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  Viernes , 9 de noviembre de 2007. Actualizado a las 09:50
 

LA TELARAÑA
Ingravidez

JUAN PLANAS BENNÁSAR


Fragmentar la cultura es sólo indigencia. Hablo con Inés Matute –novelista mallorquina nacida en Bilbao– o con Antonio Rigo –poeta de aeropuertos y jueves líricos– y siento sana envidia del apoyo editorial que reciben ¡desde Canarias! A veces el mundo se ramifica como un árbol. Otro día les cuento los esfuerzos de algunas editoriales mallorquinas para sobrevivir a la segregación lingüística. Una odisea. Separarse de la realidad es tan fácil como desgajarse de ella. Unos acaban revolcándose en los salones aristocráticos del poder –allí la marginalidad pretende ser sinónimo de inconformismo y lo es, también, de decrepitud intelectual– y otros durmiendo al raso del Pasaje Antoni Torrandell, por citar un lugar céntrico donde, desde hace años y sin remedio municipal, la noche se convierte en terca reunión de carrilanos, sin más esperanza que alcanzar el alba y vencer la rutina. A unos y otros les iguala la indiferencia –sea por exceso o por defecto– ante los debates políticos sobre el estado –más gaseoso que sólido– de una nación que nadie conoce. ¿Cómo sentirse próximos a un colectivo de malversadores de palabras? ¿Cómo entenderle a Antich o a Estaràs su daltonismo verbal? ¿Cómo al Bloc su apego a los salones del lujo, si recién han salido de las aceras húmedas y las esquinas en penumbra y ya las han olvidado por completo? El paraíso es sólo un soborno pero su precio es siempre un exceso. Al menos si, como es de ley, lo pagan otros. Las Islas son un lugar de paso, que es como decir que son un lugar de encuentros, aunque sean efímeros e interesados. A Douglas, Schiffer, Nadal o Kournikova les ha llegado el relevo de Paco de Lucía, como nuevo icono de la realidad balear. Dado su actual parecido con David Carradine –el Pequeño Saltamontes– creo que nuestro simpático gobierno ha acertado. Nadie mejor que el autor de Entre dos aguas para simbolizar, sin palabra alguna, ni en catalán ni en castellano, el extraño lugar en que vivimos. La ingravidez más pura y dura.

 
   
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