El pasado viernes y con la presencia de
Carlos Martínez Gorriarán, uno de
los ideólogos del nuevo partido de Rosa
Díez, se puso la primera piedra para
implantar Unión Progreso y Democracia (UPD)
en las Islas. El reto: concurrir en las
elecciones generales de marzo. Tres son los
rasgos más rompedores del nuevo partido: su
transversalidad ideológica, su apuesta por
la regeneración democrática y su carácter
nacional. Por primera vez, un partido
aborda algunos de los grandes problemas
estructurales de la política española. Que
no es poco.
Transversalidad. UPD se
constituye como un partido de mínimos, no
de máximos, un lugar de encuentro donde
puedan confluir tanto socialdemócratas como
aquellos más afines a la derecha liberal
que compartan una serie de fines y
principios básicos. UPD aspira por tanto a
la centralidad y a la
transversalidad ideológica, de ahí
que no se defina ni de izquierdas ni de
centro ni de derechas, etiquetas que
consideran superadas y que ahora mismo,
ante la situación de emergencia nacional
provocada por la ofensiva nacionalista,
tendrían en todo caso una importancia
secundaria. UPD renuncia por tanto a
representar una cosmovisión absoluta del
mundo a la usanza de los partidos
tradicionales que parecen tener la
obligación de dar respuesta a cualquier
cuestión que se plantee. Al margen de estos
mínimos, UPD tolerará voces discrepantes en
su seno en otras cuestiones secundarias sin
menoscabo de que a medida que surjan en el
debate político se vaya pronunciando, no
desde las típicas ataduras ideológicos,
sino con amplitud de miras y abordando los
temas desde todos los ángulos. Una forma de
representar a los ciudadanos muy distinta
de la actual donde los «partidos piensan
por el ciudadano».
Un partido
nacional. UPD nace con vocación de partido
nacional y no como una suma de partidos
regionales que es en realidad en lo que han
terminado derivando tanto el PSOE como
últimamente también el Partido Popular.
«Una nación de ciudadanos libres e iguales»
(www.upyd.es) es la respuesta a la
centrifugación de los dos grandes partidos
nacionales que, como es público y notorio,
obedecen más a los intereses de sus barones
autonómicos que al bien común de los
españoles y que han asumido la
descentralización como un principio
de acción política irrenunciable,
alimentando la elefantiasis de la
Administración convertida en pesebre de los
que aspiran a vivir de la política. UPD
propondrá blindar constitucionalmente las
competencias del Estado para no ponerlas en
almoneda como ha sucedido con las recientes
reformas estatutarias. Propondrá incluso
devolver competencias al Estado como la
educación con el fin de que exista un solo
sistema educativo y no 18 sistemas
educativos autonómicos diferentes. ¿Qué
hizo el PP durante sus ocho años de
gobierno desde la Moncloa y qué han
hecho Fiol y Matas para
intentar revertir la grave situación de la
enseñanza pública que no pase por aceptar
acríticamente los objetivos y técnicas
psicopedagógicas de la izquierda y volcar
ingentes recursos públicos? Se trata por
tanto de aportar racionalidad y sentido
común al Estado enfrentándose si es
necesario -y lo es- a las desenfrenadas
ansias confederales de los barones
autonómicos. Otra propuesta interesante es
la de igualar la financiación de todas las
autonomías, quitando los privilegios
fiscales que la Constitución reconoce a
navarros y vascos.
Regeneración
democrática. Dada la valía y la probidad de
sus líderes, me cuesta creer que funden un
nuevo partido para reproducir los mismos
vicios de la actual casta política aunque
habrá que ver: no es lo mismo predicar que
dar trigo. De hecho, si la democracia
española es de mala calidad se debe en gran
parte a los actuales partidos políticos y a
una opinión pública que tolera todos sus
desmanes, desde la politización de
cualquier actividad a la intromisión
omnímoda del poder, sin que exista ni por
asomo una auténtica división de poderes
donde funcionen los check and
balances democráticos. Además de
reforzar la división de poderes, UPD
propone cambiar el sistema electoral para
evitar la hiperrepresentación de los
nacionalistas que les permite convertirse
en bisagras ocupando el lugar que debería
corresponder a otros partidos de carácter
nacional. El PP y el PSOE, tampoco los
nacionalistas al concentrar su voto, no
tienen ningún interés en tocar el sistema
electoral porque son sus grandes
beneficiarios. En tercer lugar, UPD propone
cambiar la ley de financiación de partidos
para así hacerlos menos dependientes de la
corrupción y de agentes encubiertos. En
cuarto lugar, UPD plantea una reforma
institucional para esclarecer algunos
aspectos como su título octavo, una vía de
agua por donde las reformas estatutarias
han sacado petróleo a la hora de vaciar de
competencias al Estado.
La aparición
de este nuevo partido ha provocado
nerviosismo entre socialistas y
populares. No se trata de un partido
de «progres» -Mayor Oreja dixit- ni
tampoco de un partido acoquinado como el PP
sin legitimidad para plantear cuestiones
esenciales sin que se les tilde de
«franquistas», una descalificación que
atenaza a los populares. Al provenir
de la izquierda, ni Díez, ni
Savater, ni Buesa tienen los
complejos que pueda tener un Rajoy,
una Estaràs o un Gallardón. A
los que repiten hasta la saciedad que UPD
es «innecesario» porque «defiende lo mismo»
que el PP, habrá que recordarle que nada
tiene que ver el ala más cobardona del PP
capitaneada hasta ahora por los Gallardón,
Matas, Piqué, Núñez-Feijoó,
Sanz ó Arenas con el PP
auténtico que podrían representar
Vidal-Quadras, Aguirre o
Aznar. No son desgraciadamente estos
últimos los que dirigen al PP. Cuando
Vidal-Quadras exige al PP que no negocie
con ningún partido nacionalista después de
las elecciones es que alberga un razonable
temor a que así sea. En política el único
discurso que vale es el de los hechos y los
hechos, sobre todo entre algunos líderes
autonómicos del PP, han probado nuestro
error de caer en el chantaje del mal menor
al que continuamente ha estado jugando el
PP. Es una falacia creer que el PP
representa a la derecha natural o a los
liberal-conservadores tras observar las
políticas progres, socialdemócratas,
catalanistas, reglamentaristas, de
despilfarro en el gasto o de incontinencia
en el endeudamiento del último Govern del
PP balear. Si este PP va a representar a
los liberal-conservadores, apaga y
vámonos.