No se trata de comentar ningún pezón, ni
el derecho ni el izquierdo, del famoso
pintor de Cincinnati (Ohio) Tom
Wesselmann. Se trata de hablar de los
pezones que él pintaba. Se trata de
recordar que hace diez días, uno arriba o
abajo, se cerró en el aeropuerto de Palma
la primera edición de la sección
mallorquina de Art Cologne, un logro que
según los iniciados debemos a Pep
Pinya.
Si usted es de los que no
pasó por allí durante los cuatro días de la
muestra, déjeme decirle que de haberlo
hecho se hubiese quedado acojonado. Yo no
tuve más remedio que verlo todo en media
hora. Iba con el tiempo justo y encima no
abrían la exposición hasta las 13.00 h. Me
tuve que entretener en la zona de llegadas,
donde media hora me bastó para catar el
nivel de profesionalidad de los
trabajadores de nuestra hostelería de
primera línea: lamentable. El bar más
espacioso de la zona era atendido por una
camarera con cara de perro a la que estuve
a punto de pedir un sándwich. Su
incapacidad para atender a dos clientes a
la vez en diez largos minutos y ver a
tiempo la maña que se daba quemando el pan
Bimbo en la plancha, me permitieron
escabullirme. Siempre es duro decirle a
alguien que no sirve ni para hacer un
sándwich. Me acerqué a otro bar más
pequeño, donde una señora más curtida
atendió por señas a una turista inglesa,
que quería que le calentara agua para un
biberón. Amabilidad no le faltaba a la
camarera. Hizo su trabajo y en su garito
hasta tenía tazas de porcelana, un lujo en
estos tiempos de usar y tirar. El Pacto de
Progreso con su cuota verde podría hacer
algo al respecto, y del mismo modo que
impone tasas de incineradora de escándalo,
o monolingüismo en IB3, podría prohibir los
vasitos de papel. La gente amante de las
tradiciones y nostálgica de otros tiempos
menos contaminados, tranquilos y
autosuficientes, tipos como yo o como
Toni Roig, el barbudo de Al Mayurqa
que nos ha dejado, se lo
aplaudiríamos.
Entré en la feria de
Art Cologne y soporté un bombardeo de
genialidad, belleza y tecnología punta que
me noqueó. Fue una ocasión de lujo para
contemplar de una tacada una colección de
maravillas de artistas clásicos y de última
hornada. Con las prisas no pude tomar nota
ni mendigar un catálogo, pero ver a
Amparo Sard vestida de novia
absorbiendo abejorros por un tubo, o las
obras de Wesselmann, bien valía un viaje a
Son Sant Joan. Rechazo la acusación de
obseso sexual. Como dijo Bill Murray
en su papel de Bob, «no soy yo quien pinta
esas guarradas». Tampoco es una guarrada lo
que pintó Wesselmann: un pecho de
Wesselmann es una obra de repostería. Se
autorretrató al fondo del lugar más hermoso
de la tierra, el triángulo de la axila, el
regazo y el pecho de una mujer.