En una última cabriola, el gobierno de
Antich -y todavía del Bloc y UM-
alejará, lo más que pueda, del Monasterio
de La Real las dependencias del nuevo
hospital. Mal hecho. Los severos claustros
y jardines, las celdas silentes, la
meditación y el rigor unísono -en este
caso- de la cultura, serían el mejor
bálsamo para los enfermos convalecientes.
Imaginen a los monjes velándolos, diluyendo
sus temores e ilustrando sus horas de
tedio, desesperanza o agobio. El uso del
asentamiento cistercense como refugio
contra el dolor es una idea hermosa y muy
cristiana. Pero no se me confíen, que
también los hay que convertirían esas
piedras santas en depósito de cadáveres y
tampoco es eso. Hay que dejar a los muertos
en paz, sin letanías ni monsergas, sin
vida.
Ahora que hemos sobrevivido a
un tornado tan imprevisto, rápido y brutal,
nos sentimos tan escépticos como
optimistas. A mí me pilló catando un
sudoroso cóctel de siesta y gripe
incipiente. Pensé en la fiebre frenética
cuando se oscureció el cielo y un muro de
agua me obligó a cerrar las ventanas.
Afuera, el rumor arreciaba y adentro, el
desasosiego de la invasión me confirmó que
tanta fragilidad bien merecía la acrobacia
de unas líneas.
Escribir es sólo
esto. Tejer palabras y, si hay suerte,
sugerir algunas ideas. Sólo unas pocas,
incompletas y dispersas, que no hay que
abusar, que el lector ya superó la etapa de
la educación para la ciudadanía. Que ya no
busca una igualdad que no existe, salvo si
se la convierte en uniformidad. Que no se
columpia, pueril, en el artificio de unas
diferencias -hechos diferenciales, los
dicen- del todo irrelevantes para la
condición humana. Que el lenguaje y el
mundo son lo mismo y no lo son. Que hay
perversiones para todos los gustos -como
las velas regias de Joan Lladó- pero
que, en fin, la gente no vive como si cada
cuatro años tocasen a rebato. Será por eso
que la web del gobierno tiende a
ningunearme en sus resúmenes de prensa. Si
me censuran, igual me leen. Ya me vale.