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A CAPÓN
La maqueta de Calatrava
DAVID TORRES
Antes de que una coalición séxtuple lo desbancara del poder –como si le hubieran golpeado con un pack de latas de cerveza–, Matas soñó con erigir en la bahía de Palma un palacio de ópera de unas proporciones sólo comparables a su ego. Al llegar al cenit de su poder, el político siempre intenta dejar constancia de su paso por el mundo con una construcción que recuerde a las generaciones venideras la suerte que tuvieron de no haberlo padecido. Les ocurre a todos, desde aquel emperador mítico que comenzó la construcción de la Gran Muralla China, hasta Gallardón, que acaba de inaugurar en Madrid cuatro torres descomunales, tan feas que los niños, al verlas surgiendo entre la niebla contaminada, se echan a temblar pensando en las bandadas de orcos que cobijan. No les falta razón, desde luego.
Matas se fue antes de que pudiera conjurar el fantasma de aquel mecano infantil que no pudo rematar, pero como los sueños suelen pagarse a plazos, el primero nos costó a los mallorquines la friolera de 1,2 millones de euros. Un millón doscientos mil euros (lo escribo en letras, como los cheques bancarios, para dar una idea cabal de las dimensiones de la tontería) costó el capricho de ese Ludwig repeinado que ni siquiera tenía la excusa de un Wagner gorrón al que montarle un teatro en exclusiva. A cambio de tamaño despilfarro, los palmesanos tuvieron que conformarse con una maqueta en lugar de un Bayreuth donde sonaran eternamente Lohengrin, La Walkyria o Parsifal. Ah, pero es que la maqueta estaba firmada por Calatrava.
Partiendo de mi absoluta incapacidad para criticar la obra de un genio (aunque reconozco que tiene mérito hacer siempre el mismo puente y venderlo como si fuese nuevo), la verdad es que la cantidad de pasta me parece francamente desorbitada. Piénsenlo bien: un millón doscientos mil euros por una maqueta. Calatrava sería millonario sin necesidad de complicarse la vida con puentes ni rascacielos: le basta y le sobra con un Exin Castillos. Para el caso, lo mismo le daba haber levantado un castillo de arena con un cubo y una pala. El Govern ni siquiera tiene en su poder la maqueta del proyecto para exponerla en una sala a un euro la visita y así recuperar algo del dinero perdido. Es como si unos turistas borrachos hubieran deshecho el castillo de Calatrava a patadas.
Al menos, el dispendio ha servido para que Antoni Diéguez deje de tronar por la paellera perdida de Michael Douglas, que llevaba buscando hace tres años, y se dedique ahora a indagar el agujero negro de la maqueta de Calatrava. Al igual que la arquitectura efímera (desde las construcciones de hielo que se funden de un día para otro hasta muchas de las casas de Frank Lloyd Wright, que son muy bonitas pero se caen a cachos), la política contemporánea está llena de estas chorradas. Ni ópera ni colegio, pero lo que nos reímos.
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