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LA MIRADA
La deriva de la OCB
ANTONIO ALEMANY
Fui temprano socio de la Obra Cultural Balear, creo que cuando Climent Garau era su presidente. Era una entidad integrada –basta ver nombres y fotografías de la época– por gentes benpensants, algunos benestans, ainascohens y demás fauna de lletraferits, correctos, bienhablados y, desde luego, educados. Me di de baja cuando comprobé su deriva catalanista y no sólo en el plano cultural.
A la OCB le ha pasado un poco como al GOB: empezaron como sociedades eminentemente culturales –preciosos los reportajes que publicaban los ecolós en el DM– y se transformaron en puros militantes del agit-prop. Su labor de concienciación social a través de la cultura –ecologista o literaria– era eficaz por ósmosis. Las cosas cambiaron cuando derivaron hacia el activismo político puro y duro. Mir y el abogado Matías Oliver protagonizaron el salto cualitativo de una OCB que era «cultural» a una OCB, cuya «C» significaba «catalanista», encima generosamente financiada en buena parte por dineros catalanes y catalanistas.
Últimamente, se ha producido una nueva deriva que hace irreconocible a la primigenia entidad: se ha «pesemizado» con todo lo que ello supone de virulencia, malos modos y radicalismo.
Aquellos educados burgueses fundacionales han sido sustituidos por personajes como este sujeto atrabiliario y gritón que irrumpe maleducadamente a voces las sesiones parlamentarias en espectáculo inédito en lo que llevamos de autonomía. Lo más deprimente es que, a buena parte de los interrumpidos, les parece bien. Empezando por la presidenta de la Cámara.
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