición preferida no sea el puenting sino el cultivo de bonsáis.
Las mujeres de Baleares, como las de todo el mundo, buscan a hombres misteriosos en Internet. O sea hombres virtuales, hechos del píxels, no de carne. La única carne de píxel real está en un título de Agustín Fernández Mallo, que acaba de ganar el Premio Ciudad de Burgos. Las baleares han renunciado a los hombres misteriosos del mundo real, porque casi todos son tipos incomprensibles, de los que dicen «odio los Rioja» o «El infierno es reconocer el daño que se ha hecho».