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  Lunes, 8 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:48
 

A CAPÓN
El arca de Garau

DAVID TORRES


En España ha funcionado durante años la especulación inmobiliaria, pero ahora que parece que el mercado de pisos se ha estabilizado, otros linces financieros han descubierto nuevos métodos para ganar pasta. El más rentable de todos es la especulación naval: te compras un bote de remos o un yate medio desguazado, y en unos cuantos años, por pura inercia marinera, ya tienes un trasatlántico.

Por ejemplo, el Belisa, un barco de madera más viejo que la tos y de apenas 12 metros de eslora, costó 18.000 euros en 1998. Unos años después se quemó hasta el trinquete y su propietario pide al seguro la friolera de 366.000. Por ese precio, el Belisa tendría que haber sido declarado monumento nacional, una antigüedad flotante, un hallazgo histórico del rango de un drakkar vikingo o una galera romana. De hecho, el nombre es latino y quiere decir, más o menos, la más esbelta, pero tan esbelta no debía de ser cuando Antonio Garau ha presentado facturas que atestiguan que en su interior cabían una tienda de efectos naúticos, dos o tres restaurantes y varios supermercados.

Entre tantos tornillos, latas de barniz, cartones de leche y patas de cordero, se calcula que la capacidad de la bodega del Belisa era más o menos similar a la del Titanic. Con todo lo que había ahí dentro, el barquito debió de estar ardiendo tres o cuatro semanas. Garau no quiere asustarnos, pero probablemente recibió un mensaje divino que le advirtió de que un diluvio iba a borrar Baleares de la faz de la Tierra y desde entonces fue ahuecando su nave para salvar una pareja de cada especie autoctóna de las islas (con toda seguridad, también pensaba incluir oliveras). Pacientemente, fue vaciando todos los comercios de Baleares, arramblando con cuanta provisión, herramienta y vianda pudieran hacer falta para tan larga e incierta travesía. El vendaval que arrasó Palma el jueves no es más que un prefacio meteorológico de la que nos espera.

El tiempo juega en su contra. Noé tuvo mucho más tiempo para construir su arca que Garau para convertir el Belisa en una ciudad submarina. Además, aparte de su entrenamiento como capitán Pescanova, no hay que olvidar su filantrópica labor como jefe de costas, donde hizo todo lo posible para arrebatarle al mar hasta el más mínimo palmo de terreno edificable. Si lo dejan, Garau arrincona el Mediterráneo hasta hacer que la costa balear se extienda de Valencia hasta Italia y de Francia hasta Argelia.

La gente se ríe de él porque es imposible certificar un mensaje divino. Algunas de las facturas que ha presentado Garau ante el juez son tan sospechosas como los billetes del Monopoly. Pero con este hombre necesitamos toda la fe que nos haga falta y aun así tendremos que comprar más. Un cargamento de fe más gordo que las bodegas del Belisa. También los tontos se reían de Noé y así les fue, criando burbujas bajo el paraguas.

 
   
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