TOLO PAYERAS
PALMA.- El torero más
grande que haya dado Colombia, César
Rincón, se despidió el pasado domingo en la
Monumental de Barcelona de los ruedos
europeos.
Aún le aguarda la temporada
americana para la definitiva retirada del
toreo, sobre todo las ferias más
importantes de Colombia y México. A partir
de ahí, Rincón quedará en el recuerdo de la
afición como la gran gloria taurina
colombiana que ha enarbolado su bandera por
los ruedos del mundo; un lujo de ser humano
que, gracias a los toros, pudo lograr hacer
realidad sus sueños.
La actual
temporada española de Rincón, la última de
su vida profesional, no ha sido brillante.
Apenas un puñado de faenas, entre ellas la
que llevó a cabo en la feria de Sevilla,
han servido para certificar la grandeza
artística de este diestro genial. La
carrera de un torero se basa en regularidad
y en gestos toreros que, con los años,
otorgan la licencia y vitola de triunfador
y Rincón lo ha sido.
Venía de la
sima y llegó a la cima. Nadie le conocía
cuando Antoñete le invistió matador de
toros en Bogotá; pero cinco lustros le han
servido para quedar inmortalizado para
siempre debido a sus triunfos, a sus gestas
épicas que, desde siempre le
caracterizaron.
El pasado domingo
era su última tarde y, el destino sí quiso
aliarse esta vez con el torero para que
lograra la apoteosis. Rememoró tardes
épicas que ha tenido por doquier. La
Monumental de las Ventas y sobre todo la
afición madrileña lo sabe como ninguna otra
afición y plaza del mundo. Madrid lo
catapultó y en las Ventas se merecía esta
última faena, que por circunstancias de la
vida y los despachos, ha sucedido en
Barcelona.
Esta última salida
triunfal a hombros por las calles de la
Ciudad Condal portando la bandera de
Colombia en sus manos, en realidad, no era
otra cosa que, el premio a una carrera
intachable. En sus primeros años luchando
con pasión desbordada y, desde 1991,
saboreando las mieles de un éxito tan
legítimo como auténtico que le otorgó
Madrid y del que ya no se apeó jamás.
Todo lo que este diestro ha ganado,
ha sido tan legítimo como su propia sangre
con la que inundó tantos ruedos por el
mundo; tan auténtico como su bagaje de
éxitos que, con su arte, supo convencer a
los aficionados de todo el orbe taurino. Se
ha marchado un torero, un hombre de bien,
un ciudadano colombiano que, en España
encontró su morada, su éxito y su razón de
ser.
Nada le ha sido regalado; todo
ha sido logrado con enorme vocación, con
tremenda torería, con inusitado valor y, en
ocasiones, hasta luchando contra su propio
destino. Hace unos años, una cruel
enfermedad quiso quitarle del toreo y de la
vida; pero pudo más su corazón, su
capacidad de lucha y sacrificio que todos
los infortunios que se le cruzaban en su
camino. En aquel momento, tras aquel parón
siniestro, César Rincón volvió a los ruedos
con la misma fuerza con la que tuvo que
abandonar; hasta Madrid certificó de nuevo
su inmensa torería, su caudal creativo y
sus deseos inquebrantable por seguir siendo
el César de la torería del mundo.
La
historia dirá que universalizó el toreo.
Con su arte demostró que no tenía barreras
ni nacionalismos. Su carrera lo dice todo.
Dicen que tuvo suerte; pero la suerte se la
trabajó con su sangre, dedicación absoluta
y dejándose matar cuantas veces la ocasión
lo requería. Se ha ido un torero grande y,
se ha marchado por todo lo grande. No cabía
otra opción.
La grandeza de César
Rincón ha servido para que, desde Colombia,
hermanara a varios países; España, Francia,
México y distintos países de habla hispana
en que los toros son fiel estandarte de sus
aficiones, se han visto entrelazados por la
magia de su arte.
Se ha ido el ídolo
de Colombia que, para su grandeza, ha sido
el ídolo de todo el mundo taurino teniendo,
como base sólida de su carrera, la España
que él tanto ama.
Precisamente la
afición mallorquina no ha sido una de las
que haya podido saborear en vivo y en
directo la grandeza de su toreo. Sólo una
vez toreó en el Coliseo Balear y no fue una
actuación afortunada. Llegó a Palma después
de una grave lesión de rodilla que le había
tenido apartado de los ruedos durante
meses. Pero vino con la vitola de gran
figura del toreo, era el año 97 y el
maestro ya era sobradamente reconocido por
todos.
El director de EL MUNDO/ El
Día de Baleares por aquel entonces Luis
Fidalgo, me encargó que le entrevistara ya
que era su presentación ante la afición
mallorquina. Me atendió al mediodía en la
habitación del hotel y me propuso contestar
las preguntas caminando por el Paseo
Marítimo, pues tenía que calentar la
rodilla antes de vestirse de luces. Fue un
largo paseo hasta el Club de Mar y vuelta
al hotel, en el que me habló de sus años de
juventud, del desgraciado percance de su
madre, de su época de novillero y de los
sinsabores de esta profesión antes de
alcanzar su anhelado triunfo en la plaza de
Las Ventas toreando con un ambicioso Ortega
Cano que no se dejaba ganar en aquella
época la pelea por nadie. La rivalidad con
el cartagenero fue impresionante, tanto que
llegó incluso a hacer mella en su relación
personal.
En la entrevista que se
publicó en este periódico recordó que había
nacido en Bogotá el 5 de septiembre de 1965
y que en la temporada del 82 había tomado
parte en diecinueve novilladas en España.
Antoñete lo doctoró matador de toros en su
ciudad natal ante la presencia de
Manzanares el 8 de diciembre de 1982, con
reses de Vistahermosa. La confirmación
llegó en Madrid el 2 de septiembre de 1984
con Manili y Pepe Luis Vargas de padrino y
testigo con reses de Leopoldo Lamamié de
Clairac, y el colombiano, sin cortar
trofeos dejó una buena impresión.
Pero no fue hasta el San Isidro del
91 cuando logra ser una gran figura del
toreo. Después de siete años placeándose
por su tierra, llegó la gran actuación en
aquella isidrada que le catapultó a la
gloría del toreo. Fue el 21 de mayo y
resultó tan grande su éxito que lo
repitieron al día siguiente pues había una
sustitución en el cartel. Las dos tardes
consecutivas salió por la puerta grande de
las Ventas y fue declarado además
triunfador absoluto de la feria de San
Isidro. Volvió a repetir este hito en la
corrida de Beneficencia -también en el 91-
y así como en la posterior feria de otoño,
consagrándose como una gran figura del
toreo. A lo largo de su carrera, los
triunfos en Madrid y las puertas grandes se
han ido sucediendo asiduamente. Tan sólo la
hepatitis pudo cortar momentáneamente su
carrera, pero restablecido, su cartel
volvió a subir como la espuma y el
reconocimiento de la primera plaza del
mundo también.
Con los grandes
triunfos también llegaron los graves
percances, Rincón tiene prácticamente
cosido todo el cuerpo. Se merecía una digna
despedida en Madrid. No pudo ser, pero la
afición madrileña estuvo con el diestro
colombiano en su salida a hombros por la
puerta grande el pasado domingo en la
Monumental de Barcelona, con las banderas
de España y Colombia entre sus manos, las
dos patrias que ama y seguirá
amando.
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