En esa casa vive un señor y una señora. No son pareja. Él es el propietario de la casa. Ella sólo vive allí. Juan M. B. telefonea al dueño de la casa y le dice que le va a romper la cabeza a su compañera de piso por haberle dicho a su mujer (a la de Juan) que él (Juan) había estado tonteando con una amiga de ella (una amiga de la del piso).
Al llegar el dueño a su casa se la encuentra revuelta. De la habitación que ocupa la mujer falta además un reloj de marca valorado en 600 euros.
Pasadas las 12 de la noche de ese sábado el tal Juan llama al dueño de la casa. Este le dice que le ha denunciado por los destrozos que ha hecho -que él supone que ha hecho- en la casa. Se producen, siempre según el denunciante, amenazas de muerte del tal Juan. Aun así se vuelven a llamar. Quedan para verse.
Juan acude a la cita en la Plaza Teniente Coronel Franco. El dueño de la casa también. Y también acude una dotación del Cuerpo Nacional de Policía, que lo detiene por los presuntos delitos de robo con fuerza y amenazas en domicilio. Y todo por unas murmuraciones.