Bernat Sansó despliega en la planta
baja y el entresuelo del Solleric una
década de trabajos marcada por el paisaje
natural y la innovación. La propuesta parte
de lo poético y la serenidad para captar a
un espectador pensante. «Lo atrapo para
tenerlo a mis órdenes», reconocía ayer
durante la presentación.
El
árbol se erige en metáfora del orden y el
desorden que brota de sus ramas, que lo
mismo representan la cruz cristiana que el
poder sobredimensionado. «Puedes tener esa
sensación si lo miras desde abajo y
compruebas su grandiosidad».
Troncos que suben y resurgen
hasta abrirse en un cúmulo de hojas que
ponen en contacto al espectador con la
naturaleza hasta enfrentarse al concepto
del caos ordenado. Mientras, el avance de
las ramas, como brazos, remiten a la lucha
del hombre contra el sometimiento.
Los juegos con el espacio
permiten al visitante adentrarse en esos
árboles desde diferentes perspectivas para
reflexionar en un bosque de propuestas.
Un banco de peces llama a la
colectividad y al seguimiento de «un camino
muy personal», como señaló el comisario
Joan Carles Gomis.
Deudor de
Barceló, Sansó trabaja desde hace años en
un estudio parisino del que regresa a su
pueblo natal, Felanitx, para vivir el
contacto directo con esa naturaleza de la
que se alimenta su arte.