Matas se fue a EEUU con la pena
de haber perdido el poder en Baleares pero
con la satisfacción malvada de haberle
dejado a su sucesor, Antich, un
verdadero marrón, una patata caliente, un
muerto, encima de la mesa de su despacho en
el Consolat: el nuevo hospital de
referencia de Baleares. Matas, cuando se
acuerda de esta tierra, padece convulsiones
de dos tipos. A ratos se golpea el pecho de
pena, pensando en su sillón perdido. A
ratos se parte el pecho de risa, pensando
en la cara que Antich está teniendo que
poner a sus socios de
pacto.
Personalmente, cuando oigo la
palabra hospital la mano se me va al
bolsillo, al frasco de cianuro. Tener que
ponerse en manos de médicos, bajo el techo
que sea, es prácticamente darse uno por
muerto. Entrar por la puerta de un centro
sanitario, pasar por unos rayos X, por una
revisión dental o por un box donde te
inyectan un calmante para solucionarte una
contractura muscular, es andar por el filo
de la navaja. Sin embargo estamos tan
apegados a la vida que nos resistimos a
suicidarnos por el bien común. Pues sin
duda el problema de la falta de camas en
los hospitales públicos se solucionaría con
un poco de generosidad. Hay que saber
situarse. Hay que hacerse cargo, y donde no
llega la ley -de momento - ha de llegar la
iniciativa personal. ¿Hay demasiada lista
de espera para operarse de un cáncer?
Aligeremos la cola cortándonos las venas en
el aseo más cercano o tirándonos escaleras
abajo.
Es lo que, curiosamente, no
han sabido hacer los monjes de la Real.
Por lo visto lo más importante de la
nueva obra del hospital de Son Espases es
conseguir que el bulto no sea demasiado
impactante visto desde el monasterio. Así,
por encima de cualquier criterio
profesional, para reducir el volumen del
edificio el Pacte se plantea enterrar
servicios, desviarlos a la vieja Son Dureta
o renunciar a parte del diseño inicial.
Sinceramente, yo de los monjes haría como
el senegalés que le prendió fuego a su
propia casa en Llucmajor y ha tenido que
volverse a su patria. Los monjes pueden
altruistamente incinerar su monasterio y
volverse a su gran patria, que suponemos
que es el reino de los cielos. Eso, o
pasarnos tres años construyendo un hospital
que se quede pequeño antes de su
inauguración porque, ay, a los señores de
La Real les afea la vista. Eso, o hacer un
hospital enteramente subterráneo, cuya
misión, obviamente, no sea curar sino
amortajarnos, y que conecte también con un
metro propio con el cementerio de Palma o
con el vertedero de Son Reus.
Hay más
soluciones: plantarles a los monjes una
fila de cien esbeltos cipreses como la que
el anterior Pacte liquidó de la carretera
de Valldemossa. Aunque sean de plástico.
Velado el horror, el tamaño no importa. La
otra solución es cerrar los ojos.