l balance de los primeros cien días de
todo gobierno, acreditado por la costumbre,
sirve para conjeturar, en base a los
primeros gestos del que no es arrojado,
sino que se arroja a los mandos de la nave,
el rumbo y el destino final del
trayecto.
La ominosa herencia de una
derecha hiperactiva, escasamente liberal,
sordomuda ante la corrupción generada por
una urbanización descontrolada, autista
ante cualquier reflexión estratégica del
futuro de esta comunidad, atenta
exclusivamente a los beneficios de la
ocupación de un poder que les permita
reproducirse indefinidamente, ha paralizado
por sobredosis de trascendencia al nuevo y
complejo gobierno.
Temas
problemáticos en su génesis y desarrollo,
como el hospital de Son Espases y el Metro,
han cogido con el pié cambiado a una
izquierda que confiaba en el dolce far
niente de la oposición a la que se
creía destinada.
La necesaria
reconversión de la izquierda, desde la
filosofía reactiva a la derecha, que la
condujo anteriormente a una política de
resistencia ciega a los cambios
sociológicos y demográficos de las islas,
es decir a la inacción que es la derrota,
impone, para satisfacer al insaciable deseo
de durar, la asunción de la inevitable
adecuación de infraestructuras de
transporte y equipamientos sanitarios que
nos alejan del bucolismo agropecuario
nacionalista. Se impone el abandono de la
resistencia como posible baza, para asumir
un posibilismo que pueda acomodar la deriva
económica y social a unas pautas de
racionalidad y escala propias de nuestra
realidad geográfica.
Si decir no a la
ópera, aun con el inevitable costo del
millón de euros provocado por el manirroto
y megalómano Matas, ha sido sencillo, la
decisión de continuar con las obras del
hospital en Son Espases ha supuesto un duro
trágala para el nuevo gobierno, precedido
de un rosario de gestos y paripés
destinados a hacer más digerible la
decisión, con los típicos globo sondas y
demás enredos de comunicación. La parte más
guardiana de las esencias, el Bloc, a pesar
de los últimos movimientos auspiciados por
Armengol, ya tenía descontada la decisión,
por la que -no hay mal que por bien no
venga-, incluso aspira a una recomposición
electoral en el seno de la izquierda en las
próximas elecciones generales.
Una
penosa aceptación, incluso con algún gesto
de jactancia del conseller de Economía, de
la humillante inversión del Estado
contemplada en los presupuestos generales,
desmiente el aserto de que con gobiernos de
color coincidente en Madrid y Palma se
enjuagaría el déficit en
infraestructuras.
Se transmite la
impresión de un gobierno de escaso peso,
por no decir nulo, en la capital del Estado
y de una constante agitación política por
su propia conformación. Es empeño imposible
concordar la política antisistema de algún
socio gubernamental con la del presidente
del Govern. A no ser que se propugne, de
forma suicida, la gestión para el PSOE y la
política para ERC.
La improvisación
del PP continuará con Antich si se
pretenden objetivos contradictorios. Son
Espases, como opción urbanística, trastoca
la planificación de transportes defendida
por quienes objetaban desde la oposición la
ubicación del hospital. Habrá que elegir
entre hacer un buñuelo colosal o la
congruencia que supone desarrollar la
política con razón denostada.
Si los
gestos simbolizan la naturaleza de la
política, en cien días como espadas hemos
visto la sumisión de un Antich abrazado al
patrón de los hoteleros, la mentira de las
promesas electorales, y la obscena
expresión de dolor, a falta de preparación
y rigor, con la que se quieren congraciar
con los defraudados.
Aun así, mejor
100 días de esta levedad política que los
previos 1.500 de sus predecesores, que nos
hundieron.