Con el tiempo se nos acentúan las
arrugas, pero también los presagios. La
antigua sensación de saberse extranjero en
cualquier parte -y más, aún, en tierra
propia que ajena- acaba convirtiéndose en
una agridulce, pero tranquila, certeza. En
una forma de vida que asume haber
disfrutado, desde siempre, con el juego de
los localismos. Mil veces nos proclamamos,
con indisimulado orgullo, mallorquines,
vascos, andaluces, catalanes o manchegos
sin más objeto que auscultar la diversidad
entre iguales. Siempre supimos que más allá
de nuestras costumbres y paisajes -los
cortijos andaluces, los hórreos asturianos,
las barracas valencianas o los caseríos
vascos- se escondía un hálito común.
Ahí sigue, porque las cosas no han
cambiado tanto. Podríamos releer España,
tres milenios de historia de
Domínguez Ortiz y reconocer el
ancestral viaje cainita de nuestras tribus,
la mediocridad de nuestras sucesivas
instituciones, la pobreza intelectual de
nuestras universidades, la estupidez sin
límites ni bozales de los nacionalismos, su
hoz gamada, su fascismo excluyente, su
negación lingüística del hermoso zigurat de
Babel. Podríamos también reírnos con
Quim Monzò del recién nacido homo
erectus, alzando la vista y la mano y el
índice para nombrar, balbuceando, los
nuevos territorios: «Pa... Pa… Països
Catalans». Pero así, tan bella como
torpemente, nació ese mundo y cualquier
otro y todos. Todos nacieron bajo el signo
del asombro.
Se repite la historia.
Ahora queman banderas y fotografías.
¿Cuándo empezarán con los libros? Biel
Barceló se manifiesta contra el Govern
del que forma parte. Es difícil la política
cuando no se sabe qué es la realidad ni
cómo trabajar para cambiarla. Trabajar
cansa. Igual le pasa a Jordi Bayona
que ha convertido su blog en un
homenaje a la censura y a los comentarios
moderados. Grosske se lo echó en
cara, pero ni caso. La audiencia cero de
IB3 era una de las obsesiones de Bayona.
Ahora que la audiencia ha menguado un 50%
no dice nada. Qué raro.