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  Jueves, 11 de octubre de 2007 Actualizado a las 01:03
 

100 DÍAS DE ANTICH - Las opiniones
Antich no es Roosevelt ni tampoco Sarkozy

JOAN FONT ROSELLÓ



omo ha explicado Antonio Alemany, los famosos «cien días» de gobierno se remontan al ambicioso programa económico y social que el presidente estadounidense, F.D. Roosevelt, lanzó en 1933 para superar la Gran Depresión económica en la que estaba sumido su país. En cien días fulgurantes y frenéticos, se sentaron las bases de lo que sería conocido como el New Deal.

Los «cien días» fueron originariamente no tanto un período de cortesía que los adversarios conceden a los nuevos gobernantes, sino un periodo en el que, a modo de anticipo, se ponen los cimientos de lo que será toda la legislatura. Si de verdad un nuevo gobierno salido de las urnas pretende cambiar el statu quo e implantar un cierto orden nuevo dentro de lo que cabe, el primer semestre de la acción del gobierno es primordial. Todo lo que no empiece a aprobarse y a ejecutarse durante este intervalo, aprovechando que sus adversarios no se han recompuesto del varapalo electoral, hallará multitud de obstáculos que dificultarán enormemente cualquier cambio de cierta importancia. Es lo que Milton Friedman definió como la «tiranía del statu quo». Más allá de este primer año, el statu quo, la inercia de lo establecido, se termina imponiendo.

Ni de lejos se parecen estos cien días de Antich a los eléctricos cien días roosveltianos, tampoco a un Sarkozy que ha entrado confesando que a él no le interesaba durar mucho sino «hacer mucho en poco tiempo» ni tampoco al trepidante inicio del Govern Matas de 2003 que anticipó lo que sería una magnífica legislatura. El mismo Antich lo ha reconocido. Hasta ahora sólo se ha dedicado a solucionar los «problemas» derivados de la herencia de Matas.

Las comparaciones son inevitables. En 2003 el PP gana las elecciones y desde el primer día se pone manos a la obra a un ritmo vertiginoso -la llamada legislatura de las 'realizaciones'- gracias a dos factores determinantes: sabían qué hacer en todo momento al haberse trabajado a conciencia un excelente programa electoral y el nivel profesional de los tecnócratas y los gestores del PP sigue estando a años luz de una izquierda que en conjunto sólo puede aspirar a formar -como dice mi madre en una expresión genuina- un Govern de talladures.

En efecto, las palabras de Carles Manera asumiendo que se había renunciado a 100 millones de euros de inversión estatal porque «no había proyectos» en la despensa quintaesencia a las claras la inanidad, la incompetencia y la flojera de un Govern que todavía no sabe qué hacer con el poder y que sigue obsesionado en liquidar cualquier legado que provenga del Partido Popular. Nunca fueron más acertadas las palabras de Josep Pla cuando se lamentaba de que «en España un gobernante no es más que un opositor triunfante que aplica y realiza sus ideas de oposición». Una mentalidad dominante entre nuestra izquierda, incapaz de gobernar «a favor de» alguna cosa sino siempre «contra» alguna cosa y cuyo objetivo no es integrar, sino diferenciar y excluir.

Los ejemplos están en mente de todos. Un consejero de Movilidad que cierra el metro sine die, una consejera de Educación cuyo proyecto estrella consiste en engañar a los padres, un consejero de Economía que mientras va escudriñando con lupa la deuda heredada desaprovecha el arma de un nuevo estatuto para reclamar una inversión equivalente a andaluces y catalanes, una inédita Leciñena que se estrenó afirmando lo difícil que era crear en cuatro años una policía autonómica y que no sabe ni se le encuentra ni antes ni después del jueves negro, o un Thomàs que ha salido trasquilado de Son Espases pensando tomar el pelo a los antihospital con cortinas de humo.

Si los cien días, como dice el maestro Alemany, marcan de forma indeleble la futura acción de un gobierno, pueden imaginarse el futuro que nos espera.

 
   
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