Muñoz y sus compañeros, el comandante del avión, Agustín Rey y el auxiliar de vuelo, Daniel González, llevan ya once días retenidos en Chad acusados de ser cómplices de un presunto tráfico de menores. El menorquín permaneció ayer durante casi todo el día en los juzgados, incluso cuando sus compañeros eran interrogados porque, a pesar de todo, «es un lugar mucho más acogedor que la cárcel».
El copiloto menorquín prestó declaración durante varias horas. Llegó a las 10.20 horas con barba de tres días y su uniforme reglamentario. Llevaba la chaqueta a pesar del insoportable calor. Durante todos estos días de cautiverio no ha tenido oportunidad de cambiarse de ropa. A su llegada al Palacio de Justicia, los tres españoles no podían disimular su pesimismo aunque después, por la tarde, se les pudo ver más relajados y contentos. «Estoy bien de ánimo, pero cansado», confesó Sergio.
Muñoz estaba muy preocupado y dijo que todo era irregular. De hecho, ayer fue el primer día en el que pudo contar con la asistencia de un abogado. Su aspecto era bueno y saludable. El copiloto menorquín aprovechó la presencia de los periodistas españoles para enviar un mensaje de tranquilidad a su familia.
Interés por el Barça
Después de interesarse por las azafatas, Sergio Muñoz quiso saber los resultados de la liga de fútbol. El menorquín es del Barça y se alegró cuando supo, a través de los corresponsales, que su equipo había ganado el último partido disputado. El resultado se lo anotaron en una cartulina.
Los periodistas no tenían permiso de las autoridades para hablar con los presos. De hecho, los soldados que trasladaban a los detenidos hasta el Palacio de Justicia intentaron impedir por todos los medios que el piloto y el copiloto hablasen con la prensa española. A Sergio Muñoz llegaron incluso a taparle la boca con sus manos. Por su parte, el piloto, con una herida en la cara al parecer de un herpes y visiblemente hundido, sólo dijo que los soldados no les permitían hablar.
Sin embargo, los periodistas se las ingeniaron para acceder a ellos desde el patio interior del Palacio de Justicia. A través de una reja intercambiaron, a trompicones y durante segundos, algunas palabras con la tripulación de Girjet.
En la prisión, el copiloto menorquín comparte una celda de nueve metros cuadrados con el comandante del avión de Girjet, Agustín Rey y el auxiliar de vuelo Daniel González. Duermen sobre tres colchones que están en el suelo, soportando temperaturas que rozan los 45 grados centígrados a las que hay que sumar un nivel de humedad ambiental sofocante. Esta habitación tiene la puerta abierta y se halla en la zona donde están los presos comunes teóricamente poco peligrosos.
Los españoles comparten baño con los demás reclusos. Este servicio común es un pequeño cuartucho en el que hay un agujero que es a la vez retrete para hacer las necesidades (a la vista de todos) y ducha. Para lavarse tienen que recurrir a un chorro de agua que sale del techo. Cuando estaban las cuatro azafatas, que fueron liberadas el domingo, por deferencia hacia ellas la prisión accedió a colocar una sábana en el portal de los servicios.
A pesar de estas incomodidades y de la falta notoria de intimidad, reconocen que no están hacinados. Sin embargo, la falta de higiene es obvia: cucarachas y escarabajos gigantes se han adueñado del edifico y el hedor llega a marear. Las azafatas para poder respirar tenían que llevar mascarilla.
La cárcel es un bloque gigantesco rodeado de alambradas, una especie de Guantánamo africano con su propio corredor de la muerte. Allí la alimentación de los reclusos corre a cargo de las familias, por lo que siempre hay un ir y venir de mujeres que llevan alimentos a sus parientes.