Puede ser que me traicione el
subjetivismo. Digo esto porque recién
estrenada mi nueva condición de profesor
jubilado, aunque emérito, nada más entrar
en clase, pese a proponerme dar la mejor
lección de mi vida académica, noté la
sensación de que no se puede jugar con el
tiempo. Mi juvenil auditorio me observaba
respetuoso y un tanto desconcertado. No era
aquel de 1972 con el que comencé; por
entonces un alumnado arrogante,
inquisitivo, referente moral del nuevo
orden democrático que se avecinaba;
exigente con los profesores y también
consigo mismo. De este alumnado proceden no
pocos de los catedráticos que me acompañan
en la Facultad, señalados políticos y
magníficos profesionales que hoy integran
los cuadros de la administración de
justicia. Tampoco era yo el mismo profesor
del 72, seguro de sí mismo, aunque supiese
mucho menos. Me anudaba la garganta la
sensación de estar sobreviviendo en el
mundo de lo inconsistente.
¿Imaginan
cuántas cosas que han pasado desde
entonces? Treinta y cinco años nos separan
de un tiempo radicalmente distinto. Se
desmoronó el franquismo sin que nadie se
sorprendiese. Se desmoronó la panacea
socialista, en este caso ante la sorpresa
de todos. Y hoy se están desmoronando los
últimos asideros de la cordura democrática,
mientras los responsables contemplan la
situación como los chiquillos que corren
alocados por aquello de tonto el
último. Porque ahí está la tragedia: en
la falta de consistencia del que manda y
del modelado social que conforma. Hace
cuarenta años sólo se era responsable
ante Dios y ante la Historia. Ahora
parece que suceda lo que suceda, el
responsable es la oposición. En definitiva,
cualquiera menos quien que manda. Y esto de
rendir cuentas, ya sin Dios y sin Historia,
¿díganme ustedes a quién? Pues a un
electorado que nos cuidamos de conformarlo
mostrándole la verdad en función del último
vídeo electoral o del último mensaje de
móvil. Hoy no es que podamos cambiar el
Estado o eliminarlo según las conveniencias
de los mandarines autonómicos y del imbécil
que precisa de sus votos, es que podemos
decir que el blanco es negro, si esto nos
reporta un respiro más en las chatas vidas
que conformamos. Todo parece medirse en
base al rendimiento inmediato, al bienestar
momentáneo, con olvido absoluto de aquello
que en su día entendíamos como
valores permanentes. Y la
cosa ha calado. Me recuerda la predicción
bíblica -ya me lo decía aquel ateo egregio
que es Pablo Castellano:
«Román en la Biblia está todo»- Y
efectivamente. ¿Les suena? Dejaron la única
fuente de las aguas vivas para ir a
cisternas rotas y agrietadas que ni tenían
agua, ni capacidad para
retenerla.
Hace unos días, aquí en
Palma, nos reuníamos los responsables de la
Facultad de Derecho. Se trataba de dar el
visto bueno a un documento de consenso de
todas las Facultades de España, para
redactar los nuevos planes de estudios que,
tras cuatro años de marear la perdiz, los
responsables del Ministerio en lugar de
redactarlos pensando en el nuevo modelo
para todos necesario, han decidido que
salgan confeccionados por cada Universidad.
Menos problemas para el que manda, pero
esto sí, todos los números para que en
nuestras respectivas universidades todos
andemos a la greña y termine imponiéndose
la ley del más fuerte. Me fijé en el joven
vicedecano -Antonio Conde- ex alumno
que tuve ejemplar, que trataba de salvar el
documento consensuado, mientras el resto de
mis colegas alocados gritaban aquel: ¿qué
hay de lo mío?, inevitable ante el caos que
se avecina. Y pensé en todos los
Antonios Condes de esta España
nuestra, que hicieron del rigor eje de sus
vidas, y que hoy perciben esta brutal
dictadura de la mediocridad.
Esta
misma inconsistencia o dejación de
responsabilidades, la percibía hará unas
horas de las palabras de Ciril
Rozman, que el viernes pasado era
elegido miembro de honor de nuestra Real
Academia de Medicina. Para Rozman los
estudios médicos y la selección de sus
profesionales demandan cambios radicales. Y
Rozman no es un señor cualquiera. Es el
prestigioso catedrático autor nada menos
que del más valorado manual de medicina
interna, y el más utilizado a nivel
universal por los estudiantes en lengua
castellana. No olvidemos que Rozman, nacido
en Eslovenia, pero en España desde los años
50, domina el castellano y en este idioma y
en el inglés ha divulgado sus conocimientos
científicos. Fue discípulo del gran Pere
Pons y por consiguiente miembro de la
gran escuela barcelonesa de internistas que
lleva su nombre. Habla catalán. ¡Faltaría
más! Pero el pasado viernes fue capaz de
decirnos en castellano cosas como éstas:
«En la sociedad actual que se caracteriza
por ser cada vez más multicultural y
multiétnica, soy un entusiasta defensor del
llamado multilingüismo funcional no
beligerante. Es decir, que con gran respeto
por todas las lenguas, sin que nadie las
convierta en estandarte de sus ideas
políticas». ¿Les llega la reflexión? A mi
amiga Cristina Peri seguro, a los de
baja de IB3 también, y al menos debería
llegarles a los profesores de este
instituto de Palma, que recientemente han
pretendido dejar a sus alumnos sin sus
clases de Física, fallecido repentinamente
su profesor titular, antes de permitir la
contratación de un interino excluido de la
docencia por carecer del nivel C de
catalán.
Claro que Rozman diría
muchas cosas más. Diría que son
imprescindibles nuevos planes médicos.
Diría que desde hace cuatro años los
responsables del Ministerio de Sanidad
estudian alternativas a la selección de
sanitarios, sin haber hecho nada al
respecto. Otra dejación, y no en el terreno
del Derecho, sino en el más fundamental de
la salud pública. Ya saben: una mala
sentencia puede revocarse, pero un error
clínico no. Menos mal que entre nosotros,
al menos tenemos a un Francesc
Antich que al final ha entendido que
hay retos, como la exigencia de un
hospital, con los que no se juega. Como
tampoco jamás deberíamos jugar con aquellos
valores que vertebran una sociedad e
imponen un mínimo ético. De lo contrario
tal sociedad puede saltar por los aires
vapuleada por el último cap de
fibló, como han saltado las cubiertas
de las naves industriales de Can Valero.
¿Pesimista reflexión a mis setenta años
cumplidos? Ustedes verán.