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  Martes, 16 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:49
 

EN VENA
Herejía

ROMÁN PIÑA VALLS



Soy de los que creen en la libertad individual, en la iniciativa privada, en el libre mercado, pero también en que una superestructura, un estado, ha de ejercer ciertos controles para proteger a los ciudadanos de posibles atropellos.

Por ejemplo Hugo Chávez, criticado en estas mismas páginas por Agustín Fernández Mallo porque ha impuesto en Venezuela un régimen dictatorial de control de costumbres como comprar tabaco, ha ejercido hace unos días una labor necesaria, valiente, en defensa de los derechos humanos de su pueblo. Chávez podrá ser un payaso, como me dijo Carlos Fuentes, un loco, pero acaba de demostrar una clarividencia y unas agallas dignas de elogio. Ha echado a un tipo que más que interpretar música la perpetra: Alejandro Sanz. Dicen que Chávez a querido boicotear al ¿cantante? español porque el nene se ha mostrado crítico con su república bananera. Puede ser. Pero puede ser también, y simplemente, que Chávez, con ese sexto sentido que tiene un timador para reconocer a otro, haya escuchado algún disco de Sanz y haya dicho que nanai, que eso no es cantar o que en todo caso lo que canta Alejandro Sanz lo canta mejor cualquier sobaco.

La lástima es que en Mallorca no dispongamos de un defensor del pueblo con el criterio suficiente para librarnos de algunos disgustos. Ahora en Palma se ha nombrado a Miquel Lladó Defensor de la Ciudadanía. Una responsabilidad semejante no consiste en satisfacer quejas del usuario, sino en prevenir graves daños, secuelas tras el paso por nuestras vidas de ciertas presuntas contribuciones al arte. Lladó debería evitar, por ejemplo, que Bunbury actuase en unas fiestas de San Sebastián, aparte del cantante afónico Alejandro Sanz. El intervencionismo de la administración no sólo debería ejercerse para desacelerar la actividad de las inmobiliarias. También para velar por nuestra alma.

Todo esto lo digo a modo de introducción para condenar un ataque inaudito a nuestra identidad colectiva, un hachazo en todo el corazón de la isla: el cambio del envase de las galletas Quely. Es el ejemplo perfecto. Unos fabricantes hace la tira de años consiguieron ganarse la vida vendiendo galletas. Vale. Durante décadas las envasaron en unas bolsas rojas, las pequeñas, verdes las grandes, cerradas con una gomita. Bien. Nos formatearon el cerebro asociando ese envoltorio al sustento alrededor del cual gira nuestra vida y nuestra identidad como país. La bolsa de las Quelitas ya no es un accesorio sometido a los caprichos de un empresario. Renovar ese envase es una herejía comparable a quemar una foto de la Balanguera, archivar el uso del mallorquín o urbanizar la Serra de Tramuntana.

Entiendo que nos lo tragamos todo, desde el amianto de Can Valero a la impunidad de Maria Antònia Munar, la mujer del boxeador. Entiendo, aunque mal, que los mallorquines no sitien la vivienda de Barbie para exigir su ingreso en prisión. Pero que no nos movilicemos por la jubilación de las sagradas bolsas de Quely, es inexplicable.

 
   
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