Es absolutamente inútil, a propósito de
la exposición porno-blasfema de Ibiza,
amparada por el ayuntamiento, recordar que
cualquier libertad y derecho -incluidas la
artística y la de expresión- no son
absolutos sino que limitan exactamente,
primero, con lo prescrito en las leyes y,
segundo, con los derechos y libertades de
los demás. Por no hablar del buen gusto
que, en buena teoría estética, debería ser
suficiente para enervar cualquier
manifestación fea, hortera o grosera. Al
menos, en espacios patrocinados por las
instituciones.
Estos profesionales
-políticos y artistas- de épater le
bourgois juegan siempre con la ventaja
de que los vilipendiados o caricaturizados
suelen estar mejor educados que ellos o
tienen escrúpulos morales y jamás ejercerán
el ius retorquendi aplicando la
misma medicina que se les prescribe.
Personalmente, y como norma general, pienso
que es un error, y no sólo en materias
artísticas, sino políticas. En el caso de
Ibiza, lo que procedería es que se montara
una exposición paralela, subvencionada por
el mismo Ayuntamiento de Ibiza, en la que
la libertad de expresión artística se
mostrara en todo su esplendor y completara
la muestra ibicenca: una serie de cuadros
en los que, en lugar de Juan Pablo
II, aparecieran la concejala Sandra
Mayans y la alcaldesa, Lourdes
Costa, sodomizadas furiosamente por un
sátiro o sus familiares más queridos con
penes en la boca. Y no digo el «artista»,
porque lo más grave de este asunto es que
una institución pública con dineros
públicos avale -y, encima, se felicite-
estas estupideces.