Son las doce y media del domingo por la noche. O las 00.30 del lunes de madrugada. La Plaça de Pere Garau suele hervir a esas horas. La zona peatonal, junto al edificio del mercado, está llena de gente -normalmente inmigrantes norteafricanos y jóvenes latinos- que conversan en grupos. La inmensa mayoría es buena gente.
En la plaza hay varios bares y dos kebaberías que, por la noche se han convertido en un centro de encuentro, a la salida del cine Metropolitan, como lugar de cena improvisada antes de volver a casa. Junto a una de estas kebaberías hay un bar que trae locos a los vecinos y a la Policía. No hace falta decir su nombre.
En este bar pasaba un rato una joven. A la hora antes mencionada entró un tipo que la sacó a rastras del lugar. Habían sido pareja. Y del amor al odio, en estos tiempos, ya se sabe, hay poco. Fuera, el tipo la quiere hacer caer al suelo. Le traba las piernas y le hace la zancadilla.
Por fin llega la Policía, porque por fin alguien la ha llamado. Los funcionarios se dirigen al joven y lo detienen. Parte del ritual es lo de leerle sus derechos, pero también, antes de introducirlo en el coche patrulla para conducirlo a las dependencias policiales, es normal cachearlo. Y así lo hacen.
Del registro salen seis barritas de hachís de seis centímetros y un trozo cuadrado más pequeño. El joven lleva además 19 euros en metálico. La droga intervenida no es mucha, pero tampoco es la que normalmente se lleva para consumo propio. Como Mohamed no acredita oficio decente con el que se gane la vida, lo del «consumo propio» en esta ocasión, no vale.