omo ha explicado Antonio Alemany, los
famosos «cien días» de gobierno se remontan
al ambicioso programa económico y social
que el presidente estadounidense, F.D.
Roosevelt, lanzó en 1933 para superar la
Gran Depresión económica en la que estaba
sumido su país. En cien días fulgurantes y
frenéticos, se sentaron las bases de lo que
sería conocido como el New
Deal.
Los «cien días» fueron
originariamente no tanto un período de
cortesía que los adversarios conceden a los
nuevos gobernantes, sino un periodo en el
que, a modo de anticipo, se ponen los
cimientos de lo que será toda la
legislatura. Si de verdad un nuevo gobierno
salido de las urnas pretende cambiar el
statu quo e implantar un cierto orden
nuevo dentro de lo que cabe, el primer
semestre de la acción del gobierno es
primordial. Todo lo que no empiece a
aprobarse y a ejecutarse durante este
intervalo, aprovechando que sus adversarios
no se han recompuesto del varapalo
electoral, hallará multitud de obstáculos
que dificultarán enormemente cualquier
cambio de cierta importancia. Es lo que
Milton Friedman definió como la «tiranía
del statu quo». Más allá de este primer
año, el statu quo, la inercia de lo
establecido, se termina imponiendo.
Ni de lejos se parecen estos cien
días de Antich a los eléctricos cien días
roosveltianos, tampoco a un Sarkozy que ha
entrado confesando que a él no le
interesaba durar mucho sino «hacer mucho en
poco tiempo» ni tampoco al trepidante
inicio del Govern Matas de 2003 que
anticipó lo que sería una magnífica
legislatura. El mismo Antich lo ha
reconocido. Hasta ahora sólo se ha dedicado
a solucionar los «problemas» derivados de
la herencia de Matas.
Las
comparaciones son inevitables. En 2003 el
PP gana las elecciones y desde el primer
día se pone manos a la obra a un ritmo
vertiginoso -la llamada legislatura de las
'realizaciones'- gracias a dos factores
determinantes: sabían qué hacer en todo
momento al haberse trabajado a conciencia
un excelente programa electoral y el nivel
profesional de los tecnócratas y los
gestores del PP sigue estando a años luz de
una izquierda que en conjunto sólo puede
aspirar a formar -como dice mi madre en una
expresión genuina- un Govern de
talladures.
En efecto, las
palabras de Carles Manera asumiendo que se
había renunciado a 100 millones de euros de
inversión estatal porque «no había
proyectos» en la despensa quintaesencia a
las claras la inanidad, la incompetencia y
la flojera de un Govern que todavía no sabe
qué hacer con el poder y que sigue
obsesionado en liquidar cualquier legado
que provenga del Partido Popular. Nunca
fueron más acertadas las palabras de Josep
Pla cuando se lamentaba de que «en España
un gobernante no es más que un opositor
triunfante que aplica y realiza sus ideas
de oposición». Una mentalidad dominante
entre nuestra izquierda, incapaz de
gobernar «a favor de» alguna cosa sino
siempre «contra» alguna cosa y cuyo
objetivo no es integrar, sino diferenciar y
excluir.
Los ejemplos están en mente
de todos. Un consejero de Movilidad que
cierra el metro sine die, una consejera de
Educación cuyo proyecto estrella consiste
en engañar a los padres, un consejero de
Economía que mientras va escudriñando con
lupa la deuda heredada desaprovecha el arma
de un nuevo estatuto para reclamar una
inversión equivalente a andaluces y
catalanes, una inédita Leciñena que se
estrenó afirmando lo difícil que era crear
en cuatro años una policía autonómica y que
no sabe ni se le encuentra ni antes ni
después del jueves negro, o un Thomàs que
ha salido trasquilado de Son Espases
pensando tomar el pelo a los antihospital
con cortinas de humo.
Si los cien
días, como dice el maestro Alemany, marcan
de forma indeleble la futura acción de un
gobierno, pueden imaginarse el futuro que
nos espera.