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  Lunes, 8 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:48
 

EL TELESCOPIO
Una tremenda sensación de inconsistencia

ROMÁN PIÑA HOMS


Puede ser que me traicione el subjetivismo. Digo esto porque recién estrenada mi nueva condición de profesor jubilado, aunque emérito, nada más entrar en clase, pese a proponerme dar la mejor lección de mi vida académica, noté la sensación de que no se puede jugar con el tiempo. Mi juvenil auditorio me observaba respetuoso y un tanto desconcertado. No era aquel de 1972 con el que comencé; por entonces un alumnado arrogante, inquisitivo, referente moral del nuevo orden democrático que se avecinaba; exigente con los profesores y también consigo mismo. De este alumnado proceden no pocos de los catedráticos que me acompañan en la Facultad, señalados políticos y magníficos profesionales que hoy integran los cuadros de la administración de justicia. Tampoco era yo el mismo profesor del 72, seguro de sí mismo, aunque supiese mucho menos. Me anudaba la garganta la sensación de estar sobreviviendo en el mundo de lo inconsistente.

¿Imaginan cuántas cosas que han pasado desde entonces? Treinta y cinco años nos separan de un tiempo radicalmente distinto. Se desmoronó el franquismo sin que nadie se sorprendiese. Se desmoronó la panacea socialista, en este caso ante la sorpresa de todos. Y hoy se están desmoronando los últimos asideros de la cordura democrática, mientras los responsables contemplan la situación como los chiquillos que corren alocados por aquello de tonto el último. Porque ahí está la tragedia: en la falta de consistencia del que manda y del modelado social que conforma. Hace cuarenta años sólo se era responsable ante Dios y ante la Historia. Ahora parece que suceda lo que suceda, el responsable es la oposición. En definitiva, cualquiera menos quien que manda. Y esto de rendir cuentas, ya sin Dios y sin Historia, ¿díganme ustedes a quién? Pues a un electorado que nos cuidamos de conformarlo mostrándole la verdad en función del último vídeo electoral o del último mensaje de móvil. Hoy no es que podamos cambiar el Estado o eliminarlo según las conveniencias de los mandarines autonómicos y del imbécil que precisa de sus votos, es que podemos decir que el blanco es negro, si esto nos reporta un respiro más en las chatas vidas que conformamos. Todo parece medirse en base al rendimiento inmediato, al bienestar momentáneo, con olvido absoluto de aquello que en su día entendíamos como valores permanentes. Y la cosa ha calado. Me recuerda la predicción bíblica -ya me lo decía aquel ateo egregio que es Pablo Castellano: «Román en la Biblia está todo»- Y efectivamente. ¿Les suena? Dejaron la única fuente de las aguas vivas para ir a cisternas rotas y agrietadas que ni tenían agua, ni capacidad para retenerla.

Hace unos días, aquí en Palma, nos reuníamos los responsables de la Facultad de Derecho. Se trataba de dar el visto bueno a un documento de consenso de todas las Facultades de España, para redactar los nuevos planes de estudios que, tras cuatro años de marear la perdiz, los responsables del Ministerio en lugar de redactarlos pensando en el nuevo modelo para todos necesario, han decidido que salgan confeccionados por cada Universidad. Menos problemas para el que manda, pero esto sí, todos los números para que en nuestras respectivas universidades todos andemos a la greña y termine imponiéndose la ley del más fuerte. Me fijé en el joven vicedecano -Antonio Conde- ex alumno que tuve ejemplar, que trataba de salvar el documento consensuado, mientras el resto de mis colegas alocados gritaban aquel: ¿qué hay de lo mío?, inevitable ante el caos que se avecina. Y pensé en todos los Antonios Condes de esta España nuestra, que hicieron del rigor eje de sus vidas, y que hoy perciben esta brutal dictadura de la mediocridad.

Esta misma inconsistencia o dejación de responsabilidades, la percibía hará unas horas de las palabras de Ciril Rozman, que el viernes pasado era elegido miembro de honor de nuestra Real Academia de Medicina. Para Rozman los estudios médicos y la selección de sus profesionales demandan cambios radicales. Y Rozman no es un señor cualquiera. Es el prestigioso catedrático autor nada menos que del más valorado manual de medicina interna, y el más utilizado a nivel universal por los estudiantes en lengua castellana. No olvidemos que Rozman, nacido en Eslovenia, pero en España desde los años 50, domina el castellano y en este idioma y en el inglés ha divulgado sus conocimientos científicos. Fue discípulo del gran Pere Pons y por consiguiente miembro de la gran escuela barcelonesa de internistas que lleva su nombre. Habla catalán. ¡Faltaría más! Pero el pasado viernes fue capaz de decirnos en castellano cosas como éstas: «En la sociedad actual que se caracteriza por ser cada vez más multicultural y multiétnica, soy un entusiasta defensor del llamado multilingüismo funcional no beligerante. Es decir, que con gran respeto por todas las lenguas, sin que nadie las convierta en estandarte de sus ideas políticas». ¿Les llega la reflexión? A mi amiga Cristina Peri seguro, a los de baja de IB3 también, y al menos debería llegarles a los profesores de este instituto de Palma, que recientemente han pretendido dejar a sus alumnos sin sus clases de Física, fallecido repentinamente su profesor titular, antes de permitir la contratación de un interino excluido de la docencia por carecer del nivel C de catalán.

Claro que Rozman diría muchas cosas más. Diría que son imprescindibles nuevos planes médicos. Diría que desde hace cuatro años los responsables del Ministerio de Sanidad estudian alternativas a la selección de sanitarios, sin haber hecho nada al respecto. Otra dejación, y no en el terreno del Derecho, sino en el más fundamental de la salud pública. Ya saben: una mala sentencia puede revocarse, pero un error clínico no. Menos mal que entre nosotros, al menos tenemos a un Francesc Antich que al final ha entendido que hay retos, como la exigencia de un hospital, con los que no se juega. Como tampoco jamás deberíamos jugar con aquellos valores que vertebran una sociedad e imponen un mínimo ético. De lo contrario tal sociedad puede saltar por los aires vapuleada por el último cap de fibló, como han saltado las cubiertas de las naves industriales de Can Valero. ¿Pesimista reflexión a mis setenta años cumplidos? Ustedes verán.

 
   
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