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  Lunes, 1 de octubre de 2007 Actualizado a las 00:53
 

TOROS
El adiós europeo de un gran torero en la Monumental de Barcelona

El colombiano César Rincón se despidió de la afición tras 25 años de éxito


TOLO PAYERAS

PALMA.- El torero más grande que haya dado Colombia, César Rincón, se despidió el pasado domingo en la Monumental de Barcelona de los ruedos europeos.

Aún le aguarda la temporada americana para la definitiva retirada del toreo, sobre todo las ferias más importantes de Colombia y México. A partir de ahí, Rincón quedará en el recuerdo de la afición como la gran gloria taurina colombiana que ha enarbolado su bandera por los ruedos del mundo; un lujo de ser humano que, gracias a los toros, pudo lograr hacer realidad sus sueños.

La actual temporada española de Rincón, la última de su vida profesional, no ha sido brillante. Apenas un puñado de faenas, entre ellas la que llevó a cabo en la feria de Sevilla, han servido para certificar la grandeza artística de este diestro genial. La carrera de un torero se basa en regularidad y en gestos toreros que, con los años, otorgan la licencia y vitola de triunfador y Rincón lo ha sido.

Venía de la sima y llegó a la cima. Nadie le conocía cuando Antoñete le invistió matador de toros en Bogotá; pero cinco lustros le han servido para quedar inmortalizado para siempre debido a sus triunfos, a sus gestas épicas que, desde siempre le caracterizaron.

El pasado domingo era su última tarde y, el destino sí quiso aliarse esta vez con el torero para que lograra la apoteosis. Rememoró tardes épicas que ha tenido por doquier. La Monumental de las Ventas y sobre todo la afición madrileña lo sabe como ninguna otra afición y plaza del mundo. Madrid lo catapultó y en las Ventas se merecía esta última faena, que por circunstancias de la vida y los despachos, ha sucedido en Barcelona.

Esta última salida triunfal a hombros por las calles de la Ciudad Condal portando la bandera de Colombia en sus manos, en realidad, no era otra cosa que, el premio a una carrera intachable. En sus primeros años luchando con pasión desbordada y, desde 1991, saboreando las mieles de un éxito tan legítimo como auténtico que le otorgó Madrid y del que ya no se apeó jamás.

Todo lo que este diestro ha ganado, ha sido tan legítimo como su propia sangre con la que inundó tantos ruedos por el mundo; tan auténtico como su bagaje de éxitos que, con su arte, supo convencer a los aficionados de todo el orbe taurino. Se ha marchado un torero, un hombre de bien, un ciudadano colombiano que, en España encontró su morada, su éxito y su razón de ser.

Nada le ha sido regalado; todo ha sido logrado con enorme vocación, con tremenda torería, con inusitado valor y, en ocasiones, hasta luchando contra su propio destino. Hace unos años, una cruel enfermedad quiso quitarle del toreo y de la vida; pero pudo más su corazón, su capacidad de lucha y sacrificio que todos los infortunios que se le cruzaban en su camino. En aquel momento, tras aquel parón siniestro, César Rincón volvió a los ruedos con la misma fuerza con la que tuvo que abandonar; hasta Madrid certificó de nuevo su inmensa torería, su caudal creativo y sus deseos inquebrantable por seguir siendo el César de la torería del mundo.

La historia dirá que universalizó el toreo. Con su arte demostró que no tenía barreras ni nacionalismos. Su carrera lo dice todo. Dicen que tuvo suerte; pero la suerte se la trabajó con su sangre, dedicación absoluta y dejándose matar cuantas veces la ocasión lo requería. Se ha ido un torero grande y, se ha marchado por todo lo grande. No cabía otra opción.

La grandeza de César Rincón ha servido para que, desde Colombia, hermanara a varios países; España, Francia, México y distintos países de habla hispana en que los toros son fiel estandarte de sus aficiones, se han visto entrelazados por la magia de su arte.

Se ha ido el ídolo de Colombia que, para su grandeza, ha sido el ídolo de todo el mundo taurino teniendo, como base sólida de su carrera, la España que él tanto ama.

Precisamente la afición mallorquina no ha sido una de las que haya podido saborear en vivo y en directo la grandeza de su toreo. Sólo una vez toreó en el Coliseo Balear y no fue una actuación afortunada. Llegó a Palma después de una grave lesión de rodilla que le había tenido apartado de los ruedos durante meses. Pero vino con la vitola de gran figura del toreo, era el año 97 y el maestro ya era sobradamente reconocido por todos.

El director de EL MUNDO/ El Día de Baleares por aquel entonces Luis Fidalgo, me encargó que le entrevistara ya que era su presentación ante la afición mallorquina. Me atendió al mediodía en la habitación del hotel y me propuso contestar las preguntas caminando por el Paseo Marítimo, pues tenía que calentar la rodilla antes de vestirse de luces. Fue un largo paseo hasta el Club de Mar y vuelta al hotel, en el que me habló de sus años de juventud, del desgraciado percance de su madre, de su época de novillero y de los sinsabores de esta profesión antes de alcanzar su anhelado triunfo en la plaza de Las Ventas toreando con un ambicioso Ortega Cano que no se dejaba ganar en aquella época la pelea por nadie. La rivalidad con el cartagenero fue impresionante, tanto que llegó incluso a hacer mella en su relación personal.

En la entrevista que se publicó en este periódico recordó que había nacido en Bogotá el 5 de septiembre de 1965 y que en la temporada del 82 había tomado parte en diecinueve novilladas en España. Antoñete lo doctoró matador de toros en su ciudad natal ante la presencia de Manzanares el 8 de diciembre de 1982, con reses de Vistahermosa. La confirmación llegó en Madrid el 2 de septiembre de 1984 con Manili y Pepe Luis Vargas de padrino y testigo con reses de Leopoldo Lamamié de Clairac, y el colombiano, sin cortar trofeos dejó una buena impresión.

Pero no fue hasta el San Isidro del 91 cuando logra ser una gran figura del toreo. Después de siete años placeándose por su tierra, llegó la gran actuación en aquella isidrada que le catapultó a la gloría del toreo. Fue el 21 de mayo y resultó tan grande su éxito que lo repitieron al día siguiente pues había una sustitución en el cartel. Las dos tardes consecutivas salió por la puerta grande de las Ventas y fue declarado además triunfador absoluto de la feria de San Isidro. Volvió a repetir este hito en la corrida de Beneficencia -también en el 91- y así como en la posterior feria de otoño, consagrándose como una gran figura del toreo. A lo largo de su carrera, los triunfos en Madrid y las puertas grandes se han ido sucediendo asiduamente. Tan sólo la hepatitis pudo cortar momentáneamente su carrera, pero restablecido, su cartel volvió a subir como la espuma y el reconocimiento de la primera plaza del mundo también.

Con los grandes triunfos también llegaron los graves percances, Rincón tiene prácticamente cosido todo el cuerpo. Se merecía una digna despedida en Madrid. No pudo ser, pero la afición madrileña estuvo con el diestro colombiano en su salida a hombros por la puerta grande el pasado domingo en la Monumental de Barcelona, con las banderas de España y Colombia entre sus manos, las dos patrias que ama y seguirá amando.

tolopayeras@wanadoo.es

 
   
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