En España ha funcionado durante años la
especulación inmobiliaria, pero ahora que
parece que el mercado de pisos se ha
estabilizado, otros linces financieros han
descubierto nuevos métodos para ganar
pasta. El más rentable de todos es la
especulación naval: te compras un bote de
remos o un yate medio desguazado, y en unos
cuantos años, por pura inercia marinera, ya
tienes un trasatlántico.
Por ejemplo,
el Belisa, un barco de madera más
viejo que la tos y de apenas 12 metros de
eslora, costó 18.000 euros en 1998. Unos
años después se quemó hasta el trinquete y
su propietario pide al seguro la friolera
de 366.000. Por ese precio, el
Belisa tendría que haber sido
declarado monumento nacional, una
antigüedad flotante, un hallazgo histórico
del rango de un drakkar vikingo o
una galera romana. De hecho, el nombre es
latino y quiere decir, más o menos, la
más esbelta, pero tan esbelta no debía
de ser cuando Antonio Garau ha
presentado facturas que atestiguan que en
su interior cabían una tienda de efectos
naúticos, dos o tres restaurantes y varios
supermercados.
Entre tantos
tornillos, latas de barniz, cartones de
leche y patas de cordero, se calcula que la
capacidad de la bodega del Belisa
era más o menos similar a la del
Titanic. Con todo lo que había ahí
dentro, el barquito debió de estar ardiendo
tres o cuatro semanas. Garau no quiere
asustarnos, pero probablemente recibió un
mensaje divino que le advirtió de que un
diluvio iba a borrar Baleares de la faz de
la Tierra y desde entonces fue ahuecando su
nave para salvar una pareja de cada especie
autoctóna de las islas (con toda seguridad,
también pensaba incluir oliveras).
Pacientemente, fue vaciando todos los
comercios de Baleares, arramblando con
cuanta provisión, herramienta y vianda
pudieran hacer falta para tan larga e
incierta travesía. El vendaval que arrasó
Palma el jueves no es más que un prefacio
meteorológico de la que nos
espera.
El tiempo juega en su contra.
Noé tuvo mucho más tiempo para
construir su arca que Garau para convertir
el Belisa en una ciudad submarina.
Además, aparte de su entrenamiento como
capitán Pescanova, no hay que
olvidar su filantrópica labor como jefe de
costas, donde hizo todo lo posible para
arrebatarle al mar hasta el más mínimo
palmo de terreno edificable. Si lo dejan,
Garau arrincona el Mediterráneo hasta hacer
que la costa balear se extienda de Valencia
hasta Italia y de Francia hasta Argelia.
La gente se ríe de él porque es
imposible certificar un mensaje divino.
Algunas de las facturas que ha presentado
Garau ante el juez son tan sospechosas como
los billetes del Monopoly. Pero con este
hombre necesitamos toda la fe que nos haga
falta y aun así tendremos que comprar más.
Un cargamento de fe más gordo que las
bodegas del Belisa. También los
tontos se reían de Noé y así les fue,
criando burbujas bajo el paraguas.