Soy de los que creen en la libertad
individual, en la iniciativa privada, en el
libre mercado, pero también en que una
superestructura, un estado, ha de ejercer
ciertos controles para proteger a los
ciudadanos de posibles
atropellos.
Por ejemplo Hugo
Chávez, criticado en estas mismas
páginas por Agustín Fernández Mallo
porque ha impuesto en Venezuela un
régimen dictatorial de control de
costumbres como comprar tabaco, ha ejercido
hace unos días una labor necesaria,
valiente, en defensa de los derechos
humanos de su pueblo. Chávez podrá ser un
payaso, como me dijo Carlos Fuentes,
un loco, pero acaba de demostrar una
clarividencia y unas agallas dignas de
elogio. Ha echado a un tipo que más que
interpretar música la perpetra:
Alejandro Sanz. Dicen que Chávez a
querido boicotear al ¿cantante? español
porque el nene se ha mostrado crítico con
su república bananera. Puede ser. Pero
puede ser también, y simplemente, que
Chávez, con ese sexto sentido que tiene un
timador para reconocer a otro, haya
escuchado algún disco de Sanz y haya dicho
que nanai, que eso no es cantar o que en
todo caso lo que canta Alejandro Sanz lo
canta mejor cualquier sobaco.
La
lástima es que en Mallorca no dispongamos
de un defensor del pueblo con el criterio
suficiente para librarnos de algunos
disgustos. Ahora en Palma se ha nombrado
a Miquel Lladó Defensor de la
Ciudadanía. Una responsabilidad semejante
no consiste en satisfacer quejas del
usuario, sino en prevenir graves daños,
secuelas tras el paso por nuestras vidas de
ciertas presuntas contribuciones al arte.
Lladó debería evitar, por ejemplo, que
Bunbury actuase en unas fiestas de
San Sebastián, aparte del cantante
afónico Alejandro Sanz. El intervencionismo
de la administración no sólo debería
ejercerse para desacelerar la actividad de
las inmobiliarias. También para velar por
nuestra alma.
Todo esto lo digo a
modo de introducción para condenar un
ataque inaudito a nuestra identidad
colectiva, un hachazo en todo el corazón de
la isla: el cambio del envase de las
galletas Quely. Es el ejemplo perfecto.
Unos fabricantes hace la tira de años
consiguieron ganarse la vida vendiendo
galletas. Vale. Durante décadas las
envasaron en unas bolsas rojas, las
pequeñas, verdes las grandes, cerradas con
una gomita. Bien. Nos formatearon el
cerebro asociando ese envoltorio al
sustento alrededor del cual gira nuestra
vida y nuestra identidad como país. La
bolsa de las Quelitas ya no es un accesorio
sometido a los caprichos de un empresario.
Renovar ese envase es una herejía
comparable a quemar una foto de la
Balanguera, archivar el uso del mallorquín
o urbanizar la Serra de
Tramuntana.
Entiendo que nos lo
tragamos todo, desde el amianto de Can
Valero a la impunidad de Maria Antònia
Munar, la mujer del boxeador. Entiendo,
aunque mal, que los mallorquines no sitien
la vivienda de Barbie para exigir su
ingreso en prisión. Pero que no nos
movilicemos por la jubilación de las
sagradas bolsas de Quely, es
inexplicable.