LOURDES REYNÉS
MADRID.- La mañana
es lluviosa en Madrid. Un chaparrón despide
el último día de desfiles en Cibeles.
También lo que quedaba de verano. El
Retiro, hoy encharcado, ha dado cobijo
durante cinco días al pase de tendencias
del próximo verano. Una estación muy
diferente según quién la firme y según
quién la mire. Ayer era el turno de dos
mallorquines. Las colecciones de José Miró
y Carmen March salían a escena con el eco
de la lluvia y el recuerdo de aplausos
anteriores. Era el turno de los jóvenes. De
los atrevidos. De los que comparten vez a
pesar de ser maestros ya con la aguja.
Cosas de la organización y del gran número
de diseñadores que muestran sus colecciones
en Madrid, convertida durante una semana en
capital también de la moda.
A las
diez y media de la mañana José Miró se hace
fuerte en la sala de la puesta a
punto. Una legión de peluqueros,
maquilladores y esteticistas varios
trabajan sobre la tez y cabellera de las
modelos. Miró contempla la escena desde la
retaguardia. Está tranquilo. Ya son muchos
años desfilando en Cibeles. Pero cada vez
es distinto. Los peluqueros, en silencio,
estiran, secan y pegan mechones de colores
estridentes sobre las melenas lacias de las
modelos de Miró. La nuca, despejada con
horquillas. Unas leen, otras juegan con
el ipod ajenas al trajín a sus
espaldas. Hay un tenso silencio. «Está todo
demasiado tranquilo», comenta José. El
diseñador mallorquín se prepara para el
gran día. Falta apenas una hora para que
sus modelos irrumpan sobre la pasarela.
Aparece Carmen March en el set de belleza.
Aguarda turno para poner a las suyas
perfectas. Posan sonrientes para EL MUNDO/
El Día De Baleares. En una hora, duelo de
titanes.
Pese al relativo reposo que
percibe Miró, un laberinto de puertas y
gentío envuelve el backstage. Sitio
apto sólo para diseñadores, modelos y
prensa. Una pequeña gran familia donde no
se vislumbra un atisbo de colmillos
retorcidos ni zancadillas o empujones. De
cara a la galería hay cordialidad. De
perchas adentro, será otra historia. Reina
un ambiente cool. Fashion víctims a
diestro y siniestro. Ellas con pañuelos
palestinos al cuello y las omnipresentes
plataformas. Ellos, camisetas customizadas
y vaqueros ajustados con muchas
cremalleras. Los diseñadores, pendientes de
la peluquería y el maquillaje. Muy etéreo.
Rostros pálidos y eye liner rojo en
el caso de las chicas de Miró. Las modelos
de Carmen, con recogidos desenfadados
marcado un leve tupé. No se ven curvas. Más
bien todo lo contrario.
De la chapa y
pintura, las modelos pasan a vestuario.
Allí, Noelia, Elena y Marta les ayudarán a
vestirse y cambiarse tras cada pase a la
velocidad del rayo. Son estudiantes de
diseño y ésta es también para ellas su gran
semana.
Antes del desfile parecen
tranquilos. Cuando se acerca la hora, el
nerviosismo es latente. Dicen que Carmen ha
tenido que reconstruir el desfile porque no
han llegado dos trajes. No parece que cunda
el pánico. Todo lo contrario. Prueba de que
está todo bajo control. Las modelos no
hablan. Tampoco sonríen. Todo muy
profesional. Parecen de otro mundo. Las
prendas cuelgan de una percha. Cada una
identificada con la foto de la modelo que
las va a lucir. Los accesorios, a buen
recaudo. Los de Carmen los firma Helena
Rohner. Cada zapato con su pareja. Todos
muy altos. Y muy grandes. Ellas son de pie
largo acorde con su estatura. Parecen muy
jóvenes aunque el maquillaje les eche años
encima.
Se toman un café antes del
desfile. Algún que otro pitillo también. No
hay reglas sobre humo. Al menos no en el
backstage. Las modelos se cambian sin
pudor. La encargada de la sala de
maquillaje advierte amablemente a los
fotógrafos de que se abstengan de retratar
los torsos desnudos. Mientras tanto, ellas
leen y escuchan música. Apenas hablan. El
cásting es internacional. De lo mejor que
se ha visto en Cibeles, dicen los
entendidos. Carmen y José están tranquilos.
La procesión va por dentro.
Sólo se
escucha un «vamos, vamos, vamos» como
advertencia de que el tiempo ya no corre a
su favor. Ambos están bien acompañados de
una tribu de ayudantes y también
confidentes. Carmen confía en su hermana
Catalina. José, en Peyo. El diseñador
mallorquín recibe un ramo inmenso antes del
desfile. «Es de la alcaldesa»,
reconoce.
No queda nada para el
inicio del show. Meses de trabajo
que se resumen en salidas. Quince
minutos de gloria contenida.
Se
apagan las luces. Silencio absoluto. Los
últimos vips toman asiento.
Catalina Cirer y Francisca
Bennàssar, incondicionales del genio
mallorquín. De los nuevos, fueron a
contemplar la magia de Miró la consellera
de Comercio, Xisca Vives y la
concejala de Cultura, Nanda Ramon.
Nacionales estaba el modelo y actor Iván
Sánchez, para más señas, fornido chico
del 112 en la serie Hospital
Central. También las hermanas María
José y Cristina Hidalgo. Miró vestirá
Air Europa. La compañía colabora en el
desfile.
Suena la música electrónica.
Comienza el pase. Las chicas
mechanicalplayer irrumpen sobre la
pasarela. Impulsos eléctricos y música de
Ruspell acompañan a unas modelos del
futuro. La estética manga se apodera de
Cibeles durante quince minutos vibrantes
que intercalan prendas futuristas al más
puro estilo Blade Runner con
conjuntos más ponibles época Candy
Candy. La top Madeleine
Hört deslumbra a todos. La acompañan a
ras de pasarela, Marina Pérez y
Laura Sánchez. El trío acompaña a la
musa de José Miró, la modelo mallorquina
Xisca Vives que luce uno de los
looks más atrevidos con casco rojo y
pitillo elástico del mismo color. El
desfile es un guiño a la geometría y la
proporción, con capuchas, pantalones,
faldas y vestidos imponentes de lúrex,
punto y algodón. Es sin duda su colección
más ponible. Sin dejar de ser
impactante. Tops lenceros y faldas
con volantes comparten escenario con
blusones y pantalones oversize y
torsos desnudos, tan sólo vestidos con el
dibujo de un pez en henna. La imagen
de un ángel enfundado en un vestido de gasa
transparente despide a Miró entre aplausos.
Un año más ha tocado el cielo.
Sin
tiempo para casi nada se hace de nuevo de
noche en Cibeles. Carmen firma su colección
de verano y apenas faltan unos minutos para
las dos y cuarto. El desfile empieza con un
poco de retraso. Los invitados de Carmen
toman asiento. Su madre, María Antonia
Juan ejerce de perfecta anfitriona. A
Carmen le acompañan en la grada sus primos,
Alfonso y Tomeu Fierro.
También Catalina, su hermana, que
organiza a los incondicionales de Carmen en
la grada. La expectativa es máxima. Su
última colección fue magistral.
Covadonga O'Shea y Doña Margarita
de Bulgaria, en primera fila. De nuevo,
oscuridad sobre el catwalk. Suena
David Bowie. La música corre a cargo de
Juan Gómez-Acebo. Un foco fucsia
ilumina el camino de la primera modelo. La
estética yuppie del Nueva York de
los ochenta se apodera de Madrid. Hombros
marcados con hombreras, cinturas entalladas
y altísimas y trajes chaqueta con exquisito
corte, son los primeros trazos de un
desfile espectacular. La noche se tiñe de
color fucsia. Y plateado. Estética disco.
Revival de Studio 54. Superposiciones
marcando cintura. Colores grises y ácidos.
Carmen se inspira en Montana y Alaia. Los
tejidos etéreos. Muselina de seda, lino,
algodón y mucho brillo para la noche
ochentera. El día se adorna con pulseras
XXL y pendientes geométricos. Los zapatos,
siempre de cuña. Un mono estampado rompe la
gama de colores. Pantalones sueltos con
camisetas de tirantes con suave caída. Las
faldas, muy minis. Incluso alguna torera.
El público inmóvil contempla el
devenir de los minutos mágicos donde moda y
belleza desfilan a la par. Miradas que
escrutan cada punto. Cada corte de la
tijera de unas costureras que nadie ve,
pero ahí están. Trabajan en la sombra. Se
acaba la música. Se suceden los aplausos.
Fuertes y seguidos. Son para ellos. Para su
equipo.
Llueven las felicitaciones.
Fuera, ya hace sol. El kissing room
felicita a la diseñadora. Champán y
besos. Gente de Madrid y también de Palma
como Marta Gayá.
José sale a
saludar tras un desfile bestial. Vaqueros y
camiseta verde. Carmen se ha cambiado. Ha
pasado de bermudas negras y camiseta a un
traje mucho más sofisticado. Responde
tímidamente a los aplausos.
El duelo
M&M acaba en tablas. Triunfa la
apuesta futurista de Miró. Entusiasman los
ochenta de Carmen March. Es el final de una
mañana que empezó muy pronto.