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  Jueves, 20 de septiembre de 2007 Actualizado a las 00:09
 

EN VENA
El muerto de Son Espases

ROMÁN PIÑA VALLS


Matas se fue a EEUU con la pena de haber perdido el poder en Baleares pero con la satisfacción malvada de haberle dejado a su sucesor, Antich, un verdadero marrón, una patata caliente, un muerto, encima de la mesa de su despacho en el Consolat: el nuevo hospital de referencia de Baleares. Matas, cuando se acuerda de esta tierra, padece convulsiones de dos tipos. A ratos se golpea el pecho de pena, pensando en su sillón perdido. A ratos se parte el pecho de risa, pensando en la cara que Antich está teniendo que poner a sus socios de pacto.

Personalmente, cuando oigo la palabra hospital la mano se me va al bolsillo, al frasco de cianuro. Tener que ponerse en manos de médicos, bajo el techo que sea, es prácticamente darse uno por muerto. Entrar por la puerta de un centro sanitario, pasar por unos rayos X, por una revisión dental o por un box donde te inyectan un calmante para solucionarte una contractura muscular, es andar por el filo de la navaja. Sin embargo estamos tan apegados a la vida que nos resistimos a suicidarnos por el bien común. Pues sin duda el problema de la falta de camas en los hospitales públicos se solucionaría con un poco de generosidad. Hay que saber situarse. Hay que hacerse cargo, y donde no llega la ley -de momento - ha de llegar la iniciativa personal. ¿Hay demasiada lista de espera para operarse de un cáncer? Aligeremos la cola cortándonos las venas en el aseo más cercano o tirándonos escaleras abajo.

Es lo que, curiosamente, no han sabido hacer los monjes de la Real.

Por lo visto lo más importante de la nueva obra del hospital de Son Espases es conseguir que el bulto no sea demasiado impactante visto desde el monasterio. Así, por encima de cualquier criterio profesional, para reducir el volumen del edificio el Pacte se plantea enterrar servicios, desviarlos a la vieja Son Dureta o renunciar a parte del diseño inicial. Sinceramente, yo de los monjes haría como el senegalés que le prendió fuego a su propia casa en Llucmajor y ha tenido que volverse a su patria. Los monjes pueden altruistamente incinerar su monasterio y volverse a su gran patria, que suponemos que es el reino de los cielos. Eso, o pasarnos tres años construyendo un hospital que se quede pequeño antes de su inauguración porque, ay, a los señores de La Real les afea la vista. Eso, o hacer un hospital enteramente subterráneo, cuya misión, obviamente, no sea curar sino amortajarnos, y que conecte también con un metro propio con el cementerio de Palma o con el vertedero de Son Reus.

Hay más soluciones: plantarles a los monjes una fila de cien esbeltos cipreses como la que el anterior Pacte liquidó de la carretera de Valldemossa. Aunque sean de plástico. Velado el horror, el tamaño no importa. La otra solución es cerrar los ojos.

 
   
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