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  Martes, 9 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:25
 

EN VENA
El pezón de Wesselmann

ROMÁN PIÑA VALLS



No se trata de comentar ningún pezón, ni el derecho ni el izquierdo, del famoso pintor de Cincinnati (Ohio) Tom Wesselmann. Se trata de hablar de los pezones que él pintaba. Se trata de recordar que hace diez días, uno arriba o abajo, se cerró en el aeropuerto de Palma la primera edición de la sección mallorquina de Art Cologne, un logro que según los iniciados debemos a Pep Pinya.

Si usted es de los que no pasó por allí durante los cuatro días de la muestra, déjeme decirle que de haberlo hecho se hubiese quedado acojonado. Yo no tuve más remedio que verlo todo en media hora. Iba con el tiempo justo y encima no abrían la exposición hasta las 13.00 h. Me tuve que entretener en la zona de llegadas, donde media hora me bastó para catar el nivel de profesionalidad de los trabajadores de nuestra hostelería de primera línea: lamentable. El bar más espacioso de la zona era atendido por una camarera con cara de perro a la que estuve a punto de pedir un sándwich. Su incapacidad para atender a dos clientes a la vez en diez largos minutos y ver a tiempo la maña que se daba quemando el pan Bimbo en la plancha, me permitieron escabullirme. Siempre es duro decirle a alguien que no sirve ni para hacer un sándwich. Me acerqué a otro bar más pequeño, donde una señora más curtida atendió por señas a una turista inglesa, que quería que le calentara agua para un biberón. Amabilidad no le faltaba a la camarera. Hizo su trabajo y en su garito hasta tenía tazas de porcelana, un lujo en estos tiempos de usar y tirar. El Pacto de Progreso con su cuota verde podría hacer algo al respecto, y del mismo modo que impone tasas de incineradora de escándalo, o monolingüismo en IB3, podría prohibir los vasitos de papel. La gente amante de las tradiciones y nostálgica de otros tiempos menos contaminados, tranquilos y autosuficientes, tipos como yo o como Toni Roig, el barbudo de Al Mayurqa que nos ha dejado, se lo aplaudiríamos.

Entré en la feria de Art Cologne y soporté un bombardeo de genialidad, belleza y tecnología punta que me noqueó. Fue una ocasión de lujo para contemplar de una tacada una colección de maravillas de artistas clásicos y de última hornada. Con las prisas no pude tomar nota ni mendigar un catálogo, pero ver a Amparo Sard vestida de novia absorbiendo abejorros por un tubo, o las obras de Wesselmann, bien valía un viaje a Son Sant Joan. Rechazo la acusación de obseso sexual. Como dijo Bill Murray en su papel de Bob, «no soy yo quien pinta esas guarradas». Tampoco es una guarrada lo que pintó Wesselmann: un pecho de Wesselmann es una obra de repostería. Se autorretrató al fondo del lugar más hermoso de la tierra, el triángulo de la axila, el regazo y el pecho de una mujer.

 
   
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