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  Martes, 9 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:25
 

EL APUNTE
Los sofismas de Manera y Araujo

JOAN FONT ROSSELLÓ


Los hechos son de sobra conocidos. Según el proyecto de los Presupuestos Generales del Estado para 2008, la inversión regionalizable per cápita en Baleares -281 euros- se sitúa a la mitad de la media de inversión en las 15 autonomías de régimen común (todas menos Navarra y el País Vasco), media situada en 546 euros per cápita. Números que incumplen la disposición transitoria novena del nuevo estatuto balear aprobado por el Congreso de Diputados en febrero. Pese al incremento respecto a 2007 -cuando la inversión fue de 217 euros per cápita- continuamos en la cola en inversión y a considerable distancia del penúltimo. Es más, de haber aplicado los criterios de catalanes y andaluces -PIB regional y población, casualmente los criterios que más les favorecen- nos habrían tocado 618 y 544 euros de inversión por habitante.

Sin embargo, el consejero de Economía, Carles Manera, insiste en afirmar que Solbes sí ha cumplido con la disposición estatutaria. ¿Cómo es posible? Tras aseverar que estos números no son «comparables», Manera arguye que el criterio para poder compararlos consiste en descontar en el resto de autonomías todas las inversiones en carreteras y tren -que casualmente son las más importantes- al tiempo que no las descuenta a Baleares -incluye los convenios de carreteras-. Manera lo llama «inversión homogeneizada». De este modo la inversión media per cápita de las quince autonomías baja de los 546 euros a que nos referíamos antes a menos de la mitad, 257 euros, menos que nuestros 281 euros. Conclusión: Zapatero sí habría cumplido el mandato estatutario.

La famosa disposición estatutaria reza lo siguiente: «la inversió de l'Estat s'establirà atenent la inversió mitjana per càpita realitzada a les comunitats autònomes de règim comú, determinada d'acord amb la normativa estatal, homogeneïtzant les actuacions inversores realitzades en aquestes comunitats autònomes per a permetre'n la comparabilitat (...)». Como ven, una auténtica chapuza jurídica -enhorabuena a sus redactores- que ha permitido a Manera y a Solbes -y antes, a Matas- interpretar esta «inversión homogeneizada» como más les ha convenido, es decir, siguiendo, como hemos visto, el criterio que más perjudica a Baleares y más favorece a Solbes y a Zapatero. ¿Por qué en vez de esta interpretación Manera no ha interpretado la disposición anterior como una inversión adicional del Estado al margen de los PGE, tal como creían los Matas, Antich o Munar cuando aprobaron el nuevo estatuto? ¿Por qué Manera no homogeneiza y hace comparables estas inversiones cuantificando todas -no sólo algunas- las inversiones del Estado -incluyendo las de carreteras y tren- en todas las comunidades de régimen común, un criterio, sin duda, mucho más ecuánime que el utilizado por Manera? Es cierto que en Baleares el Estado no tiene competencias en carreteras y transporte público -craso error el nuestro-, pero precisamente para compensar este hecho es por lo que nos aventuramos todos juntos con un nuevo Estatut cuyo espíritu era corregir esta exclusión mediante convenios de carreteras y ferroviarios firmados con el Estado con el fin de paliar nuestra deuda histórica en infraestructuras. La inversión homogeneizada de Manera es un fraude que se ríe del espíritu estatutario y que reconoce tácitamente que nuestros convenios son un regalo del Gobierno Central, masacrándonos -cuando lo que pretendía el estatuto era lo contrario- por el tremendo error de haber aceptado en el pasado las competencias de carreteras y tren.

Los sofismas de Araujo. El sábado pasado Diario de Mallorca publicaba un artículo del catedrático Joan Oliver Araujo donde defendía a Aina Calvo por discriminar a los centros privados en las ayudas de Cort para los libros de texto. Tres son los argumentos de Araujo para defender que Cort sí ofrezca esta ayuda a los alumnos de los centros públicos y los privados concertados y, en cambio, la niegue a aquellos que han elegido un centro privado no concertado. Según Araujo, «quien por su libre voluntad rechaza un servicio público, luego no puede exigir una ventaja concreta que se da a los alumnos que sí hacen uso de aquel servicio público». El sofisma consiste en creer que «esta ventaja concreta» -las ayudas de libros- sólo va dirigida -o normativamente, tiene que ir dirigida- a los centros públicos. ¿Por qué debe ser así? Catalina Cirer y Carlos Delgado han concedido estas ayudas indistintamente a los públicos y a los privados, desmintiendo la falacia de que la educación pública y concertada debe ser sufragada completamente por el Estado y la privada completamente por los padres. En realidad, nunca ha sido así en aspectos como actividades extraescolares, los mismos libros de texto hasta ahora, transporte escolar...

Continúa Araujo su alegato afirmando que la medida de Calvo no supone ninguna «discriminación» sino una «desigualdad no discriminatoria» ya que «la discriminación es tratar de forma desigual supuestos de hecho iguales». Araujo acierta en su definición de discriminación pero cae en el puro voluntarismo al asumir la existencia de unos supuestos de hecho desiguales que él vincula al tipo de centro escogido que pondría a «las dos clases» de alumnos en «una posición diferente». ¿Y por qué ver «supuestos de hecho desiguales» como hace él y no ver «supuestos de hecho iguales» considerando que a fin de cuentas lo primordial es el servicio educativo que se ofrece y no tanto si quien lo ofrece está en manos públicas o privadas? Araujo asevera por último que la universalización de las ayudas no es obligatoria para un Estado social -los recursos no son infinitos- que debe ayudar a los más pobres, que él identifica con los usuarios de la escuela pública. Tomándole la palabra, un Estado social de corte subsidiario como el que defiende Araujo sólo debería ayudar a aquellos padres que verdaderamente lo necesitaran y que pudieran demostrar estas necesidades. Este es el único criterio válido, no encasillarte falazmente como rico si llevas tus hijos a un privado -aunque hagas un esfuerzo importante porque crees que la instrucción vale la pena- y como pobre a un público -aunque te gastes el equivalente a la factura del privado en cenas-. Si la propia consejera de Educación afirma que su gran objetivo será «recuperar el prestigio de la escuela pública» está invitando a los padres responsables a llevar a sus hijos a la privada. Calvo está penalizando a los padres más responsables.

 
   
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