MARCOS TORÍO
PALMA.- «Colombia me
duele horriblemente», declaró Fernando
Botero a principios del año 2000. Tenía
hambre de testimonio. Las mejillas
sonrosadas de sus personajes estaban
llamadas a cubrirse de lágrimas y los
gestos tranquilos gritarían dolor. La
violencia entraba en el boterismo
mientras su país sumaba extorsiones,
secuestros y asesinatos. La inclusión en su
obra no implicaba que hubiera decidido
sentarse a comer en la mesa de lo social:
«Yo estaba en contra de ese arte que se
convierte en testigo de su tiempo como arma
de combate, pero en vista de la magnitud
del drama que vive Colombia, llegó el
momento en que sentí la obligación moral de
dejar un testimonio sobre un momento
irracional de nuestra historia», escribió
entonces en la revista Diners.
Botero estaba decidido a engordar de
drama la amabilidad despreocupada de los
hombres y mujeres que llenaban sus cuadros.
El Casal Solleric de Palma inaugura hoy en
la Nit de l'Art la exposición Una mirada
diferente, que muestra 67 obras donadas
por el artista al Museo Nacional de
Colombia en 2004. En óleos y dibujos
retrata la desgracia, crueldad e
indignación sufrida por los habitantes del
país latinoamericano, sin que suponga una
contradicción con la imagen ofrecida
anteriormente. «La reconstrucción artística
del conflicto, que finalmente se reduce a
unas cuantas imágenes o símbolos, es una
necesidad que uno siente de no vivir de
espaldas a esta situación. Mi país tiene
dos caras. Colombia es ese mundo amable que
yo pinto siempre, pero también tiene esa
cara terrible de la violencia. Entonces, en
cierto momento, tengo que mostrar la otra
cara de Colombia», declaró el artista en
plena creación.
No hay rebeldía o
llamada a la movilización social en la
propuesta, sólo una mirada solidaria con
los que sufren. La paleta no se resiente y
el dolor destaca sobre los mismos fondos
vivos que forman parte del mundo de Botero.
«Lo que yo hago es construir una
composición que conserve una dimensión
decorativa incluso en el drama, porque un
verdadero pintor puede transformar una
forma trágica como la muerte, en un
elemento decorativo», recoge el catálogo de
la exposición.
Viudas llorosas,
madres dolientes, cadáveres destrozados,
entierros, esqueletos, coches bomba,
ahogados, secuestrados y verdugos se añaden
a un universo de pobreza y soledad sobre el
que vertebra la muestra. «El sentimiento
que experimenté al pintar esos cuadros no
es el mismo placer que siento pintando
normalmente. Es otra sensación. El mismo
hecho de proponerme, como artista,
encontrar una imagen simbólica que refleje
el gran drama de Colombia, significa un
estado mental que no es grato sino
doloroso».
Botero mira a Goya en
estampas tan llenas de color como de dolor,
al tiempo que gana expresividad en la
precisión de dibujos inéditos en España.
Sólo Valencia -a través también de la CAM-
ha podido verlos hasta hoy.
El
maestro colombiano pintó con la esperanza
de que la tragedia no volviera a repetirse.
Donó los cuadros al Museo Nacional,
negándoles la comercialización para que
pertenecieran al pueblo colombiano.