Empecemos con unas risas aunque sea por
no llorar. Josep Lluís Carod-Rovira
-no José Luis, ni aquí ni en la China, que
este hombre no usa de continuo una corona
de espinas, pero sí la gomina del
victimismo como complemento del distinguido
guión entre sus posibles apellidos- está de
gira por provincias. Si el otro día anduvo
por televisión española aturdiendo al
personal vallisoletano con la liturgia
fascista del catalán obligatorio, diferente
y universal, para el que todos somos turcos
en Alemania, ahora se viene a Palma a
revisar la formación pretoriana de sus
huestes de ultramar, esa Obra Cultural
Balear -La Obra- que tanto y tan bien
subvenciona y tanto y tan bien intenta
adoctrinarnos. No les falta presupuesto ni
ardor miliciano ni desvergüenza. Y así nos
va y les va. Ambas cosas.
Pero hoy
quería escribir algo en serio y ya ven cómo
me columpio sin remisión. Será que me
arrastran los tornados y la alerta naranja
de Jansà -tan insuficiente de medios
como de excusas- no logra intimidarme. Será
que estas tempestades son sólo un entremés
de lo que se acerca. Nada menos que Al
Gore en persona, ese director de
«cinema verité» -la realidad es siempre
catastrófica- con su flamante Nobel de la
Paz en la perchera. Parece que ya nadie
sabe qué significa la palabra paz. Yo
tampoco.
Lo imprescindible es
aprender a contenerse y a no entrar al
trapo de todo lo que se mueve. Cirer
debiera tomar nota. ¿De qué sirve pedir la
dimisión de Grosske si aquí nadie
dimite ni aunque se lo exijan las propias
bases o más aún, la Internacional en pleno
de Castro con el apoyo taimado de
Llamazares? Hasta Bargalló
sabe amagar un berrinche para salir
reforzado. Y si ahora fue Son Espases igual
mañana es otro solar etéreo del paraíso el
escenario del ridículo. O de la traición,
según los maulets. Lo principal es la
silla. Sin ella, cómo creen que podría
escribir estas líneas. ¿De pié? Imposible.
Claro que mi silla no tiene haberes ni
dietas de lustre y eso se nota. Vaya si se
nota.