El biólogo Marc Torradas avisa de la llegada de especies invasoras en las profundidades azules del Vedrá. Semejante noticia, dada en los institutos pitiusos, nos hace saltar la imaginación como si estuviéramos a punto de escaparnos con Julio Verne a bordo del Saint Michel, circunnavegar el islote sagrado para todos los pueblos que han pasado por las Pitiusas y llegar hasta el faro del fin del mundo, el de La Mola, y brindar por el espíritu libre de Sissi, quien se citó en estos románticos parajes libres de cotillas turistas con el propio Verne y con su primo Luis Salvador de Austria.
Pero, ¿de qué especies invasoras se trata? ¿Son acaso aliens que adoptan la forma de vertiginosas rubias con proporciones de Praxíteles que te devoran en medio de la cópula una vez no has podido aguantar más? ¿Serán seres de otra época que han cruzado el túnel del tiempo, antiguos corsarios pitiusos asombrados de cómo han cambiado sus descendientes aburguesándose cómodamente en el sector servicios? ¿O tal vez nuevas especies genéticamente modificadas hasta el punto de saltarse todos los pasos de la teoría de la evolución?
Sea como fuere, a las especies nombradas no las han encontrado todavía. O no quieren decírnoslo. Lo que sí han hallado son unos invasores de nombres imposibles: Caulerpia racimosa, Lophadia lallemendi y Womersleyella setacea.
Semejantes nombres no tienen nada que ver con un nuevo racimo de uvas investigado por la espléndida bodega ecológica de Can Rich, ni con un nuevo lobo del círculo polar ártico, ni siquiera con un sabroso boletus que alegre nuestra cocina.
Son sencillamente unos invasores que se encuentran a sesenta metros de profundidad, donde la luz no llega y extraños animales de inquietantes formas pululan a sus anchas en esta nueva globalización de las especies que amenaza cambiar el ecosistema del planeta.
¿Y qué mejor lugar que el Vedrá para expandirse? De este islote azul me han asegurado que es una puerta dimensional capaz de transportarte a otros mundos, que es una base de omnis, que las brujas hacían aquelarres en donde hacían desaparecer a celosos cornudos, que Satanás tomaba la forma de un cabrón gigantesco y se despeñaba por los picachos que miran al cap Llentrisca, que la Virgen se aparece para inundar de bondad a los que llegan rendidos a sus costas…
Genios Loci, energía extraordinaria, tenebrosa belleza, azul diamantino, cabras despistadas, lagartijas únicas, celosas gaviotas…el Vedrá es un mundo en sí mismo que merece la pena saludar.
Recuerdo incluso como muchos de mis huesos sanaron -además de por la magnífica intervención de Julián Vilás-por tenderme al sol encima del Vedrá. Mi padre me llevaba todas las mañanas y me abandonaba por unas horas en esa soledad sonora donde una energía maravillosa te inunda y fortalece y sales rejuvenecido.
¡Ah si Ponce de León hubiera encontrado el Vedrá, no hubiera tenido que ir hasta la Florida para buscar la fuente de eterna juventud!